Mostrando entradas con la etiqueta RUCKER. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RUCKER. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de diciembre de 2018

EL HACKER Y LAS HORMIGAS 2.0


PRE CYBERPUNK


Ya hemos dedicado unas líneas a uno de los padres fundadores del movimiento cyberpunk, Rudy Rucker, y hoy voy a zambullirme en una de sus escasas obras publicadas en castellano, toda una lástima no gozar del resto de sus obras pertenecientes al género.

La obra en cuestión es El hacker y las hormigas 2.0, de la que hablaré, como siempre, sin spoilers, pero en la obligación de hacer una sinopsis para su reseña y destacar sus principales virtudes y defectos.
El título es un pequeño thriller corporativo en un futuro cercano pero no especialmente lejano ni distópico, un precyberpunk intencionado en más de un sentido, en una sociedad muy fácil de reconocer por lo parecida que es a la actual, pero con pequeños matices futuristas, principalmente ficcionados en los aspectos relacionados a la programación, la tecnología doméstica, la inteligencia artificial y la realidad virtual. Un escenario que podría estar perfectamente a la vuelta de la esquina en una o dos décadas.



En ése futuro inmediato, previo a las decadentes ambientaciones cyberpunk de rascacielos con hologramas publicitarios y vehículos aéreos, nos situamos en Los Perros, algún imaginario punto aburguesado de la bahía californiana, a caballo entre San francisco, Barkley y Silicon Valley, donde conoceremos a Jerzy Rugby.
Nuestro protagonista es un paria, como tú, como yo, no es ningún antihéroe agresivo y radical, ni un buscavidas egoísta y amoral, no. Es un hombre de carne y hueso, con problemas, los mismos problemas que podemos tener tú y yo, problemas laborales, sentimentales o económicos. El pobre Jerzy está atrapado en una galopante crísis de los 40, reinventándose, reseteando su vida, sumido en un divorcio en trámites que le ha separado de sus hijos y le genera problemas económicos. Ha vuelto a vivir como un soltero, al más puro estilo estudiante, mediocre, con la nevera a medias en una vivienda de alquiler que le cuesta pagar, evitando abrirle la puerta a su agente inmobiliaria cada vez que suena el timbre. En su pequeño pisito picadero, mata las horas en su pasión y forma de vida, la programación, porque Jerzy es un chupadatos de manual, un programador y desarrollador brillante e imaginativo que entre todas sus penurias puede dar gracias de conservar un buen puesto de trabajo en Go Motion, una importante compañía tecnológica, que pretende romper el mercado gracias a androides domésticos, proyecto del que está al frente, y en una continua BETA, ya que su único compañero de piso, es precisamente un prototipo del androide de servicio en pruebas, su modelo Veep, Studly, que no pude evitar imaginar hoja tras hoja a algo parecido a Johnny V de Cortocircuito. Un donaire metálico, un objeto animado tratado como una mascota o un ser vivo ciertamente inteligente.
Así que no hablamos de un alcohólico ni un drogadicto, ni de un empleado de ninguna mafia local, ni nada parecido no, Jerzy es un buen tipo, tiene buenas intenciones, sólo quiere seguir con su vida adelante y tratar de ser feliz, prosperar, consiguiendo recompensas laborales y reconocimiento, algo de sexo informal de recién soltero, y una cerveza y unas caladas de un canuto al terminar la jornada laboral, para seguir sintiéndose joven ahora que le han liberado de sus anteriores responsabilidades paternales y conyugales. Con sus camisas estampadas, sus calcetines de colores en sandalias, toda la jornada laboral y parte de su tiempolibre en casa programando softwares en entornos virtuales para inteligencias artificiales comerciales.
Es que cae bien, es muy majo, y es complicado no sentirte identificado con él en la vorágine que en realidad es la vida cotidiana de todos nosotros, aplastados por empleos y obligaciones, alienados, desarrollando labores indignas o fútiles para las firmas que nos pagan a fin de mes, con el único objetivo de pagar nuestras facturas y llenar nuestras neveras.
Y ahí encontramos una de las motivaciones del señor Rugby, evitar esa alienante sensación de número, de cifra para una gran compañía como en su caso es Go Motion. Jerzy ama programar, es su pasión, su vida, y tiene suerte de poder ganarse el jornal con ello, pero está enfocado en llevar a un siguiente nivel sus ambiciones e ilusiones como programador, concibe su labor como una necesidad altruista para la humanidad, a fin de cuentas, está involucrado en un importante proyecto de patentar robots, vida artificial inteligente, para todos los hogares del mundo civilizado, pero eso sólo es un primer paso de lo que él llama “la gran obra”, una utópica idea comunitaria entre programadores, en la que aportando cada uno su pequeño grano de arena, serán responsables del futuro.
Es una noble manera de evitar sentirnos “como una mierda pinchá en un palo”, pensar a lo grande, casi mesiánicamente, sin darse demasiadas ínfulas ni dejar de pisar en firme. Una auto palmadita en la espalda, autovalorarnos. Pero ¿qué tiene de malo? Es bonito ser médico y salvar vidas, ser bombero y rescatar personas, ser policía y perseguir a los malos, ser profesor y dejar un pequeño poso de ti mismo en futuros presidentes... Pues Jerzy considera que su labor remunerada, aparte de enriquecer a unos cuantos CEO's de una gran compañía de nuevas tecnologías, es parte del futuro que se esta construyendo. Me gusta su actitud, es un tipo optimista del que tomar nota.
En ese aspecto me recuerda a Jasper, el protagonista de Apocalipsis Suave de McIntosh, un tipo de a píe, real, no el más listo de la clase, sobreviviendo en un futuro muy, muy cercano, pero bastante jodido. Son dos obras con ciertos paralelismos, ya hablaremos de ésta otra en un futuro, pero toma nota si te interesa.

