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martes, 9 de julio de 2019

CHAPPIE


NEIL BLOMKAMP Y JOHANNESBURGO


00:00 Horas, el momento de ciber brujería, abro el terminal portátil, cargo el editor de texto sensorial, y dejo fluir mis ondas cerebrales convirtiéndolas en caracteres de comunicación escrita.
Llevo retraso en la conexión, el último ferry de la colonia minera de asteroides en el que vuelvo a casa tras mis jornadas laborales llegó tarde por culpa de un brote de clamidia mutante en los camarotes de la decimo quinta bodega, naturales de Colonia Medusa B, luego se quejan de su fama...

Pero vuelvo a estar en Tierra 1, en mi apartamento de la corporación, cuatro paredes de moduplast, un compilador de materia y una vaina de higiene y descanso. Al fin puedo compartir con otros humanos mis inquietudes.

Esta noche quiero hablar del séptimo arte, de una película que para mi resultó ser un soplo de aire fresco, no muy original en su concepto, pero tremendamente divertida y con un gusto estético rompedor. Una perfecta foto cyberpunk sin abusar del neón ni los aerovehículos. No.
Un cyberpunk cercano, de manual, con tecnología que parece podría estar a un paso de estrenarse en el próximo conflicto bélico a gran escala, aspectos familiares de la informática, plausibles, y una mega urbe palpable, peligrosa, con problemas sociales y tremendas brechas en los estratos ciudadanos. Desmenucemos poco a poco esos puntos de “manual” cyberpunk en Chappie, nuestro filme protagonista de hoy.



Chappie es una cinta de Neil Blomkamp, sudafricano/canadiense fan del cine verité y el estilo documental que nos enamoró (o al menos a mi) con Distrito 9, largometraje que incluía todas las características de esa personalidad que iba a adjudicarse como seña de identidad desde entonces. Una historia de ciencia ficción que me recordó en esencia a la vieja Alien Nation, renovada y deconstruida, con elementos pop de las tendencias actuales, y nuevos elementos más acordes a nuestra nueva forma de entender el cine de alienígenas y enfocarlo a través del prisma del racismo sin dejar de ser una historia fantástica de cifi en todo momento. Un must que seguro que abordaré de nuevo en un futuro distópico cercano.
Ese debut en la industria de los “mayores”, se produjo principalmente a la atención que causaron sus cortometrajes indie en Peter Jackson, y bueno, me atrevo a aventurarme a opinar que es un creador con su propio universo, concienciado en darle un sentido a sus ideas a través de su propia gran creación global, de donde salen el resto de sus futuras obras. Todo en su carrera parece ser una cadena gruesa y bien forjada, de eslabones, que dependen unos de los otros y que están forjados en el mismo metal. Suena muy “metafórico”, pero no se me ocurre otra forma de explicarlo improvisadamente en mi teclado. Si hilásemos mucho, encontraríamos puntos de unión, nexos, entre unas y otras de sus historias, en forma de ideas remanentes y easter eggs en común.

La cosa es que las influencias de Blomkamp se repiten en su obra, existen leit motivs, que se repiten, desaparecen y vuelven aparecer, ideas que nunca son desechadas por completo, y renacen más adelante, consolidando un universo personal único y fácil de reconocer.
Distrito 9, es en verdad, una idea expandida de su cortometraje Alive in Joburg.

Y es precisamente Johannesburgo (Joburg), la eterna protagonista de la mayoría de esas historias entrelazadas de sus ficciones. Lo fue en Distrito 9, y lo es de nuevo en Chappie.
Una gran ciudad global, crisol de ciudadanos de todo el globo en busca de negocios, casi 4 millones de habitantes, un pasado convulso de colonialismo y racismo que no termina nunca de cicatrizar y colea vívidamente como uno de los principales problemas de convivencia y seguridad civil. La expulsión de parados y familias empobrecidas tras la crísis económica sufrida en los 90, resucitó el fantasma del appartheid, dándose la casualidad de que la mayoría de personas obligadas a abandonar el centro, eran precisamente negras. Proliferaron los getos en las afueras, se deterioró la periferia, como el barrio llamado Soweto, y el crimen se disparó a niveles muy preocupantes en barriadas típicamente blancas, de las que comenzaron a mudarse familias, aterrorizadas, dejando edificios abandonados a su paso. Un caso de deterioro urbano parecido al de Detroit, del que hablábamos hace poco en otra entrada. La distopía hecha realidad que hizo tomar medidas al gobierno, como la videovigilancia urbana (tan criticada en U.K. Por “atentar” contra la intimidad de los ciudadanos) y agilizar planes de recuperación económica urgentes como el mundial de fútbol de 2010.

CYBERPUNK Y CLASICOS BASICOS


Tras estrenar otra interesante obra cifi de tintes cyberpunk, Elysium, en 2015 llegó Chappie.
El título, es el nombre del protagonista, un maravilloso robot que de primeras, estéticamente, seguramente que os recordó a Briareos de Masamune Shirow, o los robots del videojuego Probotector. Blomkamp elige perfectamente la estética pop con la que encandilar a los amantes del género, y crea Chappie, un concepto que renueva, pero no inventa, la cosa que se convierte en humano. La máquina, dotada de un complejo software de inteligencia artificial, le roba el puesto, o al menos compite, con Johnnie V de Cortocircuito y el mismísimo Murphy de Robocop, robándonos instantáneamente nuestros corazones de coltán.
Pero empecemos pro el principio.



