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miércoles, 4 de diciembre de 2019

DEATH RACE 2000, EL FUTURO Y LOS COCHES, INSEPARABLES

AL VOLANTE DEL FUTURO QUE NO LLEGA



Bienvenidos y perdón por la tardanza, pero es que el tráfico rodado por la multipista de 9 carriles puede llegar a resultar infernal para desplazarse uno desde el sector industrial hasta las colonias de ciudadanos con permiso corporativo de baja cualificación en las afueras.
Claro, si tuviese uno de esas aero berlinas eléctricas Tesla Urano 5000 no me comería nunca estos atascos por vía terrestre, de 3 horas de embotellamiento. Al menos, como mi turismo esta geodirigido vía satélite, voy viendo mis concursos favoritos en la holored sentado, me encanta la nueva temporada de “Resort terminal”, me parto de la risa con “Gladiadores sin pasaporte” y la que me está defraudando algo en su nueva trigesimoquinta edición pero nunca falla es “La casa del Cyborg”. Dios salve a la tele ¿Qué haríamos sin ella? Y a los coches, por supuesto.

¿Recordáis hace décadas a ese tipo...Musk...¿Elon Musk? Algo así, que presentó un prototipo de coche indestructible con estética poligonal cyberpunk bautizado no sin menos descaro como Cybertruck, y le salió el tiro por la culata, se cargó la ventana del auto en la primera demostración pública, ¡Ja! Vaya tiempos aquellos, qué época debió de ser para vivir el SXXI.



Musk , el Steve Jobs de los coches, un multimillonario cercano y dicharachero, carismático, un adalid del cyberpunk, cofundador de paypal, del futuro hyperloop, Solar City, Neuralink, involucrado en proyectos de colonización interplanetaria, y bla, bla, bla, Todo lo que trae entre manos supone un exabrupto inalcanzable para los más escépticos, un sueño para los más crédulos, y por eso mismo es quien es, un vendedor de bloques de hielo en el polo sur.
Su hambre de cambiar el mundo, no sin llenar su caja fuerte, parece casi filantrópico si obviasemos lo segundo, y esa pasión es lo que hace que medio planeta confíe en él. Tesla ha sido todo un éxito por el momento, y disponer de vehículos de alta gama eléctricos con semejante autonomia empezaba a convertirse en una necesidad acuciante antes de ayer, ahora falta que la producción abarate los costes suficiente en función de la demanda para que todos podamos disfrutar uno, pero sospecho que queda mucho gas y petróleo por gasta en el mundo aún, y que una vez la democratización del vehículo eléctrico sea total, ya nos atarán las pelotas con un nuevo cable hecho de tasas, impuestos, o lo que sea.
Y bueno, no vine a hacer un articulo de Musk, pero sí de coches y la ciencia ficción, así que no podíamos pasar por alto a éste mecenas del cambio, un ciber Miguel Angel moderno. Un excéntrico soñador, que se permite soñar y ahcernos soñar a lso demás, que quiere diseñar nuestro futuro, y eso es de agradecer, sospecho que es un fan de la ciencia ficción, y que como todos los soñadores de tungsteno, extraña el futuro que llevamos imaginando décadas y que a las puertas de 2020 no ha llegado aún.

No tenemos aero patinetes como en regreso al futuro II, ni vehículos híbridos para aire y suelo como en Blade Runner. El futuro se resiste aún, y mucho. A veces da la sensación de que lo están retrasando a drede, que especulan con el progreso. ¿Industrias de combustibles fósiles? ¿Hay que agotar los recursos actuales antes de pasar a la siguiente fase comercial e industrial? ¿Estamos preparados para llenar el cielo de vehículos turismo voladores?
Hace poco veía el prototipo Skaide BMW de un híbrido tierra-aire, un huevo móvil convertible capaz de salir volando de un chasis terrestre de tracción rodada gracias a unas hélices tipo dron. Pero no soñamos con … eso...con un “gorrocóptero” de Doraemon tapizado en cuero, no. Queremos turbinas de despegue vertical, y las queremos ¡Ya!. No podéis seguir especulando con nuestro futuro ideal malditos traficantes de futuro (digo ésto en calzoncillos alzando el puño por la ventana, los asiáticos fumando y jugando majong en la acera me increpan algo en un dialecto que mi traductor neuronal de Google no logra convertir al español con decencia ni sentido para mi).