La obra, teniendo en cuenta que RudyRucker es programador y profesor de informática de vocación, debe de ser toda una delicia para los que os dedicáis a ello profesionalmente, o como hobby. Mis conocimientos informáticos no van mucho más allá de un título auxiliar de redes y sistemas, los conocimientos adquiridos como usuario (no demasiado fan pese a todo de las máquinas) y algo de obsoleta programación web. Así que cuando Jerzy y otros programadores comienzan a hablar de C++, súper C, y otro montón de trabalenguas tecnológicos, a mi me suena a sánscrito y me pierdo un poco entre renglones, deseando terminar el capítulo para proseguir con la chabacana existencia de Jerzy, pero se nota que RudyRucker lo está disfrutando en esas líneas repletas de tecnicismos reales e imaginarios.

ESPIONAJE Y PARANOIA


Metidos en el ajo, Jerzy, se verá envuelto, sin comerlo ni beberlo, en una trama de intereses corporativos, competencias desleales y espionaje industrial, que convertirá su anodina y común vida de perdedor con estudios, en una constante paranoia. Todo comenzará por culpa de las hormigas, un nuevo software desarrollado por su jefe en Go Motion, programas con código de IA, que en la red virtual, se muestran como hormigas, pequeños insectos simpáticos e inofensivos, que sin previo aviso, sembrarán el caos en la red y tendrán al culpa de todas las desgracias de Jerzy, que pasará de freak anónimo, a prófugo y proscrito, y hasta ahí voy a leer.



