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jueves, 6 de agosto de 2020

EL CYBERPUNK POR RODOLFO MARTINEZ


RODOLFO MARTINEZ

Calor, mucho calor. ¿Alguien se acuerda de la capa de ozono? Los profesores virtuales en sus clases no presenciales de historia, y nadie más. Y así nos va, hemos evolucionado como especie (por que decir como sociedad es muy arriesgado) destrozando y olvidando lo destrozado. Pero siempre hay beneficiados, como Kimicare, que lleva 10 años siendo líder indiscutible de producción y distribución de protectores solares factor 85 y complementos alimenticios sustitutivos.


He pasado el mes de Julio en el norte de la Insula Ibérica, cerca de la costa, huyendo del viento cálido que derrite Ciudad Capital, pero aquí estoy de nuevo, la Biogranja Factoría de procesado de permisos genéticos no descansa, y he tenido que regrsar a la periferia a canjear mis servicios cualificados estándar clase C por créditos para sobrevivir. Tengo que cambiarme un fusible y un par de nano turbinas de vez en cuando, y darme sesiones extras de lubricado, pero estoy de vuelta en el ciber espacio malditos choomers.


Durante esos fantásticos días de reposo, he vuelto a leer, bastante, y he retomado energía con mis nanositos fotovoltaicos celulares, energía que había mermado mucho desde el comienzo de la megaplaga, tiempo en el que pese a haber estado encerrado en el apartamento de sintepladur más tiempo de la cuenta, ni leí, ni visioné ni nada. Tuve el sistema defragmentando y buggeado.

Pero ya es la hora, y en Agosto el tungsteno debe fluir.


Vamos a dejarnos ya de payasadas y centrémonos. Hace ya unos años leí un libro cyberpunk editado por Gigamesh, y éste verano otro de Miraguano, y entonces, poco a poco, me sumerjo con fascinación en el universo personal del autor, Rodolfo Martínez.


De Rudy (como Rucker pero en versión asturiana y por ende de pronunciación fluida) pocos datos a nivel “bookstar” pude encontrar por la red a parte de su parca ficha de datos globales públicos de Wiki Watch, una buena entrevista en otros blog de literatura y ciencia ficción, y reseñas y sites de venta de sus obras. Tal vez por que no es un rock n rolla de los best sellers, y porque sus preferencias creativas no van a la onda mainstream, o yo que se por qué, si solo soy un cyborg barato con un sistema operativo pirata sin actualizar y piezas de importación asiática con aspiraciones ninjas justicieras. Yo que se.



Lo que sí se es que lo poco que llevo leído de su obra, me gusta, mucho. Y a los señoros y ñoras de los Ignotus también, porque se ha llevado algunos cuantos, y no sólo a los de la alta ceremonia literaria del sector, si no a otras cuantas entidades facilitadoras de premios, trofeos y diplomas. Y a nadie le amarga un dulce. Pinta bien, parece que compartimos criterio.


Rodolfo se ha dedicado a escribir fantasía y ficción, aparentemente por lo que llego a descubrir, desde su adolescencia, con especial gusto por la ciencia ficción, pero por lo poco que me parece discernir de el autor (sabéis que soy de los que le gusta vincular el autor a la obra haciendo un pack de comprensión avanzada) lo que le va no es un “ámbito” en el que ubicar sus historias, si no un “modo”, es decir, lo mismo me da que me da lo mismo que Rodolfo nos traslade al año 2345 que al 1938, a un universo ficticio, una línea temporal imaginaria, o una época registrada en los libros de historia, lo que va a hacer es movernos a través de una historia mediante el thriller o el noir y le veo una vena muy detectivesca que pese a que haya contrastado con su bibliografía y la pasión por Sherlock Holmes, se mastica en sus obras cyberpunk, que ni si quiera entrarían dentro de los canones gibsonianos del circulo ochentero original, pero que le jodan a los cánones, las reglas están para romperlas, y eso sí que es punk.


El autor es un imaginador como diría mi socio Alexander Sad Pimp de la División Fuzz, un visionario de la ficción neuronal, mucho más cálida que la realidad virtual, un artesano de la ensoñación, y eso es lo que me divierte.

¿Le estoy haciendo mucho la pelota? Qué putada, pero es que es lo que percibo con los dos libros que me he leído y todo lo que veo de él. Es el Dios de un universo propio que atiende y alimenta, sin dejarlo morir, un Dios cuidadoso y clemente con sus creaciones, que igual se mete en un ciclo de novelas no canónicas de Sherlock Holmes que reimagina una evolución humana desde finales del S XX hacia el futuro a largo plazo, abarcando una línea temporal de siglos, como si fuese Herbert, en la que las historias que nos narra no son consecutivas, pero suceden en el mismo marco, en su universo, Drimar, aunque no nos diésemos cuenta. Y él, riega Drimar, como Asimov regó su universo desde los robots a la fundación, cubriendo grietas siempre en el mismo color de la pared en la que vemos la historia. Y ese trabajo yo siempre lo agradezco. Enriquece, fideliza y te hace crear suposiciones y jugar a inmiscuirte en sus próximos sucesos o tejer lazos de relación y puntos que ni el propio autor ha puesto a mi alcance, o que precisamente, son cebos para alimentar mi software imaginativo. Así que estamos frente a un pequeño Miller o un pequeño Ridley Scott patrio, tentándonos a divagar y cuñadear en respecto a un universo del que sólo él es propietario y sobre el que sólo él tiene permiso de edición como administrador, pero del que al leer, nos sentimos parte, y obviamos el cartel de “no tocar” y el de “no alimente a los personajes” y todas las señales en rojo a su alrededor.


Y son sus vicios, sus fetiches, lo que nos hace sentirnos cómodos con él, y creernos que estamos entendiendo parte del mensaje cifrado que ha encriptado en su obra, nunca del todo, pero con algún acierto prestado a Lewis Carroll y a Conan Doyle y a Robert E. Howard, y te da la sensación, aunque sea ficticia, de que compartes con él todo eso, que te ha llegado su mensaje en la botella, y que cada página que paso de su obra a la sombra de un árbol clónico en el boulevard de Ciudad Capital le llega un pop up a su neuro red y entonces la comunicación entre autor y lector ha sido exitosa y se han completado todos los envíos de paquetes que había en cola.


Y para más, podéis encontrarle por twitter y en su blog escrito en el agua.


LA SONRISA DEL GATO


Y vamos con la lectura más reciente, pero no la más moderna, ganadora del ignotus del 96, hace ya unos lustros y sigue tan fluorescente como el primer día. Aún huele a radiación. Me encanta.


La sonrisa del gato nos lleva a La peonza, una estación orbital que parece ser “tierra neutral” para las grandes facciones políticas enfrentadas de la Tierra y el Sistema Solar colonizado en un futuro no muy lejano, más cyberpunk de segunda generación que space ópera con su pompa y neo feudalismo. Una ciudad ingrávida en el espacio que es la “Andorra” del sector, una ciber Sodoma tanto para el civil como para el inversor, un ecosistema perfecto para la conspiración corporativa y gubernamental, el espionaje, el libertinaje y la vida pirata y todo lo que se te ocurriría hacer si mañana en aguas internacionales saliese a flote una prolífica ciudad de las oportunidades sin restricciones éticas ni jurisdiccionales de tu país de residencia.


