Mostrando entradas con la etiqueta arcade. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta arcade. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de diciembre de 2019

DEATH RACE 2000, EL FUTURO Y LOS COCHES, INSEPARABLES

AL VOLANTE DEL FUTURO QUE NO LLEGA



Bienvenidos y perdón por la tardanza, pero es que el tráfico rodado por la multipista de 9 carriles puede llegar a resultar infernal para desplazarse uno desde el sector industrial hasta las colonias de ciudadanos con permiso corporativo de baja cualificación en las afueras.
Claro, si tuviese uno de esas aero berlinas eléctricas Tesla Urano 5000 no me comería nunca estos atascos por vía terrestre, de 3 horas de embotellamiento. Al menos, como mi turismo esta geodirigido vía satélite, voy viendo mis concursos favoritos en la holored sentado, me encanta la nueva temporada de “Resort terminal”, me parto de la risa con “Gladiadores sin pasaporte” y la que me está defraudando algo en su nueva trigesimoquinta edición pero nunca falla es “La casa del Cyborg”. Dios salve a la tele ¿Qué haríamos sin ella? Y a los coches, por supuesto.

¿Recordáis hace décadas a ese tipo...Musk...¿Elon Musk? Algo así, que presentó un prototipo de coche indestructible con estética poligonal cyberpunk bautizado no sin menos descaro como Cybertruck, y le salió el tiro por la culata, se cargó la ventana del auto en la primera demostración pública, ¡Ja! Vaya tiempos aquellos, qué época debió de ser para vivir el SXXI.



Musk , el Steve Jobs de los coches, un multimillonario cercano y dicharachero, carismático, un adalid del cyberpunk, cofundador de paypal, del futuro hyperloop, Solar City, Neuralink, involucrado en proyectos de colonización interplanetaria, y bla, bla, bla, Todo lo que trae entre manos supone un exabrupto inalcanzable para los más escépticos, un sueño para los más crédulos, y por eso mismo es quien es, un vendedor de bloques de hielo en el polo sur.
Su hambre de cambiar el mundo, no sin llenar su caja fuerte, parece casi filantrópico si obviasemos lo segundo, y esa pasión es lo que hace que medio planeta confíe en él. Tesla ha sido todo un éxito por el momento, y disponer de vehículos de alta gama eléctricos con semejante autonomia empezaba a convertirse en una necesidad acuciante antes de ayer, ahora falta que la producción abarate los costes suficiente en función de la demanda para que todos podamos disfrutar uno, pero sospecho que queda mucho gas y petróleo por gasta en el mundo aún, y que una vez la democratización del vehículo eléctrico sea total, ya nos atarán las pelotas con un nuevo cable hecho de tasas, impuestos, o lo que sea.
Y bueno, no vine a hacer un articulo de Musk, pero sí de coches y la ciencia ficción, así que no podíamos pasar por alto a éste mecenas del cambio, un ciber Miguel Angel moderno. Un excéntrico soñador, que se permite soñar y ahcernos soñar a lso demás, que quiere diseñar nuestro futuro, y eso es de agradecer, sospecho que es un fan de la ciencia ficción, y que como todos los soñadores de tungsteno, extraña el futuro que llevamos imaginando décadas y que a las puertas de 2020 no ha llegado aún.

No tenemos aero patinetes como en regreso al futuro II, ni vehículos híbridos para aire y suelo como en Blade Runner. El futuro se resiste aún, y mucho. A veces da la sensación de que lo están retrasando a drede, que especulan con el progreso. ¿Industrias de combustibles fósiles? ¿Hay que agotar los recursos actuales antes de pasar a la siguiente fase comercial e industrial? ¿Estamos preparados para llenar el cielo de vehículos turismo voladores?
Hace poco veía el prototipo Skaide BMW de un híbrido tierra-aire, un huevo móvil convertible capaz de salir volando de un chasis terrestre de tracción rodada gracias a unas hélices tipo dron. Pero no soñamos con … eso...con un “gorrocóptero” de Doraemon tapizado en cuero, no. Queremos turbinas de despegue vertical, y las queremos ¡Ya!. No podéis seguir especulando con nuestro futuro ideal malditos traficantes de futuro (digo ésto en calzoncillos alzando el puño por la ventana, los asiáticos fumando y jugando majong en la acera me increpan algo en un dialecto que mi traductor neuronal de Google no logra convertir al español con decencia ni sentido para mi).

Pero las grandes corpos de la ingeniería del motor y transporte no cejan en su empeño, Airbus trabaja en ello, Porsche y Boing unen fuerzas para sus futuros prototipos, NEC en japón testea su homogéneo volador, Toyota diseña el coche personalizable FunVII, y todas quieren ser la primera en romper ese vacío del mercado. Y ya no es el diseño lo importante, si no las prestaciones, y las lunas digitales con realidad aumentada o características multimedia también se han convertido en una prioridad de la I+D automovilística, sin olvidar el "piloto automático" geolocalizado vía satélite.
Seguro que como siempre, la industria irá más rápido que la legislación y volveremos a vivir momentos como el del vehículoautotripulado por localización GPS atropellando a un androide en Las Vegas.


Ostras, a ver si el futuro sí está ya aquí, pero resulta que nos lo ha traido Aliexpress en vez de la Tyrell.
Sea como fuere, los coches siempre han sido un elemento propio del futuro, da la sensación en la mente y el imaginario colectivo, que es el coche volador el que inaugurará una nueva era y que hasta que no lo veamos no será cierto. Motor económico mundial desde la Revolución Industrial y Henry Ford, medio de transporte por excelencia, objeto de deseo, joya de la corona del diseño y la modernidad, citando a Marianetti con su manifiesto poético del futurismo en 1909:

Un coche de carreras es mas bello que la Victoria de Samotracia”

Algún día tendré que hablar de las vanguardias, pero hoy le toca al automóvil en una entrada de blog que es un extraño sueño de tungsteno, plácido, y diferente a los demás.