La película nos presenta un Johannesburgo superado pro la criminalidad, salvado por Tetravaal, una megacorporación tecnológica de desarrollo armamentístico y software, que ha salvado a la ciudad del caos y la anarquía gracias al proyecto scout, un rentable ejército de robots policia perfectos, sincronizados, casi indestructibles, que azotan alas bandas organizadas de los suburbios y permiten a la policía seguir haciendo tráfico en los semáforos y comer donuts sin tener que vestirse un chaleco antibalas.
El robot maravilloso se lo deberemos al joven profesor Deon Wilson (Dev Patel, Slumdog Millionaire o El último Airbender), autor del programa de I.A. De las unidades scout. Un personaje, que me evoca recuerdos del libro Elhacker y las hormigas de Ruddy Rucker.
Dentro de la misma corporación, tenemos a su rival laboral, Vincent (Hugh Jackman, sobran ejemplos), que desarrolla un prototipo alternativo conocido como el 471, que se trata de una mole de metal y armamento pesado, teledirigido a distancia por humanos con un interfaz de control neuronal, similar a un simulador remoto de realidad virtual. La rivalidad entre ambos conformará una de las líneas argumentales de la película, recordando demasiado (tal vez) al Robocop de Verhoeven, cuando la ciudad de Detroit, debía elegir, si Robocop o la mole del modelo ED 209. El parecido es innegable y seguro que el clásico es una de las principales influencias de Blomkamp en Chappie. Sin ir más lejos, se comenta, que Blomkamp estaría inmerso en el rodaje de un nuevo episodio de Robocop. Ahí está la admiración, sin duda.

Por otro lado tenemos a los antihéroes, una banda de delincuentes, que hacen de sí mismos, Ninja y Yolandi, también conocidos como Dieantword, conjunto musical sudafricano que han alcanzado un tremendo éxito mundial en escasos años, con su... ¿Techno Rap? No tengo muy claro como etiquetar su música, aunque ellos lo llaman Zef, un término autóctono de raíces zulú, que si entiendo bien, como fan de su discografía, es algo así como “molar por ser diferente”. Su estética radica en causar rechazo, diferenciarse de forma extrema de cualquier otra tendencia, revindicar lo importante de ser imperfectamente único, y la belleza de la fealdad, porque la belleza es standarizada, y la fealdad es inimitable. Algo así. Al final, como todo en esta vida generando millones de dólares y asesorado desde el despacho de una gran multinacional, aquello que se enfrenta al sistema, acaba perteneciendo al sistema, como si todo se tratase de un extraño plan illuminati, pero bueno, ahí están, interpretándose así mismos en Chappie, sin mucho acierto, encasillados en el rol que venden de sí mismos en su faceta musical, como el Langui, pero en sudafricanos. No se si me entendéis. Pero bien, que Ninja no es un gran actor, pero como esperpento zumbado y personaje antisocial, lo borda, porque es lo que interpreta cada día de su vida en el estudio de grabación, las entrevistas, y el show bussines. Y digo “interpreta”, porque bueno, pese a que siempre ha estado interesado en la cifi y la creación de historias y personajes distópicos (como él mismo), musicalmente, comenzó con mensajes de conciencia y crítica social, el típico rap educativo y reivindicativo a lo Mos Def o Common, que peca de querer ser llamado poesía, pero carece de los recursos literarios para ni siquiera acercarse a serlo. Pero lo más sorprendente en su metamorfósis pública, es cuando se junta con Yalndi y el productor musical Hi-Tek, que precisamente venía de ser uno de los músicos estrella de artistas de rap norteamericanos de los más “correctos” como los ya expuestos antes, y de repente, boom, crean ese estilo Zef, de rave, que representan también con artes gráficas, moda customizada y grafiti (al más puro estilo nuevo punk, irreverente) que colorean cada uno de sus videoclips, que suelen presentar también situaciones relacionadas con el consumo de drogas, violencia y pornografía. Todo un giro de 360 grados en sus carreras que les han aupado al éxito. Y por eso usé el término “interpretar”, porque me cuesta creer que Ninja y Yolandi sean Ninja y Yolandi 365 días al año, 24 horas al día, o igual sí, y nada tienen que ver sus editores y asesores de imagen, no se, que voy a saber yo.
El caso es que este par de mamarrachos dan el pego con el papel requerido.



La banda criminal se cierra con Amerika (José Pablo Campillo, actor de teleseries con el que también contó Blomkamp en Elysium). Los tres están metidos en una deuda con un criminal rival, de las que sus vidas penden de un hilo si no consiguen la pasta en un límite de tiempo. No se les ocurre otro mejor y ridículo plan de fumetas, que desmantelar el proyecto scout de súper policias robots que les impiden campar a sus anchas por la ciudad con una AK-47 robando bancos, secuestrando a su creador, Deon, y obligarle a cooperar en contra de su voluntad.

Con el secuestro de Deon, comienzan una relación con tintes de síndrome de Estocolmo, que evolucionará cuando le obligan a activar uno de los modelos scout averiados recuperados de un tiroteo, y programarlo para un uso privado de los criminales. Cuando el robot es reparado y encendido, Deon le carga su última beta de una nueva versión de I.A., y la máquina “nace” consciente de sí misma, lista para aprender de su entorno y las personas que lo rodean, formando una personalidad singular.

PINOCHO


Nos encontramos entonces como decía antes, en la clásica historia de la máquina que se humaniza, el horizonte abierto de la especulación con los límites de las inteligencias artificiales, en contraste de los humanos que nos cosificamos que he estado tratando en entradas anteriores. Chappie es recién nacido, pero de titanio, con un cerebro informático, que procesa y aprende con muchísima más velocidad que el humano. Se considera humano, carece de maldad, y encarna el mito del niño salvaje corrompido en la gran ciudad, una eterna historia filosófica que ya postuló Kant, o un ciber Victor de Averyon, libre de pecado, que aprenderá la diferencia, entre lo considerado bueno y lo considerado malo mediante el error y el acierto.
Es imposible no encariñarse con la maquinita parlante, reirnos con él como lo hicimos con Johnny V en los 80, y llorar por él como por Simon Birch o Forrest Gump. Es un ser ingenuo, desvalido, pero letal.
La máquina viva, con sentimientos, capaz de experimentar miedo, dolor, tristeza. Una I.A. Avanzada y amable, una humanidad 2.0. que en esta ocasión no considerará a los humanos una especie inferior que eliminar o tiranizar como Skynet o Hal 9000 o la reciente Madre. No, es una I.A. Que quiere ser solamente humana, como la de Spielberg.
El cuento de Pinocho una vez más.