Y allí, destapando algunas de las filias recurrentes de Rodolfo, tenemos a Chandler y sus irregulares de Baker Street, un local de inspiración neo victoriana regentado por un traficante de información y su pequeña legión de fisgones entre los que destacar a Dedos y a Memo, muchachos a los que cogeremos cariño inevitablemente. Esta entrañable cuadrilla al filo de la ley, se encargan de cotillear y mercadear con la información recogida de empresarios, miembros diplomáticos, policía y cualquier otro residente o visitante de La peonza que tenga algo que a un tercero interese conocer a cambio de un buen precio, claro.

El problema de estas actividades, es que siempre acaban por reventarte en la cara, porque tarde o temprano la literatura y el cine nos han enseñado que vas a enterarte de algo que no deberías, te van a pillar, y el efecto dominó de consecuencias te va a obligar a actuar para salvar tu vida.


Así que tenemos una novela detectivesca con disfraz de cyborg, en esa clásica fórmula future noir que tanto funciona desde que estrenaron Blade Runner o desde que Asimov nos presentó a Elijah y Daniel Olivaw. Una nueva forma de resolver misterios de Agatha Christie que cambia la flema británica y burguesa que también padecía las consecuencias más humanas de la envidia y la avaricia, por un entorno tecnológico, generalmente poblado por perfiles bajos de dudosa reputación y moral, que suelen esconder dobles caras o pasados turbulentos a punto de aflorar en algún momento de la historia.

Sí, no es nada nuevo ni traemos la sopa de ajo, pero Rodolfo lo ejecuta tan bien, que no tengo ni una sola pega, ni una... Bueno...mmmmmhhh... ya veremos al final, pero esto es mandanga altamente recomendable choomers. Vais a encontrar todo lo que nos gusta.


Tenemos jerga ingeniosa del futuro cercano como en Neuromante, tenemos chips de personalidad como los de MaridAudrán, tenemos un pequeño nudo de intereses y una bola de secretos que ir desmadejando en sus apenas 200 paginitas que te dejarán con ganas de más, tenemos Inteligencias Artificiales, tenemos redes de Ciber Espacio, tenemos “anti personajes” y ningún héroe de brillante armadura... ¿Qué mas? Lo ha bordado, todo con un estilo dinámico, que pasa de la primera persona a los flash backs narrativos, buenos momentos de acción que en ocasiones hay autores que más que narrarnos nos marean, y un final inesperado.


Antes decía que le buscaría algún pero para no darle la nota perfecta, y tal vez, el final tan inesperado me hace dudar de la coherencia de la trama en un momento dado, pero ¿quién soy yo para decir cómo tiene que acabar? No hay finales malos, hay espectativas mal gestionadas, y ojo que con esto no quiero decir que me decepcionase, no, ni de lejos, pero me dejó con el mismo sabor de boca que El sueño del rey rojo, el sabor de boca de quien se ha perdido algo o quiere darle sentido al país de las maravillas donde todo es lisérgico, porque al otro lado del espejo, todo es al revés. Así que sólo déjate llevar a ese universo de Drimar que Rodolfo no deja de crear, recordar y expandir y del que tendré que seguir consumiendo.


EL SUEÑO DEL REY ROJO


Porque con éste título que tanto en común tiene con el anterior si recordamos Alicia en el país de las maravillas y tratamos de darle un sentido a todo en la distancia del autor, Y viajamos atrás en el tiempo desde La sonrisa del gato, a un futuro cercano, más cercano, sin viajes orbitales, pero con todo el sabor del cyberpunk más clásico, y no se si seguimos en Drimar o no, pero es lo de menos, como si Tyrell y Yutani conviviesen o no en el mismo universo, no estamos hablando de Marvel, así que a la verga joder.


Otras 200 paginitas aproximadamente, que nos dejarán con ganas de más, que sin haber leído el resto de la obra del autor y pecar de cuñado, parece un sucesor espiritual de la anterior novela despellejada aunque les separan 9 años terrestres, por título, por conexiones (y nunca mejor icho porque el ciber espacio es el canal de navegación principal de la trama en ésta novela) y por temática y elementos del género recurrentes.


Caemos de nuevo en una retorcida historia detectivesca de inframundos tecnológicos, en los que un triángulo amoroso mal avenido se verá envuelto en una trama de altas miras corporativas que fluye por la red del ciber espacio como la pólvora.




Para empezar tenemos como protagonista indiscutible a Alex, un cerebrito, un netrunner, hacker, cowboy, llámalo x, que está impedido en una silla de ruedas, confinado en casa, siempre frente a sus monitores, viviendo una vida virtual que le aisla de las relaciones humanas e interpersonales, convirtiéndole en una persona mezquina, huraña y desconfiada.

Alex va en silla de ruedas, y ya es un detalle de los que enriquece el contexto cyberpunk, porque podría tener unas piernas cibernéticas, pero no, no entra en sus planes éticos ni personales, y tenemos un tullido prácticamente superdotado como protagonista, una anacronía viviente, como el protagonista del a película Mute que es un mudo en una era cyberpunk.


Alex, se verá envuelto junto con su amiga Andrea en una intriga que aúna el asesinato y la aparición de un software de inteligencia artificial totalmente innovador y sospechoso. El ama a Andrea, pero no es correspondido, y para colmo, durante el desarrollo de la peligrosa trama de investigación, se suma un tercero en discordia, la IA del difunto ex amante de ella y ex mejor amigo de él, Lurquer, que me imaginé durante todo el libro como un impertinente Max Headroom.


La historia incluye elementos recurrentes del género como “el guía misterioso” , figura de la que he hablado en otras obras durante los casi 2 años que hará pronto el blog, del que se encarga de interpretar una extraña IA de la red conocida como ¿Cuantos ángeles? , un personaje carismático, misterioso y que sin duda sería mi favorito de la historia.

Por su parte, la IA póstuma de Lurquer, representan la siempre presente idea, no obstante interesante y fuente de múltiples debates y especulaciones, de la vida digital más allá de la muerte, de la que yo soy firme detractor en filosofía del género, ya que un backup de una mente humana, no es la continuación duradera de la misma, si no una copia, que podría evolucionar de forma diferente según los patrones de comportamiento configurados. Pero seguimos así añadiendo elementos canónicos, revisados, al cyberpunk, bien calzados por parte del hábil Rodolfo.


Esta historia en concreto, también trata asuntos que no voy a spoilear, que en cierta medida, me hicieron recordar Snowcrash de Stephenson. Y hasta ahí quiero leer para no desvelaros la intriga de ésta laberíntica obra, que precisamente, por lo laberíntico de sus tramas, y mi falta de olfato como sabueso, me cayó en la frente al final de un modo inesperado, más incluso que la sonrisa del gato, y ese es el único punto que me impedirá ponerle el mote del William Gibson Español, pero tal vez, sí el de “el ciber alumno aventajado de Conan Doyle”, aunque ya sabéis, el cyberpunk en estas 2 novelas es sólo un comodín en la baraja, la partida se gana con el resto de cartas policiacas.