Cuando era crío coleccionaba cromos, y los que crecísteis en los 80 del SXX muy seguramente recordaréis la colección “Coches” de Motor16 si no recuerdo mal. Me parece ver un Ferrari F40 rojo en portada.
Aquél álbum traía algunos cromos de prototipos que ya por los 80 soñaban con el futuro, diseños lisos de una sola pieza, sin juntas, de carrocerías onduladas y carlingas moldeadas al viento, extrañas moles de metal tintadas con faldón tan bajo que no se veían los neumáticos... Y además, al final del album, había una zona de creación artística para los más peques, en la que nos invitaban a diseñar nuestro coche del futuro.
Recuerdo el mío, una especie de Interceptor con aletas en el capó y el tejado, faros retráctiles, y todo tipo de marcianadas salidas de la mente de un crío acostumbrado al cine de los 80, Mad Max, Knight Rider, etc... Una pesadilla de ingeniería similar al coche que diseñó Homer Simpson en la serie de animación que protagoniza.



Pero es que eran los prototipos que salían en el álbum, lo que más molaba de todo. Parecían burbujas cromadas con ruedas, fantasmas de la carretera, cápsulas tripuladas salidas de una ficción espacial.

Desde los 70, algunos prototipos estaban fuertemente inspirados por las películas de ciencia ficción, es un hecho, la música por sintetizador, los cómics franceses (con Moebius a la cabeza), era una década que ya añoraba el futuro como seguimos haciéndolo nosotros. Y en éste caso Europa tomo la iniciativa y no Asia ni EEUU. Bertone y Citroen abrieron al veda en los 70 arriesgando con diseños impensables. Y de ahí el Citroen Karin, todo un sueño de tungsteno , bello, anguloso y maravilloso, sobre todo en su interior.




Siguieron otros como el Ford Maya, o el Citroen Xenia, pero no eran tan atrevidos como lo pudo ser el Lancia Bertone Stratos, un auténtico misil cromado sobre ruedas salido de una novela pulp de “ a duro”.



En la misma línea el Maseratti Boomerang, inspirado por la serie de dibujos animados Transformers, dato literal.



Y desde oriente, se sumaban a la moda y presentaron el Insomnia y lo pusieron a correr en Lemans a finales de los 70. Su panel de control es de traca, una fantasía digital única.




Alfa Romeo lo petó con el Carabo y el Navajo, auténticos carros macarras cyberpunk.



¿Y qué me decís precisamente de los paneles de mando? Luces, pilotos y contadores digitales quisieron suplantar a las agujas, porque sí, amigos, antes de las pantallas táctiles y los ordenadores de a bordo hoy tan a la orden del día, había agujas y marcadores analógicos, así que en cierto modo, los siguientes modelos de “dashboard” son merecedores de considerarse el primer paso del vehículo actual.
El del Oldsmobile Inca es toda una verbena espacial con mandos de “Tie fighter” en vez de volante, toda una pasada para un crío de los 80 si ya lo flipábamos con el volante de la máquina arcade de Spy Hunter.



El del Lancia Orca, aunque tenía volante, estaba lleno de lucecitas increíbles y botones como Kit.



Y el mapa digital del coche del vector V8 pues vosotros me diréis, que chulada, parece salido de la barra de estamina de un videojuego de vehículos de combate.



En EEUU el primero que me viene a la mente es el Plymouth Slingshot, eso en 1988 sí era el futuro, sin duda, un 16 válvulas con un exterior en perla y negro, con una carlinga de apertura frontal que imitaba a un aeroplano de combate. Menudo un sueño de vehículo.



El Chevrolet Express era muy parecido, parecía un extraño vehículo de combate, o de policía como el que después aparecería en la película Demolition Man, un Ultralite de la General Motors, más moderno claro, ya de entrados los 90.





Porque pese a que la búsqueda del futuro en el mundo automovilístico suene a retro, y actualmente el reto siga siendo el vehículo aéreo, los diseñadores más soñadores no tiran la toalla de jubilar el presente y meternos de lleno en el futuro con estéticas bio técnicas como el BMW The Vision.



Y es que los coches y la ciencia ficción están tremendamente unidos, son protagonistas de docenas de historias, el Ford Taurus de Robocop, el Delorean de Regreso al futuro, el Ford Falcon “Interceptor” de Mad Max, el Lexus 2054 de Minority Report, el Audi RSQ de la asimoviana Yo Robot; Ninguna de esas películas serían lo mismo sin sus coches.

Y por eso mismo, hoy voy a hablar también de una película en la que los coches y el futuro distópico lo son todo.

DEATH RACE 2000


¡La carrera de la muerte del año 2000! Ya, calro, que me instalen a mi en el turismo un par de armas de fuego automáticas, ya veríais como me lo montaba en los atascos. 
En fin, así imaginaba Paul Bartel los coches y el futuro en 1975, pobre ingenuo.


Bartel, que proféticamente falleció en el 2000, año en el que imaginó esta loca distopía motorizada, fue un director y actor neoyorkino a quien debemos o hemos visto en títulos muy populares en la TV y el videoclub durante nuestra infancia como Piraña, Los Locos de Cannonball (le gustaban los coches a Paul, sin duda), la infame Munchies, Gremlins 2, o escape from L.A., por lo que sobra decir que la mayor parte de su desarrollo artístico sucedió en circuitos independientes y producciones de bajo presupuesto.
Death Race 2000 es sin duda su principal éxito junto a Private Parts, ambas gracias a la cooperación de su amigo Roger Corman, responsable de otra larga lista de títulos de dudosa reputación y otros más afortunados como La pequeña tienda de los horrores, El Cuervo o Los cuatro fantásticos.





¿De que va Death Race 2000? Podemos sintetizarlo con facilidad, una carrera de coches ultra violenta de costa a costa de los EEUU en un futuro sombrío gobernado por un tirano. Pero no vamos a conformarnos con ésto, oh no, Multivac sabe que no.

El gobierno de los EEUU ha asumido un control dictatorial tras la última hecatombe bélica, económica y social del siglo XX. Para fomentar la economía y entretener a la población, cada año organizan la retransmisión televisiva de La carrera de la muerte, en la que 5 vehículos con su piloto y copiloto, recorrerán la nación con dos objetivos.
Uno, ganar la carrera llegando el primero.
Dos, sumar puntos matando gente en el camino. Sí, habéis oído bien, un alegato de ultraviolencia desmesurada y demencialmente cómica en la que de forma surrealista, Paul Bartel predice el mecanismo del videojuego Carmaggedon. Atropellar varones adultos no da tantos puntos como atropellar mujeres, adolescentes, infantes...y los jubilados ya son el bonus especial. 1975, Sí , yo me he quedado sorprendido, ya que el cine de la época aún trataba de recuperarse de La Naranja Mecánica y su visión nihilista de la ultraviolencia hacía 4 años. Obviamente, éste film no tuvo nid e lejos la repercusión de la de Kubrick, ni los medios, ni es una película que podamos considerar siquiera buena siendo honesto. Pero poniéndonos en situación, es una película muy atrevida, muy irreverente, y seguiremos hablando de eso mismo un poco más adelante.