Una de las características en común con el género que lanzó a la fama a Rucker, el cyberpunk, es la importancia de los entornos virtuales en la novela, aportando la dosis ficticia al hiper realismo de programador senior que inunda el libro de vez en cuando. Una de las mejores realidades virtuales imaginadas, en la línea colectiva vista por ejemplo en Snowcrash, El cortador de césped o incluso ReadyPlayer One. Un ciberespacio con interfaces de navegación similares a los actuales, pero adaptados a la navegación virtual, con detalles muy realistas de esos de los que la ciencia ficción vaticina involuntariamente y el día menos pensado se convierten en realidad, muy creíbles. Jerzy pasará parte de la novela navegando y hackeando la red virtual, conociendo misteriosos hackers anónimos, identidades desconocidas tras sus “esmoquines” (termino elegido por Rucker para los avatares virtuales), humo y espejos, una fantasía binaria en la que no te puedes fiar de nadie, porque no sabes quién es nadie en realidad si no consigues hackear su línea de usuario.
Es una buena visión futurista del fenómeno catfish, que ya sufrimos hoy día en nuestra humilde red, pero planteado en un entorno virtual. La suplantación de identidad, los falsos perfiles, desconfianza y paranoia, un obeso mórbido de Dakota tras el nickname de Susanita69 en un chat lésbico de Estrasburgo, la oscura y desconocida deep web y sus peligros en un mundo digital sensitivo, phising y spam. Todo eso se hace palpable en la red virtual gracias a los periféricos de realidad virtual en El hacker y las hormigas. Todo cobra forma y color en una simulación global, con ese aire de videojuego, a lo Sims,

Y es que las personas que forman el entorno social de Jerzy, tanto en su círculo virtual como en el real, todas tienen más de una cara. Nadie es lo que parece. Jerzy se convierte en un títere, un punching ball de altos intereses en la sombra, una cabeza de turco, y tras perder a su esposa y sus hijos, sólo le quedan dos cosas, su robot y su dignidad, y decidirá luchar por ello, por “la gran obra”, separando la paja del grano y desenmascarando a sus acusadores.

Esa “gran obra” se convertirá ademas en la excusa perfecta para Rucker, con la que esto y un bizcocho, une en el mismo universo literario El hacker y las hormigas con su obra Software, principio de la tetralogía del Ware, convirtiendo la historia en una improvisada precuela de la saga, némesis absoluta y caricatura gamberra de la robótica Asimoviana.
Tanto los robots en los que Jerzy trabaja, como las propias hormigas, están dotadas de esa sombría humanidad artificial, que se va de las manos de sus creadores, como en las películas de los 80 en las que el coche te intentaba ahorcar con el cinturón de seguridad, o el ordenador de tu casa tenía celos del ligue que llevabas a casa y usaba la domótica doméstica para cargársele. Como una rebelión de los electrodomésticos, dominados por Skynet o el efecto 2000. Son un adelanto de lo que Software nos depara. Añade un puntito de terror global, de desconfianza a la tecnología doméstica, despierta la sospecha de si mi tostadora tendrá una mini cámara y un micrófono incorporados para espiar mis gustos en mermelada y enviar datos de espionaje comercial a los fabricantes.

Como thriller corporativo de ciencia ficción, para mi, de momento, es la mejor obra del círculo de los cyberpunkers originales, muy por encima del Islas en la red de Bruce Sterling, a quien por cierto tengo ganas de incarle el diente muy pronto en el blog. No discerniremos el final con facilidad en ningún momento, y tendremos varios giros suaves, muy bien conducidos, nada bruscos, que redirigen la trama sorprendiéndonos y manteniéndonos pegados al hilo, con misterio, de forma fluida y entretenida pese a los tediosos renglones para programadores citados anteriormente, que quizás sean el único momento en que el libro se hace bola si no estamos familiarizados con toda esa jerga especialista entre la realidad y la ficción.
Jerzy siempre tiene alguna conducta simplona, llena de carisma, que nos hará encariñarnos de él y nos permitirá una sonrisa entre renglones, aireando esos densos momentos informáticos o realidades virtuales complicadas de imaginar a la vez que leemos. El ritmo está perfectamente equilibrado.