Así que sin desvelar nada, os he dejado unas sinopsis y unas opiniones que espero os amplíen el horizonte cyberpunk hasta las costas de nuestra lengua castellana, que ni empieza ni termina en Rodolfo, pero que más que una extensa costa, es una calita privada donde poder nadar en pelota picada.


Como troyano de éste dúo de obras, el paralelísmo entre los mundos virtuales de unos y ceros que llevamos pronosticando en la cifi desde hace décadas con el otro lado del espejo de Alicia. El ciber espacio como un lugar donde todo es posible, donde podemos ser lo que queramos, pero donde habitan seres extraños, de dudosas intenciones y muy diferentes visiones de lo ético y lo moral, nuevas especies intangibles, que pueden tornar nuestro sueño en pesadilla y evitar que despertemos, impidiéndonos volver a la realidad de la que huíamos cuando cruzamos al otro lado.

El ciber espacio es el nexo y el conductor absoluto de ambas obras, y está a la altura, como ya he dicho, de los gurúes del asunto. Nada que envidiar aunque todo esté inventado.


Me quedo con ganas, muchas ganas, de en medida de mi pila de libros pendientes me permita (ahora sólo hay 3 y medio), continuar adentrándome en Drimar, ya que tenemos El ciclo Completo, que reúne todas las novelas cortas que componen el ciclo de su universo desde su nacimiento hasta su más reciente historia y sucesos, que son 2 completas, 7 cortas, de las cuales Bifrost es inédita, y continuar con Tierra de Nadie: Jormungand. Y así recorrer la historia de Drimar desde Un jinete Solitario hasta Yggdrasil, que curiosamente coincide en título con la obra cyberpunk latinoamericana de Jorge Baradit.

Y es que lo onírico y lo tecnológico se confunden y copulan en la obra de Rodolfo, y no sin razón pues “¿no es la magia una tecnología que aún no comprendemos?”, que dijo aquél.


Mejor aún, debería empezar una rehab de ciencia ficción que hago de vez en cuando, y pasarme a su ciclo de Sherlock Holmes o su reciente versión del cimmerio más famoso de todos los tiempos.

En fin, lo dicho, un prolífico imaginador de los que la Fuzz Division necesita.


¿Que qué es la Fuzz Division? Tiempo al tiempo mutantes, tiempo al tiempo. Mientras tanto, un ciber paseo por Escritoen el agua nos vendrá bien para seguir entendiendo la obra de Rodolfo y estar ciber ojo al parche de sus imaginaciones.


viernes, 14 de diciembre de 2018

EL HACKER Y LAS HORMIGAS 2.0


PRE CYBERPUNK


Ya hemos dedicado unas líneas a uno de los padres fundadores del movimiento cyberpunk, Rudy Rucker, y hoy voy a zambullirme en una de sus escasas obras publicadas en castellano, toda una lástima no gozar del resto de sus obras pertenecientes al género.

La obra en cuestión es El hacker y las hormigas 2.0, de la que hablaré, como siempre, sin spoilers, pero en la obligación de hacer una sinopsis para su reseña y destacar sus principales virtudes y defectos.
El título es un pequeño thriller corporativo en un futuro cercano pero no especialmente lejano ni distópico, un precyberpunk intencionado en más de un sentido, en una sociedad muy fácil de reconocer por lo parecida que es a la actual, pero con pequeños matices futuristas, principalmente ficcionados en los aspectos relacionados a la programación, la tecnología doméstica, la inteligencia artificial y la realidad virtual. Un escenario que podría estar perfectamente a la vuelta de la esquina en una o dos décadas.



En ése futuro inmediato, previo a las decadentes ambientaciones cyberpunk de rascacielos con hologramas publicitarios y vehículos aéreos, nos situamos en Los Perros, algún imaginario punto aburguesado de la bahía californiana, a caballo entre San francisco, Barkley y Silicon Valley, donde conoceremos a Jerzy Rugby.
Nuestro protagonista es un paria, como tú, como yo, no es ningún antihéroe agresivo y radical, ni un buscavidas egoísta y amoral, no. Es un hombre de carne y hueso, con problemas, los mismos problemas que podemos tener tú y yo, problemas laborales, sentimentales o económicos. El pobre Jerzy está atrapado en una galopante crísis de los 40, reinventándose, reseteando su vida, sumido en un divorcio en trámites que le ha separado de sus hijos y le genera problemas económicos. Ha vuelto a vivir como un soltero, al más puro estilo estudiante, mediocre, con la nevera a medias en una vivienda de alquiler que le cuesta pagar, evitando abrirle la puerta a su agente inmobiliaria cada vez que suena el timbre. En su pequeño pisito picadero, mata las horas en su pasión y forma de vida, la programación, porque Jerzy es un chupadatos de manual, un programador y desarrollador brillante e imaginativo que entre todas sus penurias puede dar gracias de conservar un buen puesto de trabajo en Go Motion, una importante compañía tecnológica, que pretende romper el mercado gracias a androides domésticos, proyecto del que está al frente, y en una continua BETA, ya que su único compañero de piso, es precisamente un prototipo del androide de servicio en pruebas, su modelo Veep, Studly, que no pude evitar imaginar hoja tras hoja a algo parecido a Johnny V de Cortocircuito. Un donaire metálico, un objeto animado tratado como una mascota o un ser vivo ciertamente inteligente.
Así que no hablamos de un alcohólico ni un drogadicto, ni de un empleado de ninguna mafia local, ni nada parecido no, Jerzy es un buen tipo, tiene buenas intenciones, sólo quiere seguir con su vida adelante y tratar de ser feliz, prosperar, consiguiendo recompensas laborales y reconocimiento, algo de sexo informal de recién soltero, y una cerveza y unas caladas de un canuto al terminar la jornada laboral, para seguir sintiéndose joven ahora que le han liberado de sus anteriores responsabilidades paternales y conyugales. Con sus camisas estampadas, sus calcetines de colores en sandalias, toda la jornada laboral y parte de su tiempolibre en casa programando softwares en entornos virtuales para inteligencias artificiales comerciales.
Es que cae bien, es muy majo, y es complicado no sentirte identificado con él en la vorágine que en realidad es la vida cotidiana de todos nosotros, aplastados por empleos y obligaciones, alienados, desarrollando labores indignas o fútiles para las firmas que nos pagan a fin de mes, con el único objetivo de pagar nuestras facturas y llenar nuestras neveras.
Y ahí encontramos una de las motivaciones del señor Rugby, evitar esa alienante sensación de número, de cifra para una gran compañía como en su caso es Go Motion. Jerzy ama programar, es su pasión, su vida, y tiene suerte de poder ganarse el jornal con ello, pero está enfocado en llevar a un siguiente nivel sus ambiciones e ilusiones como programador, concibe su labor como una necesidad altruista para la humanidad, a fin de cuentas, está involucrado en un importante proyecto de patentar robots, vida artificial inteligente, para todos los hogares del mundo civilizado, pero eso sólo es un primer paso de lo que él llama “la gran obra”, una utópica idea comunitaria entre programadores, en la que aportando cada uno su pequeño grano de arena, serán responsables del futuro.
Es una noble manera de evitar sentirnos “como una mierda pinchá en un palo”, pensar a lo grande, casi mesiánicamente, sin darse demasiadas ínfulas ni dejar de pisar en firme. Una auto palmadita en la espalda, autovalorarnos. Pero ¿qué tiene de malo? Es bonito ser médico y salvar vidas, ser bombero y rescatar personas, ser policía y perseguir a los malos, ser profesor y dejar un pequeño poso de ti mismo en futuros presidentes... Pues Jerzy considera que su labor remunerada, aparte de enriquecer a unos cuantos CEO's de una gran compañía de nuevas tecnologías, es parte del futuro que se esta construyendo. Me gusta su actitud, es un tipo optimista del que tomar nota.
En ese aspecto me recuerda a Jasper, el protagonista de Apocalipsis Suave de McIntosh, un tipo de a píe, real, no el más listo de la clase, sobreviviendo en un futuro muy, muy cercano, pero bastante jodido. Son dos obras con ciertos paralelismos, ya hablaremos de ésta otra en un futuro, pero toma nota si te interesa.