La carrera es una parodia distópica absoluta que uno no sabe si tomarse a coña, en serio, o 50/50. Es como Los autos locos en versión adultos. Los coches, son vehículos de combate con ese toque pasado de moda (ahora que es el 2020 casi claro, por eso insisto, hay que ponerse en situación) de un imaginario año 2000 que hemos dejado muy atrás ya en el rpesente. Parecen hot wheels de circuito infantil, con carrocerías carnavalescas, zoomorficas y exageradas y enormes cuchillas y armas como cuadrigas modernas de Ben Hur.
Los pilotos, tres cuartos de lo mismo, asumen roles exagerados de alter egos temáticos, entre el súper héroes y el personaje de dibujos de Hanna Barbera, ridículo al máximo. Tenemos en el elenco una cowboy fatal en su coche con cuernos vacunos, una demoledora nazi con su esvástica y todo en una especie de bólido-tanque, un Marco Antonio romano de palo, Sylvester Stallone en el papel del piloto gángster de los Chicago 30's que en ocasiones parece Paccino torciendo el morro en el papel de Tony Montana; Y por último a David Carradine como Frankenstein, un superpiloto mejorado biónicamente en quirófanos, el favorito, con su traje de super héroe barato de látex-cuero que podríamos confundir con un sumiso de mazmorra sadomaso bondage.


Dantesco todo. ¿Pero a que apetece verla?


Stallone y Carradine copan el protagonismo de ésta marcianada de culto, dos pilotos enfrentandos, rivales colosales, en una cinta que no hace ninguna gala de corrección política, y que como hablaba en otras pelis de la época, como Rollerball o America 3000, han envejecido de una insultante manera retrógrada que las convierten, en la equidistante era actual que nada tiene que ver con la distopía cruel y salvaje que imaginaron, en una ficción machista y gratuitamente violenta con un buen puñado de escenas que el Franquismo no censuró pero que hoy en día sí censurarían defensores y defensoras de ésto y de lo otro sin pararse a tratar de entender ni un momento que es una ficción, repetimos ficción, una vez más F-I-C-C-I-O-N, y que no tiene por que representar de forma exponencial ningún sector real de la sociedad, no pretende tener carácter educativo, y sólo responde a la imaginación, bizarra o no, del autor, que debe fluir libre sin atender a cánones éticos ni morales, aunque la firmase Srdan Spasojevic. ¿Por qué? Porque es una FICCION. Y con ésto no me posiciono en ningún caso que me caigan bien ni me parezca bien lo que hacen o hicieron ni Francisco Franco ni Spasojevic ¿vale? Que hay que ir con las manos en la nuca con la gente del SXXI como cuando la poli de Texas te pide que pares el coche a un lado de la carretera, porque todos tienen el ratón cargado y el dedo tiritando sobre el click.



La película presenta una sociedad hyperviolenta, alienada, que como en Rollerball, o en La naranja mecánica, necesitan su circo. Seguramente pretendió horrorizar al espectador de hace 40 años, mostrándole una caricatura grotesca de la sociedad americana, de su violencia innata enraizada en al sociedad, de la cosificación y la deshumanización, que acaba representada en un sainete sobre ruedas con mucha sangre hecha con botes de tomate frito, coches copiados de un reto escolar de carreras estudiantiles cuesta abajo, algunos pechitos al aire muy de revista, y Stallone cascándole un puñetazo a la playmate rubia y cateta que le hace las veces de copiloto, porque sí, porque su personaje Al Capone del Hacendado precisamente es eso, una caricatura del mal gusto machirulo y dominante de un líder del hampa.



Por lo demás, la pelicula incluye escenas de humor absolutamente absurdo, a lo Benny Hill pero con gore y coches de carreras, y ese pequeño intento de hacer sorna sobre el estilo de vida puramente americano, con un presidente de los EEUU que es un monigote, dando alguna puntada con hilo gordo a cerca de que los medios de comunicación están totalmente comprados al servicio del poder desinformando al espectador, y una pequeña moraleja revolucionaria y política que yo descifraría en clave de desencanto, pero no voy a hacer spoiler.

Como anécdota, reuniendo algunos de los actores que reúne, teniendo la solera que tiene, y prediciendo un futuro distópico, si empatizamos con la fecha de producción, los medios que seguramente tuvo la producción, y todos esos aspectos a poner boca arriba sobre la mesa antes de darle al mando a distancia, la película tiene un anecdótico pase cinéfilo, curioso, aunque no bueno.

Pero no podía quedar ahí la cosa, que va, en 2017 a alguien se le ocurre rodas Death Race 2050 con exactamente la misma premisa. El majadero que destroza cualquier atisbo de orgullo y humanidad que pudo tener el título original con éste remake es G.J. Echternkamp, que no tenía yo ni idea de quien era hasta que visualicé éste bodrio absoluto, y que tras investigar un poco, sigo sin saber quién es ni haber visto nada suyo. Lo peor de todo es que Roger Corman produció semejante ofensa a su película original.



Su revisión del clásico es si cabe, más absurda, más patética, con peor producción en retrsopectiva del tiempo pasado desde la original a la suya, y en fin, mala a rabiar, no voy a entretenerme mucho en hablar de algo tan malo.
Resumiré con que añade a la misma temática nuevos pilotos secundarios, manteniendo a Frankenstein encarnado ésta vez por Manu Bennet (el orco malvado e hiper carcterizado del Hobbit ), y repite la historia original, con licencias como añadir el fenómeno de la realidad virtual a la carrera televisada, y cambiar toda aquella morralla incorrecta de la primera, por chistes malos y situaciones sin sentido y efectos especiales de bazar ostentosos e ineficaces.
Pero en honor a la verdad, había que mencionar que semejante horror, que rivalizaría con Troll 2, existe, y no hace ni la mitad de gracia, ni logra transmitir la burla del estilo de vida y política americanas porque es tan mala, que no puede uno entrar en la onda sin avergonzarse.
O a lo mejor, teniendo en cuenta que Corman produjo esto, igual no he terminado de entender la película, aunque veo de lejos por donde quieren ir los tiros, pero no hay quien lo aguante. Delirante.