Es su toque pop (o zef), icónico, y gamberro, otro de sus puntos fuertes. Tal vez no nos haría gracia ver un actor de 8 años disparando metralletas contra la policía, diciendo obscenidades, y disfrazado de rapero gangster con tatuajes y cadenas cubanas de oro al cuello. Incluso a lo mejor, resultaba de mal gusto, ridículo, infumable. Pero Chappie es eso, dentro de un cuerpo de metal moviéndose como los prototipos militares del DARPA, capaces de saltar obstáculos sobre una cinta de deporte automática mientras le golpean con barras de metal, y no se cae. Chappie en realidad es esa máquina terrorífica, tan cerca de convertirse en una realidad tecnológica del Instituto de Masachussetts.



Por todo eso, comenzaba la entrada hablando de que Chappie no inventa absolutamente nada, nos recuerda demasiado a otras historias y películas, pero funciona, cumple con sus promesas durante sus principales hilos argumentales, la lucha corporativa de Deon y Vincent; y el desarrollo de humanización de Chappie junto a una pandilla de delincuentes carentes de moral, los peores tutores posibles sin ninguna duda, que seguramente como imagináis, terminarán aprendiendo algo de la máquina. Es un cuento moderno maravilloso, con moralejas y buenas intenciones, capaz de emocionarnos. Y es ese dulzor para todos los públicos, ese exceso de azúcar que nivela lo que podría haber sido una estúpida película vacía, trivial, de sólo disparos y robots. Eso, pese a lo cursi, es lo que hace que a cualquiera le pueda gustar Chappie, porque no nso mintamos, por muy punk que nos consideremos, a todos nos gustan los finales felices.

Añadir, que no se si es algo a favor de la película en sí, o en contra del reparto y sus actuaciones, pero lograr que Chappie, que es un personaje inexistente moldeado en CGI, nos parezca tan real y nos transmita tanto, es un éxito poco tenido en cuenta en la era de lso efectos especiales digitales. Total, a este paso, dentro de poco nos colarán actores virtuales, y no nos daremos cuenta. El óscar para la mejor I.A.

¿Resultado? Acción, humor, mucho punk, pizcas de gore, gamberreo y dilemas filosóficos cifi de decálogo. Una delicia cyberpunk , con sus criminales, sus corporaciones, su espionaje industrial, y nuevas tecnologías sensoriales (cumple con casi todo lo indispensable del género como veis), que embotella los clásicos básicos, en un nuevo envase ergonómico con una nueva etiqueta en la que no falta el eslogan “con una nueva receta mejroada”.
Una idea de los 80 desarmada y vuelta a ser construida, con los gustos del los 10 del S XXI. No puede haber fallo si se tiene le mínimo gusto, y Blomkamp lo tiene.

¿Algo más? Rumores de una segunda parte en ciernes.
Blomkamp no tiene pinta de abandonar la ciencia ficción, y si no lo es ya, se convertirá en un maestro de las historias futuras.

lunes, 1 de abril de 2019

THE FUTURE IS NOW, DE JOSAN GONZALEZ


ROBO CITY 16


Buenos días tungstenitas.
La entrada semanal de hoy va de arte gráfico, porque llamarlo cómic sería inexacto, me temo. Tal vez novela gráfica sería más acertado. Pero sea como fuere que nos pongamos de acuerdo o me corrijáis, que sabéis siempre estoy abierto a ello en los comentarios y el twitter (@sharowdanser), gracias a vosotros siempre mejoro.

El caso es que hoy voy a hablar de la obra de Josán González, The Future Is Now, y sus 2 primeros volúmenes (el tercero está en camino y ya hablaré de ello más adelante de la entrada). Un ilustrador y narrador soberbio. Su obra me hipnotizó desde que la descubrí en internet, y que genial haberla encontrado buceando la red y no en el stand de una tienda de cómics, porque dice mucho de su propia obra, retroalimentando su universo ficticio, haciéndolo si cabe más real.
Poco, muy poco he descubierto del ilustrador, a parte de que es un gran hacedor de pizzas y lo que desea compartir con nosotros en su web robocity16.com , aunque la red hoy en día abarca cualquier punto del planeta y su órbita, y que ha podido trabajar puntualmente para algunas editoriales de las que ya he hablado en el blog en alguna otra ocasión como el caso de Dark Horse. También carteles para concierto. Su propio merchandissing. Y poquito más a parte de lo que nos cuenta de sus musas en los propios volúmenes de The future is now.



The Future Is Now es una obra distópica, futurista, si cabe podemos llamarla cyberpunk, aunque si poco he conseguido averiguar del misterioso autor (y digo misterioso por lo poco que parece dedicarse a sí mismo en las mismas redes que tanto sentido tiene alberguen su obra entre otras cientas, no me atrevería a decir que, similares, por lo único de la suya) en unos pocos artículos review que incluyen algunas declaraciones suyas, es que tampoco se atrevería él mismo a llamarlo cyberpunk, pese a tener influencias directas del vetusto género como Neuromante. Obra de la que ha tenido el honor de ilustrar sus portadas de la trilogía en su reedición brasileña, y son unas joyas de tomos que no veas.
Tal vez Josán haya matado ya al cyberpunk en su obra, y estemos frente a un nuevo género estético y creativo, cultural, del hominido 2.0 del cercano y oscuro futuro.