REALIDAD NO VIRTUAL


Pese al complot corporativo y la trama en ritmo de thriller, es el costumbrismo que envuelve a nuestro querido Jerzy lo que realmente me cautiva del libro. A parte de su divertidísima crisis de los 40, su inmadurez emocional y sus subidones de “mojo” en los que se cree Casanova, le cuesta mantenerse tan optimista, como a cualquiera, Jerzy no es de piedra y tiene sus bajones. Bajones en muchos momentos fomentados por la opresiva y artificial sociedad de su entorno burgués.
Los Perros es un reflejo de la superficialidad chic de la clase media aspirando a diario en convertirse en clase alta, en machos alpha, una sociedad en la que una imagen vale más que mil palabras y el fin justifica el medio. Una sociedad que poco a poco se deshumaniza, sin llegar a los extremos cyberpunk en los que la vida no vale más de un puñado de criptomonedas, pero en evolución a ello en un mundo capitalista repleto de pececillos aspirantes a tiburones, pirañas emocionales, vampiros de talento ajeno y amores que duran lo mismo que el crédito de la cuenta bancaria de tu pareja.
Una sociedad que nos aisla, en la que es fácil sentirse sólo y abandonado. Una sociedad en la que si no te sientes fuerte, y te amilanas ante el resto y sus fascinantes vidas de atrezzo cubiertas de purpurina, te come la depresión mientras te miras al espejo, y tú te ves más calvo, más viejo, más gordo, pero de la vista estás de puta madre. Y el médico de cabecera no va a preocuparse de ¿por qué? Pero va a firmarte una receta de deliciosos medicamentos.
Una sociedad canibal, salvaje, en la que sólo el fuerte logra el éxito, pero ¿qué es el éxito? ¿Quién marca el gálibo de la prosperidad? ¿Qué campaña de marquetin nos ha convencido de en qué debemos convertirnos? ¿A qué falso ídolo adoramos o a que súper estrella queremos parecernos? Es una reflexión peligrosa que una vez decidimos abordar, nos deja desorientados en un laberinto de debates psicológicos y sociales de candente actualidad.
El hacker y las hormigas es una novela de ficción, con muchísima realidad, que casi me atrapa más que sus entornos virtuales, y sus teorías darwinistas aplicadas a la inteligencia artificial.

Una lectura fácil y fresca que os recomiendo a todos los fans de la ciencia ficción suave y los futurismos creíbles.

P.D: El 2.0. del título, en la edición en castellano, no es que se trate de una segunda entrega del título original anglosajón, si no que incluye una revisión de Rucker sobre el texto, para la corrección de tecnicísmos anticuados, y algún pequeño "easter egg" añadido que empaqueta la obra dentro del universo Ware.

martes, 9 de octubre de 2018

RUDY RUCKER Y SOFTWARE

RUDY RUCKER


Rudy Rucker es un nombre mucho más fácil de recordar y pronunciar que el que figura en su documentación, Rudolf Von Bitter Rucker (Gracias Rudy), natural de Kentucky en el 1946.
No es un autor del que se pueda recabar una vibrante y turbulenta biografía, como el caso de Effinger o K. Dick, pero sí podríamos decir de él que es un ciudadano ejemplar en tal caso. No todo son drogas, chips y techno en la low life de la generación hi tech. 
Fue un estudiante brillante, que llegó a matemático, ejerció como profesor. Publicó varios ensayos científicos que llegaron lejos en ciertos ámbitos de la comunidad y le deberían haber grajeado un merecido éxito profesional, pero estaba claro que no todo podía ser tan perfecto, Rudy era un matemático díscolo, un tipo de ciencia alternativo, un “yeyé” o lo que seguramente los catedráticos más distinguidos y apolillados de su gremio catalogarían como “hippie” sólo por ciertas de sus actitudes, su melena, y su interés por la filosofía y las letras. Esto, claramente, lastró su popularidad en el circuito matemático según su entorno, y es que es una pena que sin comer culos un tipo con talento tenga más difícil asomar la cabeza que uno sin talento pero con la lengua bien entrenada.
Sin embargo, la historia tiene una buena moraleja, y es que nada frena al hombre perseverante y con aptitud. Rucker fue un docente excepcional en diferentes escuelas y universidades, nunca frenó su sed de saber, ni su hambre de escribir, y nos ha dejado un montón de buenos títulos científicos y divulgativos, y otros de CIFI, convirtiéndose en uno de los padres del movimiento literario Cyberpunk.
En 2004 Rucker abandona la cátedra con el título profesor Emérito como profesor de Sistemas Informáticos y programación. Aún gozamos de su compañía en el planeta Tierra.