La obra, teniendo en cuenta que RudyRucker es programador y profesor de informática de vocación, debe de ser toda una delicia para los que os dedicáis a ello profesionalmente, o como hobby. Mis conocimientos informáticos no van mucho más allá de un título auxiliar de redes y sistemas, los conocimientos adquiridos como usuario (no demasiado fan pese a todo de las máquinas) y algo de obsoleta programación web. Así que cuando Jerzy y otros programadores comienzan a hablar de C++, súper C, y otro montón de trabalenguas tecnológicos, a mi me suena a sánscrito y me pierdo un poco entre renglones, deseando terminar el capítulo para proseguir con la chabacana existencia de Jerzy, pero se nota que RudyRucker lo está disfrutando en esas líneas repletas de tecnicismos reales e imaginarios.

ESPIONAJE Y PARANOIA


Metidos en el ajo, Jerzy, se verá envuelto, sin comerlo ni beberlo, en una trama de intereses corporativos, competencias desleales y espionaje industrial, que convertirá su anodina y común vida de perdedor con estudios, en una constante paranoia. Todo comenzará por culpa de las hormigas, un nuevo software desarrollado por su jefe en Go Motion, programas con código de IA, que en la red virtual, se muestran como hormigas, pequeños insectos simpáticos e inofensivos, que sin previo aviso, sembrarán el caos en la red y tendrán al culpa de todas las desgracias de Jerzy, que pasará de freak anónimo, a prófugo y proscrito, y hasta ahí voy a leer.



Una de las características en común con el género que lanzó a la fama a Rucker, el cyberpunk, es la importancia de los entornos virtuales en la novela, aportando la dosis ficticia al hiper realismo de programador senior que inunda el libro de vez en cuando. Una de las mejores realidades virtuales imaginadas, en la línea colectiva vista por ejemplo en Snowcrash, El cortador de césped o incluso ReadyPlayer One. Un ciberespacio con interfaces de navegación similares a los actuales, pero adaptados a la navegación virtual, con detalles muy realistas de esos de los que la ciencia ficción vaticina involuntariamente y el día menos pensado se convierten en realidad, muy creíbles. Jerzy pasará parte de la novela navegando y hackeando la red virtual, conociendo misteriosos hackers anónimos, identidades desconocidas tras sus “esmoquines” (termino elegido por Rucker para los avatares virtuales), humo y espejos, una fantasía binaria en la que no te puedes fiar de nadie, porque no sabes quién es nadie en realidad si no consigues hackear su línea de usuario.
Es una buena visión futurista del fenómeno catfish, que ya sufrimos hoy día en nuestra humilde red, pero planteado en un entorno virtual. La suplantación de identidad, los falsos perfiles, desconfianza y paranoia, un obeso mórbido de Dakota tras el nickname de Susanita69 en un chat lésbico de Estrasburgo, la oscura y desconocida deep web y sus peligros en un mundo digital sensitivo, phising y spam. Todo eso se hace palpable en la red virtual gracias a los periféricos de realidad virtual en El hacker y las hormigas. Todo cobra forma y color en una simulación global, con ese aire de videojuego, a lo Sims,

Y es que las personas que forman el entorno social de Jerzy, tanto en su círculo virtual como en el real, todas tienen más de una cara. Nadie es lo que parece. Jerzy se convierte en un títere, un punching ball de altos intereses en la sombra, una cabeza de turco, y tras perder a su esposa y sus hijos, sólo le quedan dos cosas, su robot y su dignidad, y decidirá luchar por ello, por “la gran obra”, separando la paja del grano y desenmascarando a sus acusadores.

Esa “gran obra” se convertirá ademas en la excusa perfecta para Rucker, con la que esto y un bizcocho, une en el mismo universo literario El hacker y las hormigas con su obra Software, principio de la tetralogía del Ware, convirtiendo la historia en una improvisada precuela de la saga, némesis absoluta y caricatura gamberra de la robótica Asimoviana.
Tanto los robots en los que Jerzy trabaja, como las propias hormigas, están dotadas de esa sombría humanidad artificial, que se va de las manos de sus creadores, como en las películas de los 80 en las que el coche te intentaba ahorcar con el cinturón de seguridad, o el ordenador de tu casa tenía celos del ligue que llevabas a casa y usaba la domótica doméstica para cargársele. Como una rebelión de los electrodomésticos, dominados por Skynet o el efecto 2000. Son un adelanto de lo que Software nos depara. Añade un puntito de terror global, de desconfianza a la tecnología doméstica, despierta la sospecha de si mi tostadora tendrá una mini cámara y un micrófono incorporados para espiar mis gustos en mermelada y enviar datos de espionaje comercial a los fabricantes.

Como thriller corporativo de ciencia ficción, para mi, de momento, es la mejor obra del círculo de los cyberpunkers originales, muy por encima del Islas en la red de Bruce Sterling, a quien por cierto tengo ganas de incarle el diente muy pronto en el blog. No discerniremos el final con facilidad en ningún momento, y tendremos varios giros suaves, muy bien conducidos, nada bruscos, que redirigen la trama sorprendiéndonos y manteniéndonos pegados al hilo, con misterio, de forma fluida y entretenida pese a los tediosos renglones para programadores citados anteriormente, que quizás sean el único momento en que el libro se hace bola si no estamos familiarizados con toda esa jerga especialista entre la realidad y la ficción.
Jerzy siempre tiene alguna conducta simplona, llena de carisma, que nos hará encariñarnos de él y nos permitirá una sonrisa entre renglones, aireando esos densos momentos informáticos o realidades virtuales complicadas de imaginar a la vez que leemos. El ritmo está perfectamente equilibrado.