Por eso me fascina el entorno en el que podemos descubrir su obra, nadando entre perfiles y surfeando URL's, porque su obra es precisamente, el futuro. Aunque renegando de ello me alegro enormemente de poder disfrutar en papel encuadernado sus ilustraciones, poder olerlas, acercar la nariz a la página, y tenerlo entre mis manos. La red sigue siendo un artificio inmaterial que ningunea al humano. Y de algo parecido, si he logrado pillar el concepto, parte la idea de The future is now, ya que en la primera página de su tercera edición ya encontramos un texto que deja al humano por los suelos.
Un alegato de preocupación creciente ante los problemas sociales y del mundo, que resbalan como la lluvia sucia de la ciudad sobre un paraguas de plástico transparente con luces led de flúor, sobre el proletario aburguesado atrincherado en su apartamento barato de VPO con televisor plano, videoconsola y tostadora. Un humano que hace oidos sordos, impasible, a los problemas de la humanidad, porque él tiene su culo caliente en invierno dentro de su jaula de pladur. Un humano que no va a hacer nada mientras todo se va al carajo. Un humano que ha olvidado que es humano.

Y comienza el festival de imágenes.

VOLUMEN 1


Como decía antes, descubrí el arte de Josán de chiripa, dando paseos por redes sociales, y allí estaban aquellos dibujos de @deathburger en Instagram. Me volaron la cabeza, era lo más genial que había visto hasta la fecha, y había visto mucho. Y aunque hay autores que me encandilan tanto, estas obras tenían algo especial.

Para empezar la paleta cromática, que nos muestra su futuro cibernético como si lo estuviésemos mirando con unas gafas mirror shade polarizadas, y todo nos llega tintado. Bajo la luz de un sol enfermo, cansado, medio apagado que lucha por hacerse paso en una gruesa costra de nubes de polución. Predomina la paleta de tonos pálidos, y flúor, y la monocromía en muchas de las primeras obras independientes del volumen 1.

Este volumen 1 es una colección de obras independientes, ilustraciones, o debería ser sincero y llamarlas obras de arte, en las que sospecho podemos ser testigos de la evolución artística de Josán, casi desde que le surgen algunas de las que podrían haber sido sus primeras ideas al respecto de la creación de su universo personal, Robo City, hasta que crea su dimensión futurista y nos transporta a ella. Y digo creo, porque repito, no he hallado muchos datos del autor en la red. Un aura de anonimato y misterio envuelve al artista y sus motivos.
Pero es objetivo, que esas primeras láminas del tomo, tienen un aire más orgánico, con un trazo cercano al boceto, que poco a poco va transformándose, página a página, en un estilo cercano al del gran jefe Moebius, y no es que se note o yo sea un lince, es que podemos encontrar la asunción de culpa de Josán en pequeños guiños y detalles, “easter eggs” ocultos en sus recargadas páginas, horror vacui cada una de ellas, en las que podemos perdernos un buen rato gozando cada regalo, cada secreto, oculto en un poster despegado del muro tras los personajes, o entre la basura de un rincón. Dan ganas de sacar la lupa de Sherlock Holmes y escuadriñar cada hoja con la pipa en la otra mano, relajadamente, un rato largo, para sencillamente, disfrutar.



En estas primeras obras independientes del volumen 1 encontramos fotografías robadas al futuro próximo, en el que la red, las máquinas y la tecnología se fusionan con la cotidiana y obscena vida del humano standard, que no somos más que un compuesto orgánico zafio y con taras. Elementos del día a día, electrodomésticos, icónos de nuestra adicción tecnológica, se cuelan en sus ciborgs y androides dejándonos mensajes mudos sobre nuestros hábitos, revoloteando en el vertedero de nuestro inconsciente. Como por ejemplo, que el pene de un androide sea un mando a distancia de televisión.

Las gafas de realidad virtual, se convierten casi en un apéndice orgánico del ser humano, moles de plástico y materiales sintéticos tapando nuestra cara como los antifaces de un caballo, para lo mismo, que no veamos lo que tenemos fuera del camino, para que solo veamos aquello que nos satisface. Y lo grotesco es que el contenido que nos satisface, siempre incluye estímulos violentos, sexuales, o estúpidos para nuestras glándulas. Un punto sátiro pero crítico que también comparte el cómic TokyoGhost del que ya hemos hablado en el blog.

Frío sexo con las máquinas, placentero y perfecto, orgasmos a la carta mientras el mismo sistema doméstico que te folla te está haciendo un huevo con bacon. Humanos modificados, ciborgs, que dejan de ser humanos, que tampoco son máquinas, que en verdad son más bien animales.
Cables, muchos cables, chips, y pequeñas piezas, tornillos y chapas. Miles de detalles en cada pieza de ingenieria industrial cromada.
Mascotas de acero y titanio.
Mutantes, espantos de pesadilla y alienígenas que pasan desapercibidos a los ojos de humanos ciegos de realidad virtual. Lo único positivo es que el prejuicio ha desaparecido entre la especie, nadie ve más allá de sus narices. Todos sacian sus necesidades cerebrales, el egoísmo os hará libres.