Desde luego, es una personalidad muy diferente a por ejemplo, el adalid del Cyberpunk, William Gibson, quien no tenía ni la más remota idea de sistemas ni computadoras cuando escribió Neuromante. Rudy sabía lo que se hacía cuando se ponía a imaginar sus historias, o al menos, tenía una base científica en la que impulsarse para dar el triple salto mortal con tirabuzón. Su estilo literario, de hecho, se ganó el apelativo de Transrealismo dentro de la escuela Cyberpunk, porque la diferencia de sus formas era evidente en contra de la del resto de su círculo creativo. Bajo su propio Manifesto Transreal, abogaba por la inspiración de la vida personal y plasmar mediante la fantasía, percepciones instantáneas de lo cotidiano. Un poco rococó para una mente primitiva como la mía, pero la diferencia en el texto respecto al resto de autores Cyberpunk es escandalosa, de eso no cabe duda.



Entre el 1982 y el año 2000, Rucker ha llevado a cabo su principal obra de ficción, la tetralogía del Ware, compuesta por las obras Software, Wetware, Freeware y Realware, de las cuales en formato físico, impreso, y en español, sólo ha llegado Software, y mira que ha habido tiempo de por medio para tenernos contentos a los lectores de CIFI. Y si resulta que me equivoco, pese a mis arduas y tediosas búsquedas por internet para poder comprarlos todos, y resulta que sí fueron traducidos y comercializados, corregidme y por favor ponedme en el rastro de esos tomos.
Sin embargo, sí disponemos de otras obras suyas posteriores como por ejemplo El hacker y las hormigas, que reposa en mi mueble del salón a la espera de ser devorado más temprano que tarde.