Atención, que uno de los documentos que aún no he podido cotillear, pero que pienso hacerlo a menos tardar, son los cómics de Death Race 2020 de Roger`s Corman Cosmic Comics, tienen una pinta pulp que no me quiero perder por nada del mundo.



El clásico de Corman, obtuvo una continuación cronológica de su universo con la trilogía Death Race de Paul W. S. Anderson (de quien ehmos hablado hace bien poco en el blog) protagonizada por Jason Statham, que retomaba la historia distópica original, dándola un acertado lavado de cara al gusto contemporáneo y consiguiendo cierto éxito comercial gracias a las tan deseadas escenas de acción y velocidad rodadas con medios actuales y un buen presupuesto. Pero de ésa trilogía y otros spin offs del universo Death Race de Corman, hablaré en un segundo capítulo de la entrada, porque esto se está iendo de las manos hoy, y no pretendo escribir la biblia, dosifiquemos, que aún me queda, y dediquémosle a ésta trilogía renovada el hueco que se merece en los sueños de Tungsteno.






Y POR SUPUESTO, VIDEOJUEGOS


Y como no podía ser menos, la distopía sobre ruedas, los duelos al volante, los destruction derby del futuro, donde mejor retratados han quedado es en los videojuegos.

Como la entrada de hoy, pese a que me está encantando, se hace demasiado densa, no voy a centrarme en un título en concreto, pero al igual que con esos modelos de coche real que hicieron y siguen haciendo volar nuestra imaginación, que menos que darles un repaso a granel.

Si hay un título que me encanta de coches compitiendo violentamente en el futuro, es F-Zero.
En ese clásico exclusivo de Super Nintendo, de 1990, firmado por Miyamoto, dios absoluto de la gran N en el panteón de seres supremos, pilotaremos vehículos futurístas, aéreos en ésta ocasión (un paso evolutivo imaginado por todos en la automoción), en aceleradas carreras en las que nuestro vehículo podrá quedar destrozado si no somos lo suficientemente hábiles.



La sensación de velocidad arrasó en el mercado de juegos de carreras de los 16 bits convirtiéndose en un pequeño portento técnico y un clásico inefable.
De hecho, se constituyó como saga, continuando en los títulos F-Zero X, F-Zero Maximum Velocity, F-Zero GX, F-Zero GP Legend y por último F-Zero Climax, y lejos de ser revisiones de carreras del futuro y poco más, como suele hacer Nintendo, incluye un trasfondo para darle profundidad al universo en el que se compite, narrando un almanaque de la historia de la competición, incluyendo eventos históricos, y mitificando pilotos. Todo éste universo expandido dio píe a una serie anime en japón incluso, lo que constata su éxito.

Hubo otros juegos intentando hacerse con el trono de la velocidad del futuro, como Wipe Out, de Psygnosis para Playstation, Saturn y PC en 1995. Las carreras del año 2052, dispuestas a hacer sombra al clásico susodicho de Nintendo, bautizadas como la F3600, carreras de anti-gravedad, con vehículos aerodeslizados. El jugador podía elegir diferentes vehículos pertenecientes a diferentes escuderías o equipos megacorporativos, y la historia sigue reduciéndose a lo mismo, ganar sin explotar en una curva. Nada nuevo, aunque a nivel técnico, la velocidad y los gráficos daban un salto exponencial respecto a su predecesor espiritual.



Hubo otros en el intento, como Mega Race, para PC, Sega CD y 3DO firmado por Cryo en 1993. Seguimos dándole vuelta al torno Perico, carreras futuristas y violentas, que en ésta ocasión, sí eran sobre ruedas.
El juego exprimía la tecnología 3D del momento e incluía secuencias digitalizadas de full motion video.
El juego aguantó una segunda y una tercera entrega, luchando contra el olvido.




Y entre carrera y carrera, no puedo despedirme sin mencionar Spy Hunter, el arcade con el volante más retrofuturista de la historia, que gozada era agarrar ese volante sudado en el salón recreativo y creerte Michael knight a los mandos de Kit. En aquel shooter vertical que ficcionaba las persecuciones de un espía modo 007 conduciendo su mortífero coche ultra tecnológico por la autopista.
Secuelas y una docena de ports avalan el incunable de Midway del 1983.



Y podríamos añadir otro porrón de títulos con coches de combate como protagonistas como Car Wars, Power Drift, Badlands, Fire & Forget, etc, etc, pero estos, aunque tienen coches armados y autopistas interminables, creo que más bien deben lo que son a Mad Max, que ya tocará otro día, con mimo, cariño, devoción y miedo por hacerle los honores necesarios.
Lo mismo con juegos de mesa y o rol como Gas Lands o Combat Cars.
Y por supuesto, seguro que me recordáis más títulos, o me descubrís muchos más del estilo, porque no lo se todo, ojalá.


Así que, perdón por el retraso, y hasta la próxima, que estoy oyendo como pita la alarma de mi buga aparcado abajo ene l callejón, y ya veo por la ventana que hay un par de punks llevándose los tapacubos, cojo el jamonero y bajo en bata. ¡Nos vemos en el futuro!


miércoles, 24 de octubre de 2018

HOLA MAMÁ, ESTOY EN LA TELE!! (De El Fugitivo a Smash TV)


LA TELEVISION


La televisión, “la caja tonta”, “black mirror”, que maravilloso invento, gracias Perskyi, Logie, o a quien haya que adjudicarle el mérito según Google.
La televisión educa, informa, y entretiene. Disponemos de docenas de canales, cientos, a color, en pantallas planas, convexas o cóncavas , diminutas y gigantes, VCR o LED... televisiones.
La televisión puede arreglarte la vida, o hundirla, puede convertirte en alguien amado y respetado, o en alguien odiado y rechazado. La televisión la emplea el político, el líder religioso, el cómico, el deportista, el científico... La televisión te transmite su mensaje, pero ¿es real ese mensaje? ¿Es cierto?
Asumimos que todo lo que dice la televisión es cierto, ¿por qué iba a no serlo? Las masas prefieren la televisión a la prensa y la radio, porque invade todos sus sentidos, no solo el ocular o el auditivo, los invade todos a la vez, y nos evita el esfuerzo de interpretar letras o una voz...nos da imágenes, y una imagen vale más que mil palabras. Qué gran refrán, todos nos lo sabemos, pero pocos lo analizamos cada vez que vemos una noticia en televisión. ¿De qué fuente viene? ¿Quién la ha editado? ¿A qué interés responde? La justicia, es aquello que los fuertes infligen a los débiles. Y la historia se recuerda según el vencedor la cuenta. Y usará la televisión para divulgarla.
La revolución no será televisada, decía Scott Heron.
Con estas premisas, ¿cómo no iba a convertirse la televisión en una herramienta de la conspiranocaracia? ¿Un elemento aplastante de la distopía? ¿Un oscuro objeto de devoción, cuasi religiosa, capaz de manipular la voluntad humana?