Pero las grandes corpos de la ingeniería del motor y transporte no cejan en su empeño, Airbus trabaja en ello, Porsche y Boing unen fuerzas para sus futuros prototipos, NEC en japón testea su homogéneo volador, Toyota diseña el coche personalizable FunVII, y todas quieren ser la primera en romper ese vacío del mercado. Y ya no es el diseño lo importante, si no las prestaciones, y las lunas digitales con realidad aumentada o características multimedia también se han convertido en una prioridad de la I+D automovilística, sin olvidar el "piloto automático" geolocalizado vía satélite.
Seguro que como siempre, la industria irá más rápido que la legislación y volveremos a vivir momentos como el del vehículoautotripulado por localización GPS atropellando a un androide en Las Vegas.


Ostras, a ver si el futuro sí está ya aquí, pero resulta que nos lo ha traido Aliexpress en vez de la Tyrell.
Sea como fuere, los coches siempre han sido un elemento propio del futuro, da la sensación en la mente y el imaginario colectivo, que es el coche volador el que inaugurará una nueva era y que hasta que no lo veamos no será cierto. Motor económico mundial desde la Revolución Industrial y Henry Ford, medio de transporte por excelencia, objeto de deseo, joya de la corona del diseño y la modernidad, citando a Marianetti con su manifiesto poético del futurismo en 1909:

“Un coche de carreras es mas bello que la Victoria de Samotracia”

Algún día tendré que hablar de las vanguardias, pero hoy le toca al automóvil en una entrada de blog que es un extraño sueño de tungsteno, plácido, y diferente a los demás.

Cuando era crío coleccionaba cromos, y los que crecísteis en los 80 del SXX muy seguramente recordaréis la colección “Coches” de Motor16 si no recuerdo mal. Me parece ver un Ferrari F40 rojo en portada.
Aquél álbum traía algunos cromos de prototipos que ya por los 80 soñaban con el futuro, diseños lisos de una sola pieza, sin juntas, de carrocerías onduladas y carlingas moldeadas al viento, extrañas moles de metal tintadas con faldón tan bajo que no se veían los neumáticos... Y además, al final del album, había una zona de creación artística para los más peques, en la que nos invitaban a diseñar nuestro coche del futuro.
Recuerdo el mío, una especie de Interceptor con aletas en el capó y el tejado, faros retráctiles, y todo tipo de marcianadas salidas de la mente de un crío acostumbrado al cine de los 80, Mad Max, Knight Rider, etc... Una pesadilla de ingeniería similar al coche que diseñó Homer Simpson en la serie de animación que protagoniza.



Pero es que eran los prototipos que salían en el álbum, lo que más molaba de todo. Parecían burbujas cromadas con ruedas, fantasmas de la carretera, cápsulas tripuladas salidas de una ficción espacial.

Desde los 70, algunos prototipos estaban fuertemente inspirados por las películas de ciencia ficción, es un hecho, la música por sintetizador, los cómics franceses (con Moebius a la cabeza), era una década que ya añoraba el futuro como seguimos haciéndolo nosotros. Y en éste caso Europa tomo la iniciativa y no Asia ni EEUU. Bertone y Citroen abrieron al veda en los 70 arriesgando con diseños impensables. Y de ahí el Citroen Karin, todo un sueño de tungsteno , bello, anguloso y maravilloso, sobre todo en su interior.