REALIDAD NO VIRTUAL


Pese al complot corporativo y la trama en ritmo de thriller, es el costumbrismo que envuelve a nuestro querido Jerzy lo que realmente me cautiva del libro. A parte de su divertidísima crisis de los 40, su inmadurez emocional y sus subidones de “mojo” en los que se cree Casanova, le cuesta mantenerse tan optimista, como a cualquiera, Jerzy no es de piedra y tiene sus bajones. Bajones en muchos momentos fomentados por la opresiva y artificial sociedad de su entorno burgués.
Los Perros es un reflejo de la superficialidad chic de la clase media aspirando a diario en convertirse en clase alta, en machos alpha, una sociedad en la que una imagen vale más que mil palabras y el fin justifica el medio. Una sociedad que poco a poco se deshumaniza, sin llegar a los extremos cyberpunk en los que la vida no vale más de un puñado de criptomonedas, pero en evolución a ello en un mundo capitalista repleto de pececillos aspirantes a tiburones, pirañas emocionales, vampiros de talento ajeno y amores que duran lo mismo que el crédito de la cuenta bancaria de tu pareja.
Una sociedad que nos aisla, en la que es fácil sentirse sólo y abandonado. Una sociedad en la que si no te sientes fuerte, y te amilanas ante el resto y sus fascinantes vidas de atrezzo cubiertas de purpurina, te come la depresión mientras te miras al espejo, y tú te ves más calvo, más viejo, más gordo, pero de la vista estás de puta madre. Y el médico de cabecera no va a preocuparse de ¿por qué? Pero va a firmarte una receta de deliciosos medicamentos.
Una sociedad canibal, salvaje, en la que sólo el fuerte logra el éxito, pero ¿qué es el éxito? ¿Quién marca el gálibo de la prosperidad? ¿Qué campaña de marquetin nos ha convencido de en qué debemos convertirnos? ¿A qué falso ídolo adoramos o a que súper estrella queremos parecernos? Es una reflexión peligrosa que una vez decidimos abordar, nos deja desorientados en un laberinto de debates psicológicos y sociales de candente actualidad.
El hacker y las hormigas es una novela de ficción, con muchísima realidad, que casi me atrapa más que sus entornos virtuales, y sus teorías darwinistas aplicadas a la inteligencia artificial.

Una lectura fácil y fresca que os recomiendo a todos los fans de la ciencia ficción suave y los futurismos creíbles.

P.D: El 2.0. del título, en la edición en castellano, no es que se trate de una segunda entrega del título original anglosajón, si no que incluye una revisión de Rucker sobre el texto, para la corrección de tecnicísmos anticuados, y algún pequeño "easter egg" añadido que empaqueta la obra dentro del universo Ware.

jueves, 22 de noviembre de 2018

WILLIAM GIBSON Y EL SPRAWL


WILLIAM GIBSON

Hoy he decidido empezar la casa por los cimientos. Si me leéis ya habréis notado que sí, que me gusta la CIFI, pero dentro del género suelo esquivar la tradicional space opera (a excepción de Dune) y hacerme con cualquier cosa que tenga una apariencia cyberpunk aunque a veces me lleve un chasco (caso de Biónico por ejemplo). Me va más la CIFI oscura que la dura, o los thrillers de ciencia ficción y las distopías. Así que mucho estaba tardando en atreverme con la piedra angular del cyberpunk según las Media Mass, aque pese a mi disección personal y subjetiva, goza de un mérito innegable, El Neuromante.

Yo, sinceramente, considero que El Neuromante es sólo una introducción a la verdadera "chicha", los títulos que la continuaron, Conde Cero y Monalisa Acelerada... la trilogía del Sprawl.

Pero entraré en materia literaria más tarde, id afilando desgarradores retráctiles y otras ciber prótesis de filo de carbono, porque mi visión al respecto difiere de lo que estamos acostumbrados a leer a otros aficionados y expertos. Pero antes, me gustaría detenerme un poco en la figura del padre de la criatura, William Gibson.

William nace en 1948 en Conway, Carolina del Sur, en el seno de una familia monoparental de corte clásico y tradicional, con una madre metidísima en el rol de ama de casa y perfecta esposa, y un padre en el de traer dinero a casa con un trabajo que le hacía estar poco en ella, en una agencia de construcción e infraestructuras. El pequeño genio del cyberpunk creció en Norfolk, Virginia, y a muy temprana edad sufrió la pérdida de su padre, quedando sólo con su madre, quien muy afectada por la viudedad, se encerró en sí misma y sus convicciones religiosas. Supongo, tomándome ciertas licencias y asumiendo hipótesis de cosecha propia, que William debía ser introvertido y debió sentirse muy solo durante su desarrollo juvenil. En entrevistas posteriores, el propio Gibson describía su hogar en los Apalaches, como un sitio al que la tecnología le costaba hacerse hueco, más que menos, y no compartía la fe ni el fervor religioso de su madre. Me inclino a pensar en esto de su soledad, aún más cuando Gibson es enviado a un colegio interno para chicos en Arizona, en medio del desierto. Sus pruebas académicas demostraron su alto talento en lengua y literatura, y su absolutamente nulo manejo de las ciencias y las matemáticas, cosa que me hace gracia, porque me recuerda a mis propias notas académicas.
William pasó la edad del pavo entre cintas y vinilos de música transgresora y lecturas Beatnik, incubando muchas de las ideas que después integraría en su cyberpunk como la crítica a lo material y el consumismo, la experimentación con drogas, la contracultura, el acercamiento a culturas orientales y exóticas con otras políticas y sociedades diferentes al imperialismo norteamericano, etc...

Todo ese caldo de cultivo Beat, esa sopa de rebeldía e inconformismo, llegó a su punto álgido con la pérdida de su madre en la adolescencia, momento en el que vuelvo a especular dándomelas del psicólogo que no soy, que el sentimiento de soledad del William Gibson, seguramente se acentuó más, y a la vez, esa soledad le hizo sentirse libre y despegado de todo su pasado, en ese cambio de niño a hombre, y podría haberse optado por ser fiel a sus convicciones y principios, como todo adolescente hemos hecho alguna vez. En alguna ocasión escuché que “el que de joven no tiene ideales por lo que luchar, no ha sido joven, y el que los sigue teniendo cuando es viejo, es tonto”.
En ésa explosión personal que es la adolescencia, influida por sus lecturas contraculturales, Gibson se escapa a Canadá para saltarse el servicio militar en plena guerra de Vietnam, donde comenzará a desfasar con drogas y se involucrará con grupos juveniles pertenecientes a movimientos Punk y Hippies en el verano del Amor del 67.
Respecto a la abierta relación de Gibson con las drogas durante su juventud, él mismo afirma que a tiempo pasado lo ve como “hacerse una paja”, desahoga pero no soluciona nada. En realidad cumple con el perfil modélico de joven desestructurado con adolescencia turbia, pero con intereses intelectuales, en la que unas cosas y otras suelen solaparse como excusa contra el entorno social indebido, situación con la que también me he sentido muy identificado, y por eso me atrevo a empatizar y añadir notas de pié de página, totalmente subjetivas, en torno a éste breve resumen de su vida y milagros.