Es todo tan apocalíptico, tan pesimista, tan...sátiro, irónico e hiriente. Es un cachondeo malrollero que nos saca una sonrisa, si no es por el mensaje de la ilustración en sí (haciendo gala del refrán me río por no llorar), porque seguramente el otro jefe, Ibañez, también sea otra influencia de Josán (o no, me estoy tirando a la piscina desde muy alto), o yo lo creo, con sus pequeños detalles cómicos, absurdos y surrealistas en las esquinas de muchas de esas obras naturalistas del futuro, tan de Rembrandt cibernético, que de repente se desquebrajan con un diminuto donuts con patitas que nos saluda creando un nuevo foco de atención para el espectador, como aquellos bocatas de chopped con la etiqueta del precio colgando, o una pareja de ratones jugando al mus y fumando Ducados, que el papá de Mortadelo y Filemón nos colaba por sorpresa en las esquinas de algunas de sus viñetas.



La tecnología y nuestros hábitos, comida rápida, publicidad, son los protagonistas del libro que predice un futuro decadente, o cómodo, según se mire, al que parece que llevamos nuestra actual sociedad. Contrastes sociales y actitudes muy humanas.

El libro, dividido en capítulos o bloques, nos va introduciendo en su “Monasterio del Escorial” personal poco a poco, dícese, Robo City, y tras una serie de hojas dedicadas a lo citado anteriormente, comienza a nacer la gran urbe, mitad máquina, mitad humana. Y comienza el desfile de mechas, dreadnougths, robots terribles, punks y scavengers. Bocetos y esquemas, diseños, obras finalizadas con la violencia policial, y el abuso de poder impregnadas en su ciencia ficción. Robo City es represión, y sus punk antisistema son rebeldía. Akira parece convertirse de golpe en la nueva musa de Josán, y como si de una canción de Aviador Dro se tratasé, los niños mutantes montan las motos. Escaparates, neón, civiles, androides antidisturbios y pandillas punk componen la fauna de la gran ciudad. Y curiosamente, la música, y esto me encanta, sorda en las páginas, comienza a colarse en nuestros oidos como un fantasma, y encontramos los detalles en los dibujos llenos de vagabundos, desguaces, tiroteos láser y vehículos imposibles. Iron Maiden, y yo sin embargo, tarareo el breaking the law de los “Judías”, y me queda al pelo de cada nueva página.
Y así tras las ilustraciones finales, que nos preparan para la historia que está por venir, llegamos al final del tomo, donde el propio Josán hace su reconocimiento a los artistas musicales que han llenado sus horas de trabajo donde encontramos rock, metal, y dos discos, que para mi, fueron muy importantes en su momento, y además son artistas que tuve la oportunidad de ver en directo, y se trata de Non Phixion e Ill Bill, rap antisistema de blancos, violencia gratuita, drogadicción, gore y conspiranoia judeomasónica. Un cocktail bastante ideal para el trabajo aparte de clasicos como Metallica también citados en sus agradecimientos. Y otros que no conocía, que he puesto a diggear en la red, y que convierten la experiencia de disfrutar éste tomo en algo interactivo y multimedia.

VOLUMEN 2


Ya presentado su estilo, siendo el volumen 1 toda una declaración de intenciones, o una tarjeta de visita adictiva, el volumen 2 es una novela gráfica, muda, con un hilo argumental que se sucede página tras página, en el ya alcanzado y consagrado estilo “Neo Moebius” (o Moebius wannabe como reza la lápida de una de sus ilustraciones fetiche del volumen 1, en el cementerio de artistas de Hellwood) que se va a convertir en su seña de identidad.

Robo City 16, unos antisistema en el ministerio de información, hackers, cowboys, anarquistas o insurgentes, llamémoslos X porque no hay bocadillos, no hay texto, no hay píes de página, solo los dibujos, consecuentes en un desarrollo de secuencias, y nuestra imaginación. Y eso es fabuloso, porque la misma historia, tendrá distintas consecuencias en distintos lectores. No hay nombres, bautizamos a los protagonístas como nos da la gana. Solo hay dibujos en los que perderse durante minutos en cada página, y una historia de lucha contra el poder. Una ciber gesta de david contra Goliath.



Josán vuelve a introducirnos, unicamente, con un texto de presentación sobrecogedor. Un texto en el que nos queda claro que hay que cambiar las cosas, que aunque todo sea una mierda, hay que intentar cambiar las jodidas cosas. Un alegato de inconformismo del hombre crítico con miras y sueños contra el hombre conformista, dócil y sumiso que es feliz con lo que tiene, sin importarle qué tienen los demás, o por qué lo tiene. Una vez más, como en el volumen 1, la humanidad deshumanizándose. Pero aún hay fe, hay tiempo para cambiarlo. Y de eso va la historia de nuestra protagonista cibernética en éste maravilloso volumen 2, de cambiar las cosas.



Robo City es esa mega urbe industrial, angustiosa y opresora que los choomers imaginamos cuando nos dicen cyberpunk.
Tecnología y tradición se dan la mano en calles que un robot Roomba no ha barrido en meses, cables y farolillos de papel chinos, civiles idiotizados con sus perennes gafas de VR tapando sus caras, y nuestra protagonista, a cara descubierta, testigo de todo, una heroína en contra del sistema, una punk terrorista con 2 prótesis cibernéticas extra en los hombros que la dotan de un nuevo par de brazos.
El estilo de cada ilustración se reafirma en la etapa final del volumen 1 con el horror vacui, los detalles cómicos surrealistas, la comida rápida y la morriña de Neo Tokyo en cada una. Siendo así cada una, un festival de percepciones.
Las máquinas han logrado controlar a los humanos, normal, era de esperar. Nuestra dependencia a las redes y la tecnología se lo ha puesto en bandeja, y los robots controlan todo nuestro techno consumo. Nos han prevenido y reprogramado, el nuevo gobierno robótico presidido por el tirano Robo K3n3-DY IV nos da lo que demandamos, y lo demás nos da igual. Pero hay individuos que han resistido al opio de la tecnología, y esos representan el problema para el status quo. El gobierno de Robo City ha de mantener el orden a cualquier precio, empleando la fuerza legitima proporcionalmente necesaria (ésto me ha marcado tras leer el programa electoral de cierto partido emergente actual con perlas exactamente extrapoladas como ésta, porque parece que Josán lleva razón, y El futuro es ahora, la sátira sigue vigente).
Una vez más la ciencia ficción enmascara nuestros defectos actuales. Vamos a encontrarnos un montón de críticas negras y bizarras a nuestras actuales precariedades laborales, democráticas, a nuestros hábitos sociales virtuales, a la falta de libertad, y a un montón de cosas más, que disfrazadas de robots, mechas y punkys futuristas, nos pasan desapercibidas, pero que están ahí.
La rebelión comenzará en Robo City y nuestra ciber Juana de Arco no lo va a tener fácil. Va a tener que huir de Robo City y recorrer el mundo en busca de un equipo que la ayude, porque en el mundo del futuro, Robo City no es el único lugar donde impera la injusticia, y donde hay que devolverle el poder a la gente. El mundo es un ghetto. Diferentes naciones, mismo perro con diferente collar. Y en ese periplo de reclutamiento despediremos el segundo tomo, con unas páginas bonus que dajan claro el mensaje de la novela muda:

Divididos perderemos”

Sección en la que nos deleita con una serie de láminas en colaboración con otros artistas como Chuma Hill, Laurie Greasley, Adrian dadich, Luke Parker, Enric Sant, y otros tantos en un alarde de imaginación distópica arrollador, insuperable, y como semilla a germinar de toda una generación de artistas gráficos inspirados por motivos similares, unidos como nuestra protagonista ciborg y sus nuevos aliados, reclutándose unos a otros por todo el mundo, en contra de las mismas injusticias, la opresión y la mentira. Hay una simbiosis que me pone los pelos de punta entre la historia y la realidad artística que la envuelve.

Una vez mas, cerramos las tapas con créditos y agradecimientos musicales y artísticos, de los que en éste caso, me quito el sombrero con el clásico media noche en Tierra Media de Blind guardian, y con el malagueño Elphomega que ya estaba en mi top, y que mejor para ilustrar Robo City, eso sí que yo hubiese reproducido su álbum Hommogedon en vez de Nebuloso, Josán, y si caes por aquí de rebote y me lees, te recomiendo a Erik Urano, Helloween, Robert Parker y Aviador Dro para la próxima sesión de arte que te traigas entre manos de vuelta a Robo City.



Sin tu permiso, pero con mero carácter divulgativo y mi más sincero homenaje, he añadido algunas de tus imágenes públicas de tu cuenta de instagram, que recomiendo a todo el mundo visitar, @deathburger y de citadel9.com y muy profusamente, invito a todo el mundo a participar en el mecenazgo del volumen 3, que continuará la historia del 2, y nos permitirá saber qué ocurre con nuestra heroína sin nombre y su grupo de antihéroes chippeados.

Hasta la próxima, y recordad, el futuro es ahora. Nosotros somos el futuro. El mensaje de la obra es demoledor.

viernes, 14 de diciembre de 2018

EL HACKER Y LAS HORMIGAS 2.0


PRE CYBERPUNK


Ya hemos dedicado unas líneas a uno de los padres fundadores del movimiento cyberpunk, Rudy Rucker, y hoy voy a zambullirme en una de sus escasas obras publicadas en castellano, toda una lástima no gozar del resto de sus obras pertenecientes al género.

La obra en cuestión es El hacker y las hormigas 2.0, de la que hablaré, como siempre, sin spoilers, pero en la obligación de hacer una sinopsis para su reseña y destacar sus principales virtudes y defectos.
El título es un pequeño thriller corporativo en un futuro cercano pero no especialmente lejano ni distópico, un precyberpunk intencionado en más de un sentido, en una sociedad muy fácil de reconocer por lo parecida que es a la actual, pero con pequeños matices futuristas, principalmente ficcionados en los aspectos relacionados a la programación, la tecnología doméstica, la inteligencia artificial y la realidad virtual. Un escenario que podría estar perfectamente a la vuelta de la esquina en una o dos décadas.