Siguieron otros como el Ford Maya, o el Citroen Xenia, pero no eran tan atrevidos como lo pudo ser el Lancia Bertone Stratos, un auténtico misil cromado sobre ruedas salido de una novela pulp de “ a duro”.



En la misma línea el Maseratti Boomerang, inspirado por la serie de dibujos animados Transformers, dato literal.



Y desde oriente, se sumaban a la moda y presentaron el Insomnia y lo pusieron a correr en Lemans a finales de los 70. Su panel de control es de traca, una fantasía digital única.




Alfa Romeo lo petó con el Carabo y el Navajo, auténticos carros macarras cyberpunk.



¿Y qué me decís precisamente de los paneles de mando? Luces, pilotos y contadores digitales quisieron suplantar a las agujas, porque sí, amigos, antes de las pantallas táctiles y los ordenadores de a bordo hoy tan a la orden del día, había agujas y marcadores analógicos, así que en cierto modo, los siguientes modelos de “dashboard” son merecedores de considerarse el primer paso del vehículo actual.
El del Oldsmobile Inca es toda una verbena espacial con mandos de “Tie fighter” en vez de volante, toda una pasada para un crío de los 80 si ya lo flipábamos con el volante de la máquina arcade de Spy Hunter.



El del Lancia Orca, aunque tenía volante, estaba lleno de lucecitas increíbles y botones como Kit.



Y el mapa digital del coche del vector V8 pues vosotros me diréis, que chulada, parece salido de la barra de estamina de un videojuego de vehículos de combate.



En EEUU el primero que me viene a la mente es el Plymouth Slingshot, eso en 1988 sí era el futuro, sin duda, un 16 válvulas con un exterior en perla y negro, con una carlinga de apertura frontal que imitaba a un aeroplano de combate. Menudo un sueño de vehículo.



El Chevrolet Express era muy parecido, parecía un extraño vehículo de combate, o de policía como el que después aparecería en la película Demolition Man, un Ultralite de la General Motors, más moderno claro, ya de entrados los 90.





Porque pese a que la búsqueda del futuro en el mundo automovilístico suene a retro, y actualmente el reto siga siendo el vehículo aéreo, los diseñadores más soñadores no tiran la toalla de jubilar el presente y meternos de lleno en el futuro con estéticas bio técnicas como el BMW The Vision.



Y es que los coches y la ciencia ficción están tremendamente unidos, son protagonistas de docenas de historias, el Ford Taurus de Robocop, el Delorean de Regreso al futuro, el Ford Falcon “Interceptor” de Mad Max, el Lexus 2054 de Minority Report, el Audi RSQ de la asimoviana Yo Robot; Ninguna de esas películas serían lo mismo sin sus coches.

Y por eso mismo, hoy voy a hablar también de una película en la que los coches y el futuro distópico lo son todo.

DEATH RACE 2000


¡La carrera de la muerte del año 2000! Ya, calro, que me instalen a mi en el turismo un par de armas de fuego automáticas, ya veríais como me lo montaba en los atascos. 
En fin, así imaginaba Paul Bartel los coches y el futuro en 1975, pobre ingenuo.


Bartel, que proféticamente falleció en el 2000, año en el que imaginó esta loca distopía motorizada, fue un director y actor neoyorkino a quien debemos o hemos visto en títulos muy populares en la TV y el videoclub durante nuestra infancia como Piraña, Los Locos de Cannonball (le gustaban los coches a Paul, sin duda), la infame Munchies, Gremlins 2, o escape from L.A., por lo que sobra decir que la mayor parte de su desarrollo artístico sucedió en circuitos independientes y producciones de bajo presupuesto.
Death Race 2000 es sin duda su principal éxito junto a Private Parts, ambas gracias a la cooperación de su amigo Roger Corman, responsable de otra larga lista de títulos de dudosa reputación y otros más afortunados como La pequeña tienda de los horrores, El Cuervo o Los cuatro fantásticos.