CIENCIA FICCION EN CASTELLANO


Software es, insisto en “si no me equivoco”, el único título de la tetralogía Ware de Rudy Rucker, impreso en castellano, y data de principios de los 80. Como lector de ciencia ficción, con irónica preferencia por el anticuado formato físico (me estoy cargando el Amazonas), me mosquea que haya sagas como ésta, que pese a haberse convertido en clásico en su lengua materna, carezca de una correcta representación castellana, incluso cuando la mitad de la saga ha sido galardonada con un premio Philip K. Dick, que es un galardón que augura una buena acogida del título y avala la calidad del relato. Es decir, no creo que sea tirarse a una piscina sin agua para la editorial que lo adopte, o tal vez sí, no lo se, estoy fuera mirando para adentro, sólo soy un consumidor, pero por suerte o por desgracia, tengo unos humildes conocimientos de marketing y experiencia en el abominable mecanismo dentado de la distribución y edición de otros soportes culturales, no iguales, pero parecidos, en el mercado español. 
Insisto, en lo que a literatura me respecta, soy un ignorante del método, y hablo como consumidor, con derecho de venirme arriba cuando me de la gana aún a riesgo de reconocer no tener ni idea de lo que hablo, pero que nadie me quite mi derecho de enfatizar mis lastimeros quejidos de lector.
El caso es que me da la sensación, de que las tendencias actuales de cada década, moda, o movimiento social – intelectual, cuando arraigan, lo hacen borrando de la memoria sus antecesores y raíces, para que como consumidores, sólo pensemos en el “ahora”. ¿Es esto premeditado o buscado por los ingenieros sociales y los genios marquetinianos? ¿O es algo espontáneo y fortuito, intrínseco a nuestra forma de ser? Me resulta claro y llamativo en la música, su industria y la subcultura derivada del calco estético y la imitación de actitudes que adoptan los fans de sus ídolos. Fans que deglutan el producto final con glotonería y ansia, en muchos casos, sin pararse a pensar el orígen de ese sonido que se ha convertido en sustancia imprescindible en sus nuevas vidas, sin querer si quiera saber qué hubo antes, de dónde procede, cuales son sus bases tanto técnicas como culturales... Nada de eso importa, lo quieren rápido, lo quieren ahora, no importa el antes ni el después, están integrados en el creciente grupo mayoritario, insertados, forman parte de “algo”. ¿Es eso lo que genera una moda?
Y me enjabono con todo esto a riesgo de que me cortéis el agua, porque cuando llego a una gran superficie o un category killer de lectura, y me paro en la ciencia ficción o incluso en la fantasía, hay un extraño equilibrio entre incunables y licencias de éxito, que no soporto, lo entiendo, lo asumo, lo respeto, pero no lo soporto. ¿Que a qué me refiero? De todos los tomos a elegir, están las indispensables colecciones de Philip K. Dick, de Asimov, Dune de Herbert y familia... Luego encontramos algunos títulos de nuevos escritores de éxito y talento como podría ser el catálogo que ofrece Gigamesh, y otras editoriales que se atreven a picotear como con Tieryas, Cixin Liu o Glukhovsky entre otros... Y por último el 50% restante pertenece a licencias de universo expandido de videojuegos, juegos y películas de Hollywood, negocio puro y duro, como Star Wars, Halo, Bioshock, Mass Effect, Dishonored, o Warhammer 40.000. Y ojo, que algunas de las plumas que rubrican esos títulos de mastodónticas franquicias del entretenimiento, son premiados y reputadísimos autores de obras clásicas, pero a mi lo que me aturde es, ¿Y dónde están esas obras clásicas? ¿Por qué ninguna editorial las repone? Y repito, que desde la más humilde y reconocida ignorancia, sospecho, que las cifras me darían esa respuesta, pero el que no se moja, no coge peces, y por eso una vez más y sin que me patrocinen ni me lo agradezcan, soy yo el que se lo agradece a editoriales como Gigamesh.



Enfocando de nuevo la tetralogía Ware de Rudy, el problema es que ni siquiera se editaron en castellano las 3 obras finales de la saga, sólo la primera, por Martínez Roca en su colección Gran Superficción II, ¿no interesaba traducir el resto pese a recibir un segundo premio como garantía? Nos dejaron a medias, que digo a medias, a tres cuartos, de conocer el final. Y es una pena que ésto ocurra, porque el pasado de la ciencia ficción, es el ahora del mismo género. Rudy Rucker no abordó llamativas novedades ni asumió demasiados riesgos (a mi parecer) al comenzar la tetralogía del Ware con Software, y a continuación daré mi punto de vista de por qué, pero es un eslabón en la cadena de la CIFI, necesario (aunque reconozcamos que no imprescindible) para entender el género como tal. ¿Qué le pasó al público lector de CIFI en castellano para que las editoriales dejasen de interesarse en publicar más títulos? Ni idea, soy un gameto de los 80, tampoco puedo dar mucho más atrás en el tiempo, pero es algo que parece haberse prolongado incluso entre escritores de nuestra propia lengua madre, y ahí está lo preocupante. No veo reediciones ni nuevos ejemplares de Rodolfo Martinez, ni de Rafael Marín, aunque sea moderadamente fácil encontrar títulos de Carlos Sisí (del que su obra CIFI, en mi humilde opinión, está muy por debajo del nivel de los inicios de su obra Zombie, y “que le quiten lo bailao”) o lo más reciente de Guillem Sánchez, o el terror sideral más Stephenkingniano o Lovecraftiano de Emilio Bueso. Pero es material suministrado con cuenta gotas. ¿A caso a España no le gusta la ciencia ficción? ¿Es eso? ¿No vende? ¿Y pese a todo no le merece a una editorial poderosa hacer reediciones de pequeña tirada, darle el gancho de edición limitada y bla. bla, bla, y mantener un catálogo completo con diferentes tipos de producto para mantener la rotación de títulos? No se....no tengo ni pajolera idea y estoy dispuesto a aprender.
Ostras, eso sí, no paso de párrafo sin decir que lo único en español que no falta nunca en ningún lado es J.J.benítez y sus infumables píes de página hard cifi para premios Nobel en aeronáutica de la saga Caballo de Troya.