Suena terrible ¿verdad? Pues imaginaros lo que pueden llegar a idear los marquetin seniors de los grandes canales y las productoras. ¿Qué no sabrán ya ellos sobre el control de masas? ¿Qué no habrán puesto a prueba con nosotros? Las técnicas del Tavistock. Google y el Big Data es sólo un bebé en pañales al lado de la tele, porque la tele lleva con nosotros casi 100 años. Mucho se ha hablado desde entonces de la publicidad subliminal, los experimentos sociales televisados, la propaganda política camuflada, el deporte como opio del pueblo, y hasta dibujos animados que provocan la epilepsia. La televisión no puede ser mejor protagonista de la ciencia ficción, ella sola, esa caja de plástico con intestinos de cobre, silicio, litio, y gases nobles, podría ser la mayor tirana de todas las inteligencias artificiales en un cercano futuro oscuro y decadente.



En mi casa había una gran televisión con carcasa de madera, a blanco y negro, hasta donde mis recuerdos me llevan atrás en el tiempo, con unos botones duros rectangulares para cambiar de canal. Apenas había 2 canales para seleccionar. Poco a poco, y sin darme cuenta, llegó la tele en color, y al poco dejamos de levantarnos del sofá para cambiar de canal sin usar un palo largo de madera, porque había mandos a distancia. Y los canales, afloraban como setas tras días de lluvia y sol, canales privados, autonómicos, raros canales locales difíciles de sintonizar con nieve y ruido... Recuerdo pinchar una patata en la antena de la tele, porque se suponía que así debían verse mejor. O incluso fabricar una parabólica con papel de aluminio y cajas de envasar huevos.

Pero en la tele, había algo mágico, algo que no eran documentales, ni películas, ni programas infantiles, ni dibujos animados, ni el telediario. Era un formato que a parte de divertir al televidente, podía aupar a la gloria y la riqueza a unos pocos elegidos, ¡los concursos!. ¡Cuántas cartas se enviaron desde mi casa a los concursos! Y nunca nos llamaban a ninguno, y sin embargo, recuerdo a la mamá de mi compañero de clase Alejandro, que participó hasta 3 veces en la ruleta de la fortuna. ¡Que envidia! No solo salía en la tele y podía saludar a sus seres queridos desde su atril de participante, dispersando su mensaje de amor y fraternidad a todo el globo terráqueo, si no que se lo pasaba pipa participando en un divertidísimo juego que premiaba los aciertos con dinero y electrodomésticos.

Recuerdo con gran nostalgia concursos como “Si lo se no vengo” que presentaba el cyborg Jordi Hurtado cuando yo acababa de deshacerme del chupete, donde ya los concursantes tenían que demostrar una equilibrada mezcla de recursos, habilidades e ingenio para superar la yincana televisiva programada y obtener sus recompensas. Recuerdo el gran “Un, Dos, Tres”, y más tarde “El Gran Juego de la Oca” o “El Gran prix”, “Humor amarillo”... Pero si algo fue poco a poco instaurándose en los concursos, fue, que no sólo había que ser listo, o fuerte, o veloz... Había que renunciar a tu orgullo. Tenías que dejar que toda la nación se riera de ti a cambio de unas pesetas o un flamante Opel Corsa, o un apartamento en Guardamar del Segura. Te corneaba una vaquilla, te cortaba el pelo un saltimbanqui sobreactuado.... O como en “El semáforo”, te abucheaban e incluso te lanzaban fruta podrida como en un espectáculo de trovadores en la plaza de una aldea del siglo XII si desentonabas o tus pasos de baile eran aritmicos, o sólo tú te reías de tus chistes. Ganar dinero a cambio de tu dignidad para regocijo y carcajada de millones de familias, en sus hogares, apuntando con el dedo al friki sin orgullo que vendió su alma a la televisión por 30 monedas de plata. Y nosotros descojonados.

Suena a circo romano, pero, reflexionemos un momento...es así. Y no digo que haya que prohibir nada, ni canales, ni normativas de emisión, ni gaitas... Si tenemos docenas de canales, somos libres de elegir, si ver a media docena de bellas y bellos adolescentes gritarse con el culo pegado a una silla, en un ritual de cortejo de extraradio; O poner un docu reality de buscadores de raíces de ginseng en la América rural más profunda, en los Apalaches, u otra zona geográfica que solo nos suena de las películas de Clint Eastwood y John Wayne. También somos libres de escoger el noticiario, y digerir con total naturalidad y sin un sólo movimiento muscular en nuestra conciencia cristiana y occidental, cómo se ahogan los migrantes africanos, cómo caen misiles sobre escuelas de Oriente Medio, o cómo un alumno descarga su aka 47 en un aula de Mississippi, que casi que se nos remueven más las entrañas viendo una peli de Steaven Seagal, de lo deshumanizados que nos tiene la actualidad. Somos libres de pulsar el botón o no.
Y no somos peores ni mejores seres humanos por ver una cosa u otra, no señor. Somos lo que conseguimos diseccionar tras el visionado. Hemos de separar el grano de la paja, y hasta el “Gran Hermano” puede enseñarnos moralejas a cerca de “qué actitudes deplorables y rancias tomadas por sus concursantes son las que hay que evitar en mi día a día para no parecer un auténtico gañán”, por ejemplo, pero esto ya es algo subjetivo.

Veo la tele, consumo tele, la llamada telebasura, y también la tele pública de los empollones y los hipsters. Veo realitys y veo “la noche temática”, veo pelis de Berlanga y veo algún deporte ocasional, veo programas de ovnis y fantasmas y veo dibujos animados. Viva la tele.
Pero a veces me asusta pensar, en la evolución de la tele, en lo que me he acostumbrado a admitir como normal, y en lo que llegaré a ver, entre bromas y elucubraciones ficticias y otras providencias.