No quiero excederme más de lo debido con su biografía porque la tenéis en Google, y si os defendéis con el inglés, podréis verificar lo aquí expuesto, y ampliarlo, con el documental No Maps For This Territories, que visualmente es un coñazo, con una edición muy amateur, cansina y repetitiva repleta de cortinillas y filtros de primero de edición, y un sin fin de tomas recursos inconexas, pero en el que el verdadero protagonista es Gibson, su palique y sus anécdotas vitales.
De hecho, Gibson, lo que domina de forma innata es la palabra y se le nota, su control de la dialéctica es lo que me fascina. El tipo hubiese sido un excelente agente comercial de ventas o presentador de la teletienda, porque convence, hipnotiza. Puede estar soltando todo un guirigay de pensamientos filosóficos y humanistas a cerca de la necesidad de la tecnología y el posthumanismo, que aunque no comprendiésemos o fuesen una sarta de paparruchas bajo los efectos del LSD, nos lo creeríamos y después se lo contaríamos a nuestros compañeros de trabajo durante el café, esparciendo las esporas de su verdad. El tipo es un charlatán, tiene el don de la verborrea, y gracias a eso mismo pudo escribir la trilogía del Sprawl sin tener ni puñetera idea de ordenadores ni conceptos informáticos, a diferencia por ejemplo de su coetáneo y camarada Rudy Rucker.

¿Cómo le dio a Gibson por meterse en el cyberpunk y convertirse en el adalid del movimiento literario y cultural? Conociendo a otro de los fundadores del movimiento cyberpunk en una convención de ciencia ficción, Shirley, compositor de punk y escritor de CIFI. Rápidamente, con los primeros cuentos que Gibson aportó al círculo de los creadores del cyberpunk, como iba a ser el caso de “Quemando cromo”, Shirley, reconocíó al nuevo miembro como el mesías del género que iban a empezar a popularizar y que comenzaría a llevarse un premio literario tras otro. El Neuromante se llevó los tres más importantes de la ciencia ficción en el mismo año tras su debut.

EL NEUROMANTE


Mucho se ha escrito y se escribirá sobre la obra cumbre del cyberpunk, a la que Gibson cataloga hoy en día de novela adolescente y visceral. Algo imposible de repetirse por su puño y letra, debido a su evolución personal y estilística, y cómo le entiendo. ¿Cuántas veces el fandom hemos pronunciado, sobre autores y creadores, aquello de “Nada como su primer libro, su primer disco, su primer cómic, su primera película”, etc? Somos así de egoístas, no empatizamos nada con los creadores.
Todo amante de la CIFI recordará siempre aquél comienzo:

El cielo tenía el color de un televisor apagado”

Una obra que no recomiendo bajo ningún concepto como iniciación en el cyberpunk, no, porque su traducción al castellano nunca fue fácil para ninguna editorial, y su extrapolación poética se pierde en el camino, convirtiéndose en ocasiones en una lectura confusa y dispersa, que cuesta convertir en imágenes en nuestra (valga la redundancia) imaginación mientras pasamos líneas. Dicho esto, quizás, sea una evidencia de lo poco que sabía Gibson de tecnología e informática, pero lo muy bien que se le da la redacción, inventando términos creíbles del género que se asentaron para siempre, como Ciberespacio, para referirse a aquella futura internet que su circulo, y otros antes que ellos, imaginaron como panacea de la información y comunicación global.
Para empezar en el cyberpunk, yo os recomendaría “Snowcrash” que es una novela muy accesible actualmente; o “Hardwired, el hombre máquina” que pese a que no es fácil de encontrar en papel, si disponéis de una versión digital, es una lectura que entra con comodidad y sin complicaciones para iniciarse.



Gibson popularizó con éxito y convirtió en seña de identidad otros términos como cowboy, la matríz, los gadgets steam o por supuesto el hielo para referirse a programas informáticos defensivos o cortafuegos.

El Sprawl, es ni más ni menos, que la conurbación absoluta, la globalización urbana, el escenario perfecto para un futuro súper poblado y altamente dependiente de la tecnología. En el Sprawl, kilómetros y kilómetros de ciudad continuada, con centros neurálgicos y downtowns unidos unos a otros por ensanches urbanísticos, la multiculturalidad, las clases sociales en exclusión, las zonas desmilitarizadas, los getos, y la supervivencia urbana en su máximo nivel de expresión como antes nunca habíamos visto, se convierten en el entorno en el que los protagonistas de Gibson se ven obligados a desenvolverse. Y cumplimos de éste modo el dogma cyberpunk que Gibson adquirió en sus adolescencia descarriada y Beat, y sus vivencias contraculturales, consignas punk y rol models anárquicos y antisociales. La jungla crea animales, y la ley de la calle es ser el más fuerte. En entornos económicamente hostigados y socialmente depresivos, el que quiere sacar la cabeza a respirar aprende a hacer relojes. Picaresca, ilegalidad y criminalidad. La sociedad los hizo hacerlo, víctimas del sistema. Se crea el eslogan cyberpunk, “el perfil bajo, la tecnología cara”.
Un futuro cercano inspirado por la novela noire pero iluminado a golpe de neón y pantallas de fósforo que sin previo aviso golpeó a Gibson durante su proceso creativo cuando Ridley Scott estrenaba Blade Runner, haciéndole decir algo parecido a “Esta película es todo lo que yo había imaginado de Neuromante”. Y es curioso, porque es mérito de Scott y su equipo creativo, ya que la costa Oeste imaginada por K. Dick en “Sueñan los androides con ovejas electricas?” ni por asomo era tan tecnológica como la de la película, si no más bien una decadente ruina post atómica de lo que había sido la civilización occidental, con supervivientes de perfil bajo, mal organizados, y okupas. De hecho, en Blade Runner, no hay ni rastro del ciberespacio ni de la influencia de las posibles inteligencias artificiales, pese a que K. Dick en la novela original, presentaba aquellos cubos sensoriales de los merceristas, con las que vivían experiencias virtuales del martirio de su profeta. Aquella película, nos enfrentaba a los replicantes, que pese a ser entidades orgánicas artificiales, con libre albedrío y consciencia de sí mismas, no profundizaba tecnológicamente en las miles de posibilidades que brinda el software propuesto pro Gibson.



La novela asentó todo el punk de lo cyber, convirtiendo en norma sagrda del género las pandillas juveniles armadas, las drogas, realidad virtual, los implantes cibernéticos y de software neuronal, las inteligencias artificiales, y las mega corporaciones. Todo lo tiene Neuromante. Tiene acción, violencia, personajes misteriosos como la icónica Molly, Rastafaris orbitales, Ninjas guardaespaldas... tenía todo lo que la cultura pop de los 80 quería, pero en el futuro cercano, multiplicando las posibilidades. Un cocktail espectacular con una prosa superior a la de cualquier guión de acción barata, pero con los mismos ingredientes. Gibson había optimizado las herramientas, sentando cátedra.
No contento con darnos un apasionante thriller de acción futurista, inyectó en la novela un montón de conceptos sociales sobre los que pensar, o así lo veo yo, como por ejemplo:
El poder que ejercen las grandes multinacionales en las economías globales; La tendencia de la sociedad a utilizar y depender de la tecnología; la estratificación social y sus consecuencias; Los aspectos negativos del titánico avance de la humanidad hacia el progreso; Las cuestiones morales que podrían generar en el futuro los adelantos médicos y técnicas como la clonación humana; El “Yo” y la inmortalidad...
Por todo esto, y por el estilo, os indicaba anteriormente que Neuromante no debería ser el primer capítulo en al biblioteca cyberpunk de nadie. Por mucho que Gibson lo rechace, no es una novela meramente juvenil, otra cosa es que el autor, haya madurado tanto que sea incapaz de rebobinar al estado anímico y los juveniles ideales utópicos (o distópicos) que le inspiraron a firmar la piedra angular de todo un subgénero.