¿De que va Death Race 2000? Podemos sintetizarlo con facilidad, una carrera de coches ultra violenta de costa a costa de los EEUU en un futuro sombrío gobernado por un tirano. Pero no vamos a conformarnos con ésto, oh no, Multivac sabe que no.

El gobierno de los EEUU ha asumido un control dictatorial tras la última hecatombe bélica, económica y social del siglo XX. Para fomentar la economía y entretener a la población, cada año organizan la retransmisión televisiva de La carrera de la muerte, en la que 5 vehículos con su piloto y copiloto, recorrerán la nación con dos objetivos.
Uno, ganar la carrera llegando el primero.
Dos, sumar puntos matando gente en el camino. Sí, habéis oído bien, un alegato de ultraviolencia desmesurada y demencialmente cómica en la que de forma surrealista, Paul Bartel predice el mecanismo del videojuego Carmaggedon. Atropellar varones adultos no da tantos puntos como atropellar mujeres, adolescentes, infantes...y los jubilados ya son el bonus especial. 1975, Sí , yo me he quedado sorprendido, ya que el cine de la época aún trataba de recuperarse de La Naranja Mecánica y su visión nihilista de la ultraviolencia hacía 4 años. Obviamente, éste film no tuvo nid e lejos la repercusión de la de Kubrick, ni los medios, ni es una película que podamos considerar siquiera buena siendo honesto. Pero poniéndonos en situación, es una película muy atrevida, muy irreverente, y seguiremos hablando de eso mismo un poco más adelante.

La carrera es una parodia distópica absoluta que uno no sabe si tomarse a coña, en serio, o 50/50. Es como Los autos locos en versión adultos. Los coches, son vehículos de combate con ese toque pasado de moda (ahora que es el 2020 casi claro, por eso insisto, hay que ponerse en situación) de un imaginario año 2000 que hemos dejado muy atrás ya en el rpesente. Parecen hot wheels de circuito infantil, con carrocerías carnavalescas, zoomorficas y exageradas y enormes cuchillas y armas como cuadrigas modernas de Ben Hur.
Los pilotos, tres cuartos de lo mismo, asumen roles exagerados de alter egos temáticos, entre el súper héroes y el personaje de dibujos de Hanna Barbera, ridículo al máximo. Tenemos en el elenco una cowboy fatal en su coche con cuernos vacunos, una demoledora nazi con su esvástica y todo en una especie de bólido-tanque, un Marco Antonio romano de palo, Sylvester Stallone en el papel del piloto gángster de los Chicago 30's que en ocasiones parece Paccino torciendo el morro en el papel de Tony Montana; Y por último a David Carradine como Frankenstein, un superpiloto mejorado biónicamente en quirófanos, el favorito, con su traje de super héroe barato de látex-cuero que podríamos confundir con un sumiso de mazmorra sadomaso bondage.


Dantesco todo. ¿Pero a que apetece verla?


Stallone y Carradine copan el protagonismo de ésta marcianada de culto, dos pilotos enfrentandos, rivales colosales, en una cinta que no hace ninguna gala de corrección política, y que como hablaba en otras pelis de la época, como Rollerball o America 3000, han envejecido de una insultante manera retrógrada que las convierten, en la equidistante era actual que nada tiene que ver con la distopía cruel y salvaje que imaginaron, en una ficción machista y gratuitamente violenta con un buen puñado de escenas que el Franquismo no censuró pero que hoy en día sí censurarían defensores y defensoras de ésto y de lo otro sin pararse a tratar de entender ni un momento que es una ficción, repetimos ficción, una vez más F-I-C-C-I-O-N, y que no tiene por que representar de forma exponencial ningún sector real de la sociedad, no pretende tener carácter educativo, y sólo responde a la imaginación, bizarra o no, del autor, que debe fluir libre sin atender a cánones éticos ni morales, aunque la firmase Srdan Spasojevic. ¿Por qué? Porque es una FICCION. Y con ésto no me posiciono en ningún caso que me caigan bien ni me parezca bien lo que hacen o hicieron ni Francisco Franco ni Spasojevic ¿vale? Que hay que ir con las manos en la nuca con la gente del SXXI como cuando la poli de Texas te pide que pares el coche a un lado de la carretera, porque todos tienen el ratón cargado y el dedo tiritando sobre el click.