Volviendo al “Un, Dos, Tres”, un maravilloso concurso aderezado con espectáculos de variedades, en el que los concursantes igual se llevaban una calabaza al término del programa, como igual se llevaban una autocaravana valorada en unos milloncejos de pesetas. Recuerdo, que en aquél concurso, solían integrar fragmentos de concursos orientales que eran una auténtica putada, hablando mal y pronto. Metían a aquellas delicadas concursantes orientales en jaulas llenas de murciélagos, o hacían beber al intrépido chico un biberón de nicotina, o cualquier otra tortura surealista y bizarra que tuviesen que superar a cambio de algo de efectivo, mientras medio continente se meaba de la risa con lo chiflados que debían de estar para pasar por ese aro tan asqueroso. ¿Chiflados? ¿Qué tal..necesitados? Todos tenemos un precio ¿Sería ético tal vez si esos participantes fuesen miembros de familias en riesgo de exclusión, parados, enfermos mentales, etc? ¿ Sería igualdad de condiciones o sería sadismo? Y así evolucionan los shows de “putadas” hasta el punto de encontrarnos por internet productos como Bumfight, en el que se graban a vagabundos en peleas callejeras, o estúpidos juegos de autolesión a lo Jackass o Dirty Sánchez, en los que el sin techo pierde varios dientes o se rompe un hueso, a cambio de un pequeño fajo de benjamins, y las carcajadas del consumidor. Parece que el espectador va acercándose a un punto de tolerancia cero en lo que lo mismo es “Humor amarillo” que un reality de enfermos terminales en una casa y a ver quien falleciese primero. No, no existe ese programa aún, que yo sepa, pero dadle tiempo a Paolo Vasile, que igual el formato le interesa. ¿Os parece exagerado? A mi no, cuando por ejemplo y actualmente, hay ya en emisión realitys que ponen a prueba la fidelidad de un matrimonio, incitándoles a la promiscuidad entre participantes, o una isla con desconocidos en cueros con la intención de copular en la primera noche si la atracción física y química es suficientemente erógena para que se de la situación ante las cámaras, carentes de intimidad, ojos de miles de espectadores. Quedan muy poquitas líneas que traspasar, y el share se encargará de ello, estoy seguro.



EL FUGITIVO DE STEPHEN KING


Las cartas están sobre la mesa, y genios más talentosos que yo ya se habían dado cuenta. Es el caso de Richard Bachman, un señor de Maine que cambió la docencia lingüistica por la literatura de ficción, y principalmente la que le aupó al número uno mundial de un género, el terror. Este señor en concreto, no es más ni menos que Stephen King, que durante un periodo de actividad creativo, escribió tanto, que su editorial y las librerías eran incapaces de colocar tantos títulos de su puño y letra mientras los clientes los leían, por lo que se inventó un seudónimo con el que seguir publicando como un loco, sin frenos, y así no saturar la rotación literaria de sus libros en los puntos de venta.
Stephen, tomó aquella doble identidad voluntariamente, sin orden ni consejo de su editor, y asegura que las obras bajo esa nueva firma, están escritas con el mismo mimo y buen hacer que el resto de sus más famosos best sellers rubricados con su nombre original. Desde luego, El Fugitivo, no escatima en talento ni un sólo renglón.

El Fugitivo es una maravillosa obra CIFI que nos transporta a un futuro muy cercano con muchos de los elementos del cyberpunk y casi todos los de la distopía. Megaurbes opresoras, con guetos proletarios oprimidos por una burguesía corporativa que se pasa por el forro los convenios, los sindicatos, y la igualdad social. Problemas ecológicos que afectan a la salud de los más desfavorecidos, incapaces de adquirir medicamentos debido a su bajo poder adquisitivo, pandillas callejeras que imponen su ley en las zonas desmilitarizadas, turismos aéreos surcando las autopistas... Tiene todo lo que el manual de la CIFI próxima nos ha mostrado hasta el momento, pero añade algo nuevo, algo poderoso, añade la televisión. Antes que Stepehen, otros autores CIFI ya habían jugueteado con tiento en las posibilidades que los medios de comunicación ofrecerían en un futuro para oprimir a la sociedad, como El precio del Peligro de Robert Sheckley (que no he leído) o John Brunner y su Jinete de la onda de shock. Y otros lo harían tras Stephen, rizando más el rizo, como en la saga los Juegos del Hambre. Pero King, en El Fugitivo, continúo empleando fórmulas future noire y cyberpunk, que vamos a ver a continuación.