En ése futuro inmediato, previo a las decadentes ambientaciones cyberpunk de rascacielos con hologramas publicitarios y vehículos aéreos, nos situamos en Los Perros, algún imaginario punto aburguesado de la bahía californiana, a caballo entre San francisco, Barkley y Silicon Valley, donde conoceremos a Jerzy Rugby.
Nuestro protagonista es un paria, como tú, como yo, no es ningún antihéroe agresivo y radical, ni un buscavidas egoísta y amoral, no. Es un hombre de carne y hueso, con problemas, los mismos problemas que podemos tener tú y yo, problemas laborales, sentimentales o económicos. El pobre Jerzy está atrapado en una galopante crísis de los 40, reinventándose, reseteando su vida, sumido en un divorcio en trámites que le ha separado de sus hijos y le genera problemas económicos. Ha vuelto a vivir como un soltero, al más puro estilo estudiante, mediocre, con la nevera a medias en una vivienda de alquiler que le cuesta pagar, evitando abrirle la puerta a su agente inmobiliaria cada vez que suena el timbre. En su pequeño pisito picadero, mata las horas en su pasión y forma de vida, la programación, porque Jerzy es un chupadatos de manual, un programador y desarrollador brillante e imaginativo que entre todas sus penurias puede dar gracias de conservar un buen puesto de trabajo en Go Motion, una importante compañía tecnológica, que pretende romper el mercado gracias a androides domésticos, proyecto del que está al frente, y en una continua BETA, ya que su único compañero de piso, es precisamente un prototipo del androide de servicio en pruebas, su modelo Veep, Studly, que no pude evitar imaginar hoja tras hoja a algo parecido a Johnny V de Cortocircuito. Un donaire metálico, un objeto animado tratado como una mascota o un ser vivo ciertamente inteligente.
Así que no hablamos de un alcohólico ni un drogadicto, ni de un empleado de ninguna mafia local, ni nada parecido no, Jerzy es un buen tipo, tiene buenas intenciones, sólo quiere seguir con su vida adelante y tratar de ser feliz, prosperar, consiguiendo recompensas laborales y reconocimiento, algo de sexo informal de recién soltero, y una cerveza y unas caladas de un canuto al terminar la jornada laboral, para seguir sintiéndose joven ahora que le han liberado de sus anteriores responsabilidades paternales y conyugales. Con sus camisas estampadas, sus calcetines de colores en sandalias, toda la jornada laboral y parte de su tiempolibre en casa programando softwares en entornos virtuales para inteligencias artificiales comerciales.
Es que cae bien, es muy majo, y es complicado no sentirte identificado con él en la vorágine que en realidad es la vida cotidiana de todos nosotros, aplastados por empleos y obligaciones, alienados, desarrollando labores indignas o fútiles para las firmas que nos pagan a fin de mes, con el único objetivo de pagar nuestras facturas y llenar nuestras neveras.
Y ahí encontramos una de las motivaciones del señor Rugby, evitar esa alienante sensación de número, de cifra para una gran compañía como en su caso es Go Motion. Jerzy ama programar, es su pasión, su vida, y tiene suerte de poder ganarse el jornal con ello, pero está enfocado en llevar a un siguiente nivel sus ambiciones e ilusiones como programador, concibe su labor como una necesidad altruista para la humanidad, a fin de cuentas, está involucrado en un importante proyecto de patentar robots, vida artificial inteligente, para todos los hogares del mundo civilizado, pero eso sólo es un primer paso de lo que él llama “la gran obra”, una utópica idea comunitaria entre programadores, en la que aportando cada uno su pequeño grano de arena, serán responsables del futuro.
Es una noble manera de evitar sentirnos “como una mierda pinchá en un palo”, pensar a lo grande, casi mesiánicamente, sin darse demasiadas ínfulas ni dejar de pisar en firme. Una auto palmadita en la espalda, autovalorarnos. Pero ¿qué tiene de malo? Es bonito ser médico y salvar vidas, ser bombero y rescatar personas, ser policía y perseguir a los malos, ser profesor y dejar un pequeño poso de ti mismo en futuros presidentes... Pues Jerzy considera que su labor remunerada, aparte de enriquecer a unos cuantos CEO's de una gran compañía de nuevas tecnologías, es parte del futuro que se esta construyendo. Me gusta su actitud, es un tipo optimista del que tomar nota.
En ese aspecto me recuerda a Jasper, el protagonista de Apocalipsis Suave de McIntosh, un tipo de a píe, real, no el más listo de la clase, sobreviviendo en un futuro muy, muy cercano, pero bastante jodido. Son dos obras con ciertos paralelismos, ya hablaremos de ésta otra en un futuro, pero toma nota si te interesa.

La obra, teniendo en cuenta que RudyRucker es programador y profesor de informática de vocación, debe de ser toda una delicia para los que os dedicáis a ello profesionalmente, o como hobby. Mis conocimientos informáticos no van mucho más allá de un título auxiliar de redes y sistemas, los conocimientos adquiridos como usuario (no demasiado fan pese a todo de las máquinas) y algo de obsoleta programación web. Así que cuando Jerzy y otros programadores comienzan a hablar de C++, súper C, y otro montón de trabalenguas tecnológicos, a mi me suena a sánscrito y me pierdo un poco entre renglones, deseando terminar el capítulo para proseguir con la chabacana existencia de Jerzy, pero se nota que RudyRucker lo está disfrutando en esas líneas repletas de tecnicismos reales e imaginarios.

ESPIONAJE Y PARANOIA


Metidos en el ajo, Jerzy, se verá envuelto, sin comerlo ni beberlo, en una trama de intereses corporativos, competencias desleales y espionaje industrial, que convertirá su anodina y común vida de perdedor con estudios, en una constante paranoia. Todo comenzará por culpa de las hormigas, un nuevo software desarrollado por su jefe en Go Motion, programas con código de IA, que en la red virtual, se muestran como hormigas, pequeños insectos simpáticos e inofensivos, que sin previo aviso, sembrarán el caos en la red y tendrán al culpa de todas las desgracias de Jerzy, que pasará de freak anónimo, a prófugo y proscrito, y hasta ahí voy a leer.



Una de las características en común con el género que lanzó a la fama a Rucker, el cyberpunk, es la importancia de los entornos virtuales en la novela, aportando la dosis ficticia al hiper realismo de programador senior que inunda el libro de vez en cuando. Una de las mejores realidades virtuales imaginadas, en la línea colectiva vista por ejemplo en Snowcrash, El cortador de césped o incluso ReadyPlayer One. Un ciberespacio con interfaces de navegación similares a los actuales, pero adaptados a la navegación virtual, con detalles muy realistas de esos de los que la ciencia ficción vaticina involuntariamente y el día menos pensado se convierten en realidad, muy creíbles. Jerzy pasará parte de la novela navegando y hackeando la red virtual, conociendo misteriosos hackers anónimos, identidades desconocidas tras sus “esmoquines” (termino elegido por Rucker para los avatares virtuales), humo y espejos, una fantasía binaria en la que no te puedes fiar de nadie, porque no sabes quién es nadie en realidad si no consigues hackear su línea de usuario.
Es una buena visión futurista del fenómeno catfish, que ya sufrimos hoy día en nuestra humilde red, pero planteado en un entorno virtual. La suplantación de identidad, los falsos perfiles, desconfianza y paranoia, un obeso mórbido de Dakota tras el nickname de Susanita69 en un chat lésbico de Estrasburgo, la oscura y desconocida deep web y sus peligros en un mundo digital sensitivo, phising y spam. Todo eso se hace palpable en la red virtual gracias a los periféricos de realidad virtual en El hacker y las hormigas. Todo cobra forma y color en una simulación global, con ese aire de videojuego, a lo Sims,