La película presenta una sociedad hyperviolenta, alienada, que como en Rollerball, o en La naranja mecánica, necesitan su circo. Seguramente pretendió horrorizar al espectador de hace 40 años, mostrándole una caricatura grotesca de la sociedad americana, de su violencia innata enraizada en al sociedad, de la cosificación y la deshumanización, que acaba representada en un sainete sobre ruedas con mucha sangre hecha con botes de tomate frito, coches copiados de un reto escolar de carreras estudiantiles cuesta abajo, algunos pechitos al aire muy de revista, y Stallone cascándole un puñetazo a la playmate rubia y cateta que le hace las veces de copiloto, porque sí, porque su personaje Al Capone del Hacendado precisamente es eso, una caricatura del mal gusto machirulo y dominante de un líder del hampa.



Por lo demás, la pelicula incluye escenas de humor absolutamente absurdo, a lo Benny Hill pero con gore y coches de carreras, y ese pequeño intento de hacer sorna sobre el estilo de vida puramente americano, con un presidente de los EEUU que es un monigote, dando alguna puntada con hilo gordo a cerca de que los medios de comunicación están totalmente comprados al servicio del poder desinformando al espectador, y una pequeña moraleja revolucionaria y política que yo descifraría en clave de desencanto, pero no voy a hacer spoiler.

Como anécdota, reuniendo algunos de los actores que reúne, teniendo la solera que tiene, y prediciendo un futuro distópico, si empatizamos con la fecha de producción, los medios que seguramente tuvo la producción, y todos esos aspectos a poner boca arriba sobre la mesa antes de darle al mando a distancia, la película tiene un anecdótico pase cinéfilo, curioso, aunque no bueno.

Pero no podía quedar ahí la cosa, que va, en 2017 a alguien se le ocurre rodas Death Race 2050 con exactamente la misma premisa. El majadero que destroza cualquier atisbo de orgullo y humanidad que pudo tener el título original con éste remake es G.J. Echternkamp, que no tenía yo ni idea de quien era hasta que visualicé éste bodrio absoluto, y que tras investigar un poco, sigo sin saber quién es ni haber visto nada suyo. Lo peor de todo es que Roger Corman produció semejante ofensa a su película original.



Su revisión del clásico es si cabe, más absurda, más patética, con peor producción en retrsopectiva del tiempo pasado desde la original a la suya, y en fin, mala a rabiar, no voy a entretenerme mucho en hablar de algo tan malo.
Resumiré con que añade a la misma temática nuevos pilotos secundarios, manteniendo a Frankenstein encarnado ésta vez por Manu Bennet (el orco malvado e hiper carcterizado del Hobbit ), y repite la historia original, con licencias como añadir el fenómeno de la realidad virtual a la carrera televisada, y cambiar toda aquella morralla incorrecta de la primera, por chistes malos y situaciones sin sentido y efectos especiales de bazar ostentosos e ineficaces.
Pero en honor a la verdad, había que mencionar que semejante horror, que rivalizaría con Troll 2, existe, y no hace ni la mitad de gracia, ni logra transmitir la burla del estilo de vida y política americanas porque es tan mala, que no puede uno entrar en la onda sin avergonzarse.
O a lo mejor, teniendo en cuenta que Corman produjo esto, igual no he terminado de entender la película, aunque veo de lejos por donde quieren ir los tiros, pero no hay quien lo aguante. Delirante.


Atención, que uno de los documentos que aún no he podido cotillear, pero que pienso hacerlo a menos tardar, son los cómics de Death Race 2020 de Roger`s Corman Cosmic Comics, tienen una pinta pulp que no me quiero perder por nada del mundo.