La obra en sí, sin spoilers como siempre, nos pondrá en el seguimiento de Ben Richards, un desempleado del gueto industrial, que ha dado su vida y su salud por una gran compañía a cambio de cuatro perras mensuales, cuya situación familiar es muy delicada. Richards es un protagonista orgulloso y de convicciones firmes, proletario y honrado, que nunca se ha planteado ciertos aspectos sociales, y pasa por la vida como un mueble, cabreado, pero como un mueble, como una especie de Michael Douglas en Un día de furia, está a punto de explotar sin saberlo. 
El caso es que Richards necesita liquidez inmediata, está harto de ver a su familia pasarlo mal, y les profesa tal amor conyugal y paternal, que toma la más drástica de las decisiones, apuntarse a los castings de la Libre Visión, el canal por excelencia, cuya programación está copada por concursos de “putadas” como Corre tras el dólar, en el que obesos y tullidos han de esforzarse a niveles atléticos mortales para conseguir algo de pasta, y si no, pues un gordo menos en Coop City. Y mientras el público en su casa pegándose una jartada a reir, claro.
El concurso de más audiencia y mejores premios, es un docu reality llamado El Fugitivo, en el que varios fugitivos voluntarios, con apenas unas horas de ventaja respecto a sus perseguidores, han de apañárselas como puedan en campo abierto por toda la nación, para no ser abatidos. Es un concurso a vida o muerte. Los Gladiadores Americanos en versión Pekín Express, o algo así. Los perseguidos han de reportarse diariamente a los estudios de la productora con unas cintas de grabación en modo selfie de ellos mismos, para seguir cobrando las primas diarias mientras concursan.
Por si sonase poco alagüeño, cualquier ciudadano puede conseguir premios en metálico si facilita información del paradero del fugitivo o incluso lo abate, por lo que, es un auténtico “Yo contra el mundo”, ya que el espectador, también participa, y puede alcanzar la fama, la gloria y el dinero si liquida al fugitivo a la que baja a comprar el pan.
Ese importante matíz, en el que el espectador puede ser concursante espontáneo, abre la veda moral que el libro expone a cerca de cómo podemos deshumanizarnos y ser un lobo para el prójimo.
En su huida, narrada a ritmo de road movie, siempre en constante movimiento, por diferentes barrios, ciudades, carreteras, y conociendo a diferentes compinches y personajes, Richards evolucionará al enfrentarse a la cara más dura de la supervivencia, la de tener que matar para seguir respirando. 
Es él, o ellos, no hay alternativa, lo que minará profundamente su conciencia, sentimiento que Stephen es capaz de transmitir al lector, porque al final, los cazadores, también tienen familia, son personas, y el mero hecho de resistir sin ser cazado un día más para conseguir dinero para su familia, a Richards, le hace plantearse dónde están las líneas del bien y del mal, ¿Justifica el fin todos los medios? ¿Desvinculamos lo que vemos por la tele, de nuestra realidad y nuestras circunstancias, sólo porque lo vemos a través de una pantalla y no nos salpica?
Richards va convirtiéndose poco a poco, página a página, en algo más que un paria con meros objetivos personales.
Y ahí es dónde, insisto, la novela toma un pequeño tinte cyberpunk, porque Richards, es un antihéroe, una persona cuyas necesidades básicas personales le han arrastrado a algo mucho más grande, que terminará convirtiéndole, como era de esperar, en adalid de las causas nobles de sus conciudadanos de bajo nivel adquisitivo, en contra de la telaraña corporativa de mentiras tejida por la Libre Visión. Sin quererlo, sin habérselo planteado nunca, se convertirá en un lobo solitario que enarbola las quejas de los oprimidos, en la punta de lanza de los sin voz, en una estrella televisiva influyente. Pero no porque él así lo desee, ya que el egoísmo y el odio, como a cualquier humano de carne y hueso, le ciegan y le impulsan a tomar decisiones poco premeditadas, impidiéndole mantener la mente fría. Y en su frenética huida, tendrá constantes dudas a cerca de su toma de decisiones, que nos harán empatizar con él tanto como los espectadores de la Libre Visión.



La novela surfea temas de importancia social como la libertad de expresión, el medio ambiente, el racismo, la violencia policial, y por supuesto y ante todo, la manipulación de los medios televisivos, la gran mentira, el circo de las estrellas.

PERSEGUIDO CON ARNOLD SCHWARZENEGGER


De éstas páginas, vinieron, irónicamente, las futuras imágenes, y en 1987 Arnold Schwarzenegger interpretó a un Richards algo más distinto. Ya estamos con las licencias televisivas, al final Stephen iba a llevar razón. El joven Arnold, aún algo verde en Hollywood tras sus primeros éxitos como Conan y Comando, asume un papel interpretativamente zafio, y de poco diálogo (ya que su anglosajón aún se le atascaba en su acento germánico) con chascarrillos mal escritos y del género más casposo de los 80, en los que afortunadamente (aunque no por eso más acertadamente ni mucho menos) en pos de la libertad creativa y de la ficción, todo valía, con frases como “Me das asco maricón cobarde” mientras se encargaba de reducir a Dynamo, uno de sus perseguidores.
En la película, Richards deja de ser un empleado de fábrica corporativa en desempleo, y lo convierten en un policía discolo, con principios, encarcelado por negarse a abatir a civiles desarmados en una manifestación por víveres y artículos de primera necesidad. Una especie de Ghandi musculado, pacífico pero no pacifista, que ni tiene familia, ni problemas a los que responder en casa, un giro muy distante de la novela pese a conservar el nombre del protagonista original del libro.
Prisionero en un campo de reeducación, al más puro estilo Gulag, Richards entabla amistad con otros presos, que a modo anecdótico, conservan los nombres de los demás fugitivos que corren por sus vidas en paralelo a Richards, en las hojas originales del relato, pero que en la versión cinematográfica, pues allí están, picando piedra en la cantera junto a Richards, planeando una fuga.
Los injustamente recluidos presos logran fugarse, pero la alegría no les dura mucho, ya que pronto caerán en manos de Killian, el director del concurso Perseguido, que también coincide con el nombre y rol del mismo personaje en la novela, pero que no se parecen ni en el blanco de los ojos. Me llama la atención, a nivel anacrónico, que el Killian de la novela, fuese negro, y sin embargo en la película, fuese blanco. ¿Estaría mal visto en los 80 que un afroamericano fuese directivo de una gran corporación, sería eso un puesto ejecutivo sólo reservado a los blancos? Porque no les hubiese costado nada ser fieles a la obra y contratar un actor negro, pero en fin, mamarrachadas de la industria supongo, como su actual tendencia a tratar de normalizar a la fuerza la multiculturalidad étnica dando papeles en films a actores y actrices multiétnicos sólo por agradar a los defensores de ésto y de aquello. Vaya, que si se la liaron a Gerard de Pardier, no sin poca razón histórica, por interpretar a un Alejandro Dumas blanco, el día menos pensado Hollywood dentro de 30 años nos casca un biopic del Hitler negro, o un Michael Jordan blanco...en fin... un sin sentido de apariencias y protocolo.
El caso es que a Arnie, alias Richards, y sus compinches revolucionarios que conoció en la trena, los mandan al concurso para deleite y sacie de sed de sangre del público norteamericano del futuro.



En ésta ocasión, no han de huir por todo el país haciendo autoestop y enviando cintas beta por correo a la productora cada 24 horas, no, es algo mucho más hollywoodiense claro, digno de una producción de unos 30 millones de inversión, cuyo guión fue maleado y retocado una veintena de ocasiones. A los corredores les sueltan en un distrito de 40 manzanas en ruinas, todo bien videovigilado para el rodaje del show, y no les queda otra que correr como zorros en una cacería británica mientras unos cazadores de lo más rocambolesco les persiguen con la intención de asesinarlos.
Ciertamente, el mayor acierto de la película a la hora de tomarse licencias, son esos cazadores, que se han convertido en iconos del cine de acción de los 80 y el bajo presupuesto. En la novela, los cazadores eran una versión de los hombres de negro de la CIA discretos, que se movían en silencio, acechando a un Richards paranoico, que veía perseguidores donde no los había, aportando un factor psicológico de pánico continuo a la lectura, mientras que el protagonista se escabullía con disfraces, identidades falsas y cohartadas bien construidas. En contra, y de qué maravillosa manera, en el film, los cazadores son super estrellas mediáticas de la matanza y el asesinato, poco menos que neo gladiadores romanos, con pomposas vestimentas, nombres que inspiran el terror en el corazón de los fugitivos, y armas personalizadas como seña de identidad, con las que dar muerte a los desdichados corredores.