Y es que las personas que forman el entorno social de Jerzy, tanto en su círculo virtual como en el real, todas tienen más de una cara. Nadie es lo que parece. Jerzy se convierte en un títere, un punching ball de altos intereses en la sombra, una cabeza de turco, y tras perder a su esposa y sus hijos, sólo le quedan dos cosas, su robot y su dignidad, y decidirá luchar por ello, por “la gran obra”, separando la paja del grano y desenmascarando a sus acusadores.

Esa “gran obra” se convertirá ademas en la excusa perfecta para Rucker, con la que esto y un bizcocho, une en el mismo universo literario El hacker y las hormigas con su obra Software, principio de la tetralogía del Ware, convirtiendo la historia en una improvisada precuela de la saga, némesis absoluta y caricatura gamberra de la robótica Asimoviana.
Tanto los robots en los que Jerzy trabaja, como las propias hormigas, están dotadas de esa sombría humanidad artificial, que se va de las manos de sus creadores, como en las películas de los 80 en las que el coche te intentaba ahorcar con el cinturón de seguridad, o el ordenador de tu casa tenía celos del ligue que llevabas a casa y usaba la domótica doméstica para cargársele. Como una rebelión de los electrodomésticos, dominados por Skynet o el efecto 2000. Son un adelanto de lo que Software nos depara. Añade un puntito de terror global, de desconfianza a la tecnología doméstica, despierta la sospecha de si mi tostadora tendrá una mini cámara y un micrófono incorporados para espiar mis gustos en mermelada y enviar datos de espionaje comercial a los fabricantes.

Como thriller corporativo de ciencia ficción, para mi, de momento, es la mejor obra del círculo de los cyberpunkers originales, muy por encima del Islas en la red de Bruce Sterling, a quien por cierto tengo ganas de incarle el diente muy pronto en el blog. No discerniremos el final con facilidad en ningún momento, y tendremos varios giros suaves, muy bien conducidos, nada bruscos, que redirigen la trama sorprendiéndonos y manteniéndonos pegados al hilo, con misterio, de forma fluida y entretenida pese a los tediosos renglones para programadores citados anteriormente, que quizás sean el único momento en que el libro se hace bola si no estamos familiarizados con toda esa jerga especialista entre la realidad y la ficción.
Jerzy siempre tiene alguna conducta simplona, llena de carisma, que nos hará encariñarnos de él y nos permitirá una sonrisa entre renglones, aireando esos densos momentos informáticos o realidades virtuales complicadas de imaginar a la vez que leemos. El ritmo está perfectamente equilibrado.



REALIDAD NO VIRTUAL


Pese al complot corporativo y la trama en ritmo de thriller, es el costumbrismo que envuelve a nuestro querido Jerzy lo que realmente me cautiva del libro. A parte de su divertidísima crisis de los 40, su inmadurez emocional y sus subidones de “mojo” en los que se cree Casanova, le cuesta mantenerse tan optimista, como a cualquiera, Jerzy no es de piedra y tiene sus bajones. Bajones en muchos momentos fomentados por la opresiva y artificial sociedad de su entorno burgués.
Los Perros es un reflejo de la superficialidad chic de la clase media aspirando a diario en convertirse en clase alta, en machos alpha, una sociedad en la que una imagen vale más que mil palabras y el fin justifica el medio. Una sociedad que poco a poco se deshumaniza, sin llegar a los extremos cyberpunk en los que la vida no vale más de un puñado de criptomonedas, pero en evolución a ello en un mundo capitalista repleto de pececillos aspirantes a tiburones, pirañas emocionales, vampiros de talento ajeno y amores que duran lo mismo que el crédito de la cuenta bancaria de tu pareja.
Una sociedad que nos aisla, en la que es fácil sentirse sólo y abandonado. Una sociedad en la que si no te sientes fuerte, y te amilanas ante el resto y sus fascinantes vidas de atrezzo cubiertas de purpurina, te come la depresión mientras te miras al espejo, y tú te ves más calvo, más viejo, más gordo, pero de la vista estás de puta madre. Y el médico de cabecera no va a preocuparse de ¿por qué? Pero va a firmarte una receta de deliciosos medicamentos.
Una sociedad canibal, salvaje, en la que sólo el fuerte logra el éxito, pero ¿qué es el éxito? ¿Quién marca el gálibo de la prosperidad? ¿Qué campaña de marquetin nos ha convencido de en qué debemos convertirnos? ¿A qué falso ídolo adoramos o a que súper estrella queremos parecernos? Es una reflexión peligrosa que una vez decidimos abordar, nos deja desorientados en un laberinto de debates psicológicos y sociales de candente actualidad.
El hacker y las hormigas es una novela de ficción, con muchísima realidad, que casi me atrapa más que sus entornos virtuales, y sus teorías darwinistas aplicadas a la inteligencia artificial.

Una lectura fácil y fresca que os recomiendo a todos los fans de la ciencia ficción suave y los futurismos creíbles.

P.D: El 2.0. del título, en la edición en castellano, no es que se trate de una segunda entrega del título original anglosajón, si no que incluye una revisión de Rucker sobre el texto, para la corrección de tecnicísmos anticuados, y algún pequeño "easter egg" añadido que empaqueta la obra dentro del universo Ware.