SOFTWARE


Bueno, al turrón, Software. La obra en sí comienza con un estilo socarrón y esperpéntico, denigrante a la vez que gracioso, pero algo casposo. Me recuerda a ese Ubik de Philip K. Dick pero más grosero e irreverente aún. Saboreo ciertos matices de la CIFI más Pulp, cincuentero, deliberadamente arcaico y anacrónico para alguien que escribía en los 80, que no hace tanto, sobre un 2020.
La historia comienza en un denigrante estado de Florida, caricaturizado en forma de distopía, superpoblado de jubilados ociosos y pasotas con ganas de drogas y música del siglo pasado. Y nos centra en dos personajes zafios e inadptados, el señor Cobb y el joven Sta-Hi, vecinos. El madurito, un borracho pensionista, ex genio de la robótica y la programación de inteligencias artificiales, culpable o como mínimo responsable, de la toma de conciencia de las máquinas (al más puro estilo Terminator); El otro, un adolescente drogadicto hijo de policía. Ambos cumplen esa característica contracultural, del género Cyberpunk, de ser parias convertidos por accidente en protagonistas de toda una odisea cibernética, a la que van sobreviviendo con más pena que gloria, sin grandes aspiraciones ni nobles cometidos, si no más bien tomando decisiones ególatras y atendiendo a su instinto de supervivencia. Pero huyen de esa estética dura, del matón chipeado, o del detective de novela negra, son más bien valleinclanescos, inadaptados cómicos, dan pena incluso, parece el comienzo de un sainete en la que ambos protagonistas cumplen el papel del donaire. No se si eso me gustó o me hizo temblar a apenas una docena de páginas, porque el libro no es muy largo tampoco, no quería una comedia de ciencia ficción, quería cyberpunk.



Pero no me dejo vencer por primeras impresiones y le doy cera a las páginas, una tras otra, y acabo lamentándome de que no pase de las 200 páginas, y de no tener el siguiente tomo de la saga en mis manos una vez lo he terminado, porque me deja con la incógnita y ya me he acostumbrado a un ritmo creciente de desarrollo y acción que ha terminado por envolverme.

Como sabéis, no hago spoilers, pero algún dato del libro debéis conocer para bien entenderme, o tener ganas de leerlo también. Podría improvisar una sinopsis, o un gancho de tapa trasera, del siguiente modo:

“Un paso por delante del cyberpunk, Software, se impone en el género de CIFI como un paso evolutivo a la robótica de Asimov en todos los sentidos. Canalla, irreverente y ácido nos propone una serie de importantes reflexiones humanas bajo esa apariencia macarra e insolente”

¿Qué tal lo hago? Bueno...al caso.... La trama gira en torno a que el señor Cobb, en su día, antes de pasarse el tiempo tirado a la bartola con resaca, fue una estrella científica (vaya, ¿un poco transrealista tal vez?) que creó la vida artificial, robots y máquinas pensantes, sistemas de I.A. Autónomas, y en el 2020 ya ha caído en el olvido de la media, convirtiéndose en un don nadie. Un Gepetto cyberpunk. Pero sus creaciones, que han evolucionado y han creado una sociedad propia en la Luna, no se han olvidado de él, como han hecho sus congéneres orgánicos, los droides tienen planes, y hasta ahí voy a leer.