El clásico de Corman, obtuvo una continuación cronológica de su universo con la trilogía Death Race de Paul W. S. Anderson (de quien ehmos hablado hace bien poco en el blog) protagonizada por Jason Statham, que retomaba la historia distópica original, dándola un acertado lavado de cara al gusto contemporáneo y consiguiendo cierto éxito comercial gracias a las tan deseadas escenas de acción y velocidad rodadas con medios actuales y un buen presupuesto. Pero de ésa trilogía y otros spin offs del universo Death Race de Corman, hablaré en un segundo capítulo de la entrada, porque esto se está iendo de las manos hoy, y no pretendo escribir la biblia, dosifiquemos, que aún me queda, y dediquémosle a ésta trilogía renovada el hueco que se merece en los sueños de Tungsteno.






Y POR SUPUESTO, VIDEOJUEGOS


Y como no podía ser menos, la distopía sobre ruedas, los duelos al volante, los destruction derby del futuro, donde mejor retratados han quedado es en los videojuegos.

Como la entrada de hoy, pese a que me está encantando, se hace demasiado densa, no voy a centrarme en un título en concreto, pero al igual que con esos modelos de coche real que hicieron y siguen haciendo volar nuestra imaginación, que menos que darles un repaso a granel.

Si hay un título que me encanta de coches compitiendo violentamente en el futuro, es F-Zero.
En ese clásico exclusivo de Super Nintendo, de 1990, firmado por Miyamoto, dios absoluto de la gran N en el panteón de seres supremos, pilotaremos vehículos futurístas, aéreos en ésta ocasión (un paso evolutivo imaginado por todos en la automoción), en aceleradas carreras en las que nuestro vehículo podrá quedar destrozado si no somos lo suficientemente hábiles.



La sensación de velocidad arrasó en el mercado de juegos de carreras de los 16 bits convirtiéndose en un pequeño portento técnico y un clásico inefable.
De hecho, se constituyó como saga, continuando en los títulos F-Zero X, F-Zero Maximum Velocity, F-Zero GX, F-Zero GP Legend y por último F-Zero Climax, y lejos de ser revisiones de carreras del futuro y poco más, como suele hacer Nintendo, incluye un trasfondo para darle profundidad al universo en el que se compite, narrando un almanaque de la historia de la competición, incluyendo eventos históricos, y mitificando pilotos. Todo éste universo expandido dio píe a una serie anime en japón incluso, lo que constata su éxito.

Hubo otros juegos intentando hacerse con el trono de la velocidad del futuro, como Wipe Out, de Psygnosis para Playstation, Saturn y PC en 1995. Las carreras del año 2052, dispuestas a hacer sombra al clásico susodicho de Nintendo, bautizadas como la F3600, carreras de anti-gravedad, con vehículos aerodeslizados. El jugador podía elegir diferentes vehículos pertenecientes a diferentes escuderías o equipos megacorporativos, y la historia sigue reduciéndose a lo mismo, ganar sin explotar en una curva. Nada nuevo, aunque a nivel técnico, la velocidad y los gráficos daban un salto exponencial respecto a su predecesor espiritual.



Hubo otros en el intento, como Mega Race, para PC, Sega CD y 3DO firmado por Cryo en 1993. Seguimos dándole vuelta al torno Perico, carreras futuristas y violentas, que en ésta ocasión, sí eran sobre ruedas.
El juego exprimía la tecnología 3D del momento e incluía secuencias digitalizadas de full motion video.
El juego aguantó una segunda y una tercera entrega, luchando contra el olvido.




Y entre carrera y carrera, no puedo despedirme sin mencionar Spy Hunter, el arcade con el volante más retrofuturista de la historia, que gozada era agarrar ese volante sudado en el salón recreativo y creerte Michael knight a los mandos de Kit. En aquel shooter vertical que ficcionaba las persecuciones de un espía modo 007 conduciendo su mortífero coche ultra tecnológico por la autopista.
Secuelas y una docena de ports avalan el incunable de Midway del 1983.