La historia, sin spoilers, y muy resumidamente viendo el volumen de texto que hoy voy a alcanzar, se puede reducir muchísimo a como tres personajes se ven envueltos en un complot empresarial con intereses cruzados. Ellos son Case, un cowboy del ciberespacio; Armitage, un agente libre de diferentes organizaciones corporativas, gubernamentales y paramilitares; Y la punta del triángulo, Molly, una belleza ciberaumentada que nada tiene de frágil si no más bien de peligrosa, una ciber asesina a sueldo que arrastra traumas y misterios.
Reunidos los tres por haces del destino urdidos en las sombras de las altas esferas, tendrán que salvar el pellejo una vez entran de lleno en una bola de mentiras y traiciones mafiosas que los llevará de viaje por Asia, Norteamerica, y las colonias orbitales lunares. Su final nos dejará helados. Stop.

¿Qué puedo aportar yo que no se haya dicho de Neuromante a estas alturas, más de 30 años después de su estreno? Poco, debería ser un virtuoso analista, y no lo soy. Pero diré que Neuromante es sólo el principio. Y que mucho encontramos acerca de la obra, pero no de sus continuaciones, que a mi parecer, son la verdadera guinda del universo Sprawl.

EL CONDE CERO


Tras el éxito de Neuromante, vino Conde Cero, que en español no da todo el juego que da en su idioma madre, Count Zero, que jugaba con la dualidad de entenderlo como un título nobiliario, o “Cuenta a cero”.
La novela se presenta como un capitulo a parte de Neuromante en el universo del Sprawl, pero aunque puede leerse con independencia de no haber leído el primero, es muy aconsejable, ya que pese a que todos los personajes de la historia, incluidos los protagonistas, son nuevos y no comparten un pasado directo con Case, Armitage y Molly, todo el entorno nos hace entender mejor la primera novela, y a demás encontraremos guiños del universo Sprawl ya conocido en diferentes capítulos.



A diferencia de su predecesora, la obra tiene una narrativa muchísimo más fluida, mmenos dispersa, carente de algunos de esos saltos de hilo que tanto me despistaban, sin quiebros ni perifrasis, ni aspiraciones prosaicas ni poéticas, es mucho más novelesco, directo, está enfocado, y se agradece siendo sincero. Una narrativa, no por ser más “rococó” ha de resultar mejor por ello, y Conde Cero va mucho más al grano, aunque e ocasiones me haga algún regate.
Ya no es confuso como un manga de Masamune leyéndose de derechas a izquierdas en el que no nos ponen en situación y nos enredan con personajes sin pasado y tramas geopolítcas que parecen trabalenguas. Conde Cero es mucho más cercano.

En ésta ocasión seremos testigos de la evolución de un cowboy novato, Bobby Newmark y su evolución involuntaria como jinete de datos; Una marchante de arte llamada Mary Krushkova contratada por un extraño coleccionista interesado con todos sus activos en conseguir unas extrañas creaciones artísticas; Y el personaje cuya trama más se me atraganta por los mismos defectos o características que daban personalidad a Neuromante, la confusión, protagonizada por Turner, un experto en seguridad privada contratado por una compañía de I+D para un trabajo de extracción civil. La introducción de Mitchelle, una de las civiles que debe ser escoltada por el grupo de seguridad de Turner, es la más enigmática de todas las vías argumentales cruzadas que el libro nos muestra, y no voy a spoilear de más, porque se convertirá en una piedra angular del cierre de la trilogía.
De éste modo, Gibson opta por un nuevo estilo de contar historias, que entrelaza las vidas de diferentes protagonistas, en diferentes puntos del mundo, que sin quererlo convergerán en la misma trama urdida por los marionetistas en la sombra.

Conde Cero, expone el Sprawl desde dentro, mucho más de dentro que Neuromante, transportándonos al corazón de los barrios de esa megaciudad, presentándonos a su clase media y a su clase baja con un toque de Blackxplotation futurísta que me encantó, personificado en una banda de delincuentes surtidos afroamericanos, tremendamente importantes en la trama, con su slang más que menos ricamente traducido, sus pomposas pintas funky, y una cultura techno religiosa que bebe del vudú. Sin duda, un grupo de personajes que recordaremos por mucho tiempo.
Gibson nos introduce en las arcologías, el proyecto urbanístico futurísta más empleado en al CIFI, desde que el arquitecto Paolo Soleri acuñase el término y comenzase la edificación de Arco Santi en Arizona. Estos megaedificios, constituyen una mini ciudad en si misma, capaz de albergar miles de familias en sus viviendas, pretendiendo ser autosuficientes, pudiendo en la teoría permitir a sus inquilinos crear sus propias fuentes de energía y de alimento, e incluso, para ello, ofertando puestos de trabajo a sus propios habitantes.

El libro volverá a hacer excursiones apasionantes pero poco científicas al ciberespacio, mejores y más detalladas que en Neuromante, con toda esa jerga pseudotécnica inventada por Gibson, y la importancia de las inteligencias artificiales y los programas independientes que andan sueltos por la red vuelve a ser principal, con un renovado peso incluso. Las realidades virtuales y el intento por diferenciar como verdaderas o falsas las experiencias percibidas en esos entornos casi reales, serán practicamente una constante en éste segundo capitulo de la trilogía, que si bien se puede leer sin Neuromante, como decíamos antes, en mi opinión, es imprescindible si queremos pasar al tercer tomo, Monalisa Acelerada.

Las cuestiones existenciales que subyacen bajo la ficción de Conde Cero, volverán a girar en torno a la “identidad” y el “ego” en diferentes realidades, la física y la virtual, a las que el ser humano parece estar avocado a enfrentar en su carrera y evolución tecnológica, hasta el punto en el que el hombre será máquina, y la máquina se creerá hombre, o más aún.

Si en alguna ocasión algún capitulo se nos hace bola, aunque no creo que sea el caso con los maravillosos momentos de la banda de “pimps”, el reencuentro con el Finlandés, o los entornos virtuales del parque Well en Barcelona... Tomad un respiro, y retomarlo, porque el final es a mi humilde opinión, doblemente apoteósico respecto al de Neuromante.

MONALISA ACELERADA


Y entonces llegamos al desenlace, MonaLisa Acelerada, que ha evolucionado en la misma dirección en la que ya avanzaba Conde Cero, o eso, o ya me había acostumbrado por completo a la retórica de Gibson sin darme ni cuenta. La obra que concluye todos los caminos que los personajes que ya conocemos han tomado.
En ésta ocasión, es imprescindible haber leído el resto de la saga, me da igual el orden, y es difícil decir por qué sin spoilear nada, ahora que ya conocéis por encima, gracias a mis pequeñas sinópsis, el reparto de papeles en ésta epopeya distópica. Pero volveremos a encontrarnos con muchos personajes de Neuromante y de Conde Cero, y muchas cosas tomarán un cierto sentido si antes no lo tenían. Es un broche perfecto para dejarnos satisfechos y aclarados respecto al Sprawl.