El título tiene muchos matices a destacar y de los que rondar sin desvelar sorpresas.
Para empezar, esas descripciones tan grotescas y deneznables de sus personajes, que nos hacen imaginarlos como zaguanes tuercebotas, no creo que sea sólo un sarcasmo, si no que encuentro una similitud, que considero más que acertada, con la forma en la que H.P. Lovecraft describía a sus “malditos” en sus novelas, a su prole de semihumanos, siervos y cultistas de las horrendas deidades cósmicas con propósitos y fines ignominiosos. Lovecraft los describía con rasgos feos, casi animales, en ocasiones simiescos o anfibios, pueblerinos poco agraciados, y de esto mucho se ha hablado de su especial crueldad al describir con esa horripilancia a sus personajes de etnias no caucásicas, pero eso es otra polémica para otro momento. Pues Rucker no es tan exagerado ni tan cruel, pero no esconde su admiración por el genio de Providence, y a parte de sus descripciones indecorosas de sus personajes, hace diferentes alusiones a la obra del mismo y los mitos de Chtuhlu en varios capítulos de Software. Vaya matrimonio, el cyberpunk y Lovecraft, ¡F'thang!
También es notable esa influencia, en las formas inhumanas y dificilmente imaginables por el lector, que Rucker le da a sus diferentes modelos de robots en la obra. Cuerpos cilíndricos con múltiples apéndices finos como un cable, que se desplazan sobre una oruga metálica, y de su parte superior sacan varias antenas, y otras bizarradas retorcidas que mientras leía me hacía pensar en si era un robot o un Anciano de los mitos.



Rucker se mofa abiertamente, pero de una forma que en ningún caso me parece insultante, de Asimov y sus leyes de la robótica. Los robots de Software son más humanos que nosotros, egoístas, con vicios y virtudes, me recuerdan mucho a Futurama, tienen sus problemas, sus necesidades, su propia moral diferente, ya que entienden la vida de forma no orgánica, distinta, y aquí llega lo más profundo e importante de la historia, el Software que da título al libro.



Los robots son en cierto modo, inmortales, porque sus programas, disponen de backups, y si el harware es destruido, no hay problema, si conservamos un backup de la personalidad del robot, por lo que la vida para ellos, la moral, la ética, es por ende mucho más distinta de cómo la percibe un humano. En éste concepto, reluce fulgurante la faceta científica y a la vez humanista de Rucker. El Software es lo más parecido al alma, o quizás el alma no es más que un software biológico.
En Software, dándole vueltas a lo susodicho, vanos a encontrar dilemas como la convivencia de dos especies superiores, la humana y la mecánica, con sus enfrentamientos y sus puntos de inflexión. Cómo sus diferentes ecologías, necesitan la una de la otra, y encontraremos ideas que nos recordarán a The Matrix y cómo las máquinas necesitan materia humana para su supervivencia, y no desvelo nada, porque ahí lo dejo.

Antes de continuar, cabe hacer un inciso especial a cerca del capítulo 16, un entremés poético, que también refleja el humanismo del científico en la personalidad de Rudy, ya que entre sus publicaciones, pese a ser un hombre de ciencias, también hay publicaciones de poesía, y ese breve interludio o intromisión de capítulo 16, es una brevísima pero intensa poesía sin lugar a dudas. Todo un hombre renacentista Rucker. Poniendo una pizca de pasión en una obra aparentemente caótica.

Y ya mencionado el asunto de la profundidad poética, nos damos cuenta durante la lectura, de que estamos destapando cuestiones sobre la libertad del individuo, el miedo a la muerte, la religión, el significado de Dios, la evolución de las especies, todo enfocado de un modo serio y formal, que hábilmente Rucker camufla con sus personajes extremos, que se pasan colocados y con ganas de echar un polvo la mitad de la aventura, y sus situaciones políticamente incorrectas que generan a su paso por cualquier parte. Convierte lo que podría haber sido una chapa moral y un compendio de divagaciones humanísticas soporíferas, dirigidas por Sánchez Dragó, en un circo salvado por la inaceptable actitud de eruditos borrachos al estilo Fernando Arrabal. Y creo que esa, es la mayor grandeza de Software.

Solo añadiré, qué pena por no poder tener el resto de la tetralogía encuadernada en español, por que aunque al principio me cayeron mal, ahora hecho de menos a sus personajes.