Sub Zero, Dynamo, Fireball, Budgesaw, Capitán Libertad... Qué gran elenco de horteras sacamantecas inspirados en el presing catch y vulgares jefes finales de pantalla de un videojuego 8 bits. Qué maravilla. Si la película merece la pena es por ellos. Cómo me ochentea verlos aparecer en escena.



En la película, el papel secundario recae en los hombros de la atlética Maria Conchita Alonso, a quien casualmente, veríamos en la segunda entrega de Predator, tras protagonizar Arnold la primera. María, que para mi es la predecesora del perfil artístico que hoy encarna Mitchelle Rodríguez,  da vida a Amber, un papel de heroína a la sombra del protagonista, una mujer frágil, en apuros, que necesita continuamente la defensa del todopoderoso Arnold, en cuyas garras de seducción caerá sin resistencia, para que en un final como Hollywood manda, sean felices y coman perdices. Algo muy de los 80 también, en lo que el cine actual ha progresado adecuadamente, pero que aún tiene que mejorar si se lo propone.
En la novela, Richards no era acompañado de ninguna escudera sexy y desvalida, pero sí es cierto, que el papel de María Conchita, es la versión extendida y reinterpretada de uno de los personajes de la obra original, el de una civil secuestrada por Richards como rehén en su huida, que poco a poco, durante su secuestro a manos de El Fugitivo, va destapándose una venda de los ojos, una venda que nublaba la realidad de su sociedad por debajo de sus zapatos de tacón de clase media, y pese a que nunca logra empatizar por completo con su captor, sí le llega a conceder el beneficio de la duda, entre el pánico que le profesa y un principio de síndrome de Estocolmo.

Lo que la película sí nos muestra, entre líneas de acción gratuita, peleas cortas con final feliz, y los bíceps de Arnold y sus peores frases machistas y cavernícolas, es cómo Libre Visión manipula las verdades y engaña al espectador para conducirlo a una opinión deseada a cerca del concurso y sus participantes. Y eso también lo encontramos en el libro, mucho más enfocado y como leit motiv principal por encima de la acción y los crochés, pero por fin película y libro se dan la mano en algo más a parte de los nombres de pila de sus personajes principales, en una sutil pero directa crítica light de la consabida e incuestionable manipulación de información por parte de los medios.

Diseccionadas ambas obras, y superpuestos sus paralelísmos y diferencias, sólo me queda añadir que el libro es una lectura obligada para los amantes de las distopías, y que la película ha envejecido mal, quedando a la altura de una producción de serie B que más que frenética resulta lenta y monótona, previsible, pero sobre todo icónica gracias a los bizarros perseguidores.

SMASH TV


Desde entonces, los concursos letales han seguido siendo tema recurrente en la CIFI en general, a la sombra de El Fugitivo, convirtiéndose en un recurso muy constante en los hilos argumentales de muchas obras en distinto formato, como por ejemplo el concurso de la “Tower of Death” en el videojuego Flashback, las peleas de Carbono Modíficado, la retransmisión de las Purgas de la saga la noche de las bestias, el cazador de recuerdos X-mas Kid en el videojuego Remember Me, y otros muchos ejemplos que olvido y que aún estaré por descubrir, pero si uno se llevó la palma a mi gusto, ese fue Smash TV.



Un videojuego de la empresa Williams, de la era de los 8 y 16 bits, en el que uno o dos concursantes, recorrían varios platós equipados con trampas mortales, frenando olas de matones y sobreviviendo a dispositivos de defensa futuristas, con el único objetivo de sobrevivir y recibir fajos y fajos de billetes, electrodomésticos y todo tipo de premios de alta gama, mientras el presentador, muy inspirado en el Killian de la película, hace de maestro de ceremonias plató tras plató acompañado de sus sexys azafatas. Que por cierto, se parecen también mucho a las de la película, de las cuales poco he hablado, y son un elemento importante, ya que , aparte de mencioanr que se trataba del equipo de cheer leaders de Los Angeles Lakers, el director, Paul Michael Glaser, las dotó de un gran protagonismo en la película, amenizando con sus coreografias (obra de Paula Abdul) los cortes publicitarios del show de Perseguido entre escenas de cacería.
Perseguido tuvo su propio videojuego licencia para ordenadores de 8 bits, como Spectrum, Amstrad o Commodore, pero es Smash TV el verdadero heredero espiritual del concepto concurso letal.
La mecánica es simple, avanzar fases estáticas, en las que nuestros muñecos han de sobrevivir a oleadas ingentes de enemigos, al más puro estilo Gauntlet, esquivando y disparando, mientras recogen power ups balísticos para causar mayor daño y destrucción, e items de recompensa como joyas, dinero, tostadoras, y cajas de premio misterioso,
El éxito del éste beat em up, reside en los reflejos del jugador, su velocidad de control, y su paciencia, hasta que por fin nos topamos con los jefes de concurso, donde Mutoidman será inmortalizado en los anales de los videojuegos como uno de los jefes finales más horrendos y desagradables de la historia. Un enorme híbrido de máquina de guerra blindada, cyborg, y mutante, que nos atormentará con proyectiles y embestidas de su módulo de tracción oruga mientras no dejamos de esquivar y disparar hasta reducirlo a vísceras y chatarra.
El juego es ágil, rápido, muy adictivo, divertido e ideal para un rato libre sin tener que casarnos con el desarrollo de una historia y sus obligaciones, es simple y llanamente, un reto de habilidad para poner tu alias en lo más alto de la tabla de scores.

Es hora de dejaros, que empieza el concurso de armeros amateur que compiten forjando filos mortíferos, en el canal que tengo sintonizado en el número 17 del dial. Hasta la próxima entrada.