Gibson no ha hecho muchos esfuerzos anteriormente en explicarnos la sociedad y el lore del Sprawl, da por hecho de que somos capaces de seguirle zig zageando en la oscuridad en un laberinto de callejones sin luces, y pobre de tí si le pierdes el rastro. Pero nos hemos ido haciendo a la idea, y en Conde cero ha sido algo más generoso con las descripciones del lore urbano norteamericano y europeo. Pero en Monalisa, nos ofrece un nuevo entorno, suburbios fuera del Sprawl, áreas chabolístas y en abandono, residencia de okupas organizados en pequeñas pandillas o clanes, en un estilo que nos recuerda un poco a Mad Max, los edificios abandonados donde habita Isadore en “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” e incluso el film The Warriors. Ese nuevo entorno que Gibson no nos ubica geográficamente en el imaginario mapa de los nuevos Estados Unidos de América, pero del que dice es frío y yermo, es el inhóspito Dog Solittude, un nuevo escenario sin luces, neón, ni rascacielos, si no chatarra y fábricas abandonadas, en las que un grupo de parias formarán parte involuntariamente, les guste o no, de los grandiosos acontecimientos que están por venir.
El papel de la joven Angie Mitchell y sus “dones” para bucear por el ciberespacio, serán el epicentro de los sucesos, que se expanderán en ondas sísmicas en las páginas de la novela, creando efectos al resto del plantel que no quiero desvelar, porque si lo leéis, será muy satisfactorio volver a reencontraros con estos protagonistas.
Gibson añade a la fiesta a Mona, una prostituta vícitima de las conspiraciones de un grupo mafioso, y a Kumiko, la hija de un Oyabun Yakuza extraditada a Londres por su seguridad.
El libro vuelve a optar por el desarrollo de tramas en paralelo, como en Conde Cero, y visto lo visto en las anteriores entregas, ya es difícil innovar nuevos conceptos, tecnologías, y leit motives filosóficos al respecto. Es una obra más plana y menos exigente, pero no por eso desdeñable, ya que es totalmente necesaria para terminar la trilogía, y el argumento es completamente enriquecedor.

Pese a que es un cierre argumental perfecto, Monalisa Acelerada, ya digo que no es la novela más brillante de las tres, pese a que me encantaron los hechos acontecidos en Dog Solittude y el reencuentro de personajes. Pero el estilo original de Neuromante va esfumándose poco a poco en ésta última historia, loq ue la hace mucho más fácil de leer, más accesible, pero pese a todo, uno acaba echando de menos al viejo Gibson y su tortuoso estilo.

La trascendencia y la singularidad son los aspectos cenitales de la trama principal. En mi opinión, Gibson asume el destino del homínido actual en una inevitable transición evolutiva conjugándose con la tecnología para siempre.

¿Y QUÉ MAS?


Si habéis llegado hasta éste párrafo, os felicito, porque reconozco que la lectura de hoy es larga, tediosa, y que yo me enrollo más que las persianas, pero como podéis observar, la potencia y énfasis de la trilogía del Sprawl va normalizándose, perdiendo fuelle, y mutando de genialidad a una narrativa CIFI menos compleja, para todos los públicos. El propio Gibson se confiesa en No Maps for this Territories, de una forma muy cyberpunk

Ya no tengo acceso en mi memoria a aquella información que plasmé en Neuromante, no puedo repetirlo”

Lo que no se salta un canguro, es el poso de imaginería universal para todos los autores y lectores de CIFI que dejó el Sprawl desde entonces, a nivel mundial. Su slang técnico, creado por un tipo que no tenía ni idea de informática ni software; Sus escenarios urbanos; Los personajes adictos a sustancias químicas y con pasados de dudosa reputación; Las inteligencias artificiales asumiendo el rol de dios; Las guerras corporativas libradas en la sombra por mafias despiadadas con armamento mortífero... Todo aquello, dibujó el escenario del cyberpunk. Y todo ésto, no significa que todo valga, porque en el camino, nos quedamos con la forma, pero perdemos el contenido.
No todo lo que traiga neones, holopantallas, miembros cibernéticos y todos los ingredientes que acabo de citar que Gibson metió en el horno de Neuromante... No todo es cyberpunk.
Gibson ha evolucionado como persona, sus inquietudes han variado, ha escrito mucho desde el Sprawl, su estilo ha evolucionado y ha adoptado otros enfoques, en los que subyacen nuevas preocupaciones y críticas, pero tenemos que recordar a aquél joven desubicado, huérfano, influido por movimientos antisistema y la anarquía antibélica, insumiso, que coqueteaba con las drogas, sin muchas más aspiraciones que leer y escribir bajo los efectos de una nueva droga. Aquél muchacho que ya no existe, que duerme en el interior soterrado del Gibson maduro y experimentado, debajo del escritor de cabecera CIFI, artista multidisciplinar, guionísta... Aquél joven Gibson era el cyberpunk, sus valores, sus utópicos sueños contraculturales a ritmo de música y delirios. Sus ganas de joder, de molestar, de escupir a la cara en la sociedad burguesa, modélica y correcta, eso es cyberpunk, y debe seguir siéndolo.
Que los enormes decorados de luces LED fosforitas, las aparatosas gafas de realidad virtual con docenas de cables conectados a clavijas en la espina dorsal, los vehículos hibridos aéreos, ni ningún otro truco de prestidigitador narrativo nos hagan olvidar, que el cyberpunk se sirve crudo y sangriento.
Gracias William. Nadie “te quita lo bailao” aunque tú mismo te sientas ajeno a ello, incapaz de revivirlo. Gracias.



¿Y qué más? No se... quizás todo lo demás, como The Matrix, El Cortador de Césped, Ghost In The Shell… ¡Todo!
Por último, que aquí somos muy de pixel, hacer mención al videojuego de Neuromancer, que no, nunca he jugado, en mi casa no entró un ordenador de la vieja escuela en la época correcta hasta la aparición de los primeros multimedia en Windows, y éste título de entretenimiento data del 88, firmado por uno de los clásicos más clásicos donde los haya, Interplay.
Como no lo he jugado, no voy a dármelas de listillo, pero no puedo dejar pasar la oportunidad de que sepáis que existe, que se basa en la novela, pero no recrea su hilo argumental, y que se trata de una aventura con puzles.

Creo que va siendo hora de cortar el cordón umbilical que me une a la entrada de hoy, y dejar para el futuro los rumores de una posible versión cinematográfica de Neuromante, tan malditos aparentemente como el Dune que al final ha adoptado Villeneuve; El por qué las editoriales españolas no reeditan Conde cero ni MonaLisa Acelerada y la especulación de éstos títulos en el mercado de segunda mano; Las increíbles portadas de Josán González para las ediciones brasileñas de la trilogía; etc, etc.
Gracias de nuevo a todos y todas, y un enorme saludo, hasta la semana que viene.