Y podríamos añadir otro porrón de títulos con coches de combate como protagonistas como Car Wars, Power Drift, Badlands, Fire & Forget, etc, etc, pero estos, aunque tienen coches armados y autopistas interminables, creo que más bien deben lo que son a Mad Max, que ya tocará otro día, con mimo, cariño, devoción y miedo por hacerle los honores necesarios.
Lo mismo con juegos de mesa y o rol como Gas Lands o Combat Cars.
Y por supuesto, seguro que me recordáis más títulos, o me descubrís muchos más del estilo, porque no lo se todo, ojalá.


Así que, perdón por el retraso, y hasta la próxima, que estoy oyendo como pita la alarma de mi buga aparcado abajo ene l callejón, y ya veo por la ventana que hay un par de punks llevándose los tapacubos, cojo el jamonero y bajo en bata. ¡Nos vemos en el futuro!


martes, 15 de octubre de 2019

EL DEPORTE DEL FUTURO, DE ROLLERBALL A LAS VIDEOCONSOLAS


EL DEPORTE Y EL FUTURO, DROGA Y CIRCO.


¿Qué tal la semana? Espero que bien tungstenitas, deseo que no os hayan explotado más de la cuenta en vuestras megafactorías ni que vuestro sector haya sufrido ninguna guerra corporativa reciente. La vida es dura, pero siempre tenemos a mano pequeñas alegrías que nos hagan sentir más humanos y menos máquinas como los fármacos recreativos, la realidad virtual o el deporte.
El deporte, a casi todo el mundo le gusta el deporte, verlo, que no tanto practicarlo, ya que el deporte, nos guste o no, entraña sus riesgos para la salud aunque su finalidad es precisamente mejorarla. Yo, por ejemplo, he quedado seriamente averiado de los píes, precisamente, por venirme arriba durante semanas con unas zapatillas de pobre, y ahora pago las consecuencias, físicas y económicas, de tener que recibir un tratamiento que no cubre la seguridad social para volver a caminar sin ver las estrellas. Así que eso opino del deporte.
Pero verlo desde el sofá noruego de impresión 3D  en mi salón de pladur y sinteplástico, con una cerveza y ganchitos derivados del petróleo con acidulantes y conservantes, ¡eso ya es otra cosa!

Unos pocos elegidos llegarán a la cima del deporte, se convertirán en dioses, ídolos superiores a los políticos, los CEOs del zaibatsu, y las estrellas del chrome rock. Deportistas de élite, la más flamante especie depredadora del sistema. ¿Y el resto de deportistas que en su ascenso al ático, pasan la puerta de entrada del rascacielos del Olimpo, pero se les estropea el ascensor en la segunda, tercera o cuarta planta sin llegar a la 20? Vaya, poco pensamos en ellos, que durante un tiempo corto, se lucraron rápidamente, con pingües beneficios que se evaporaron rápido, en malas gestiones e inversiones, y nunca volvieron a ser nadie... Mucho psiquiatra. 
Como aquellos héroes y heroínas nacionales, que dieron la plata, el oro o el bronce a sus naciones, y años después, acaban con la masa proletaria, compartiendo piso entre 4 y atendiendo en una category killer deportiva con su nombre en una chapita en el pecho del niki, porque ya nadie sabe quienes son ni lo que han hecho mientras les piden un par de Nikes del 43 del almacén.





Sí, el deporte es cruel, es un negocio que desprestigia el esfuerzo, sacrificio, dedicación y logros de quienes lo practican tanto como sus beneficios, eclipsando sus riesgos, y cada generación sigue inundando los sueños nocturnos de pequeños y mayores. ¿Y cuando les pregunto a mis cachorros de la familia qué quieren ser de mayores? Responden sin ninguna duda...futbolistas, angelitos míos, qué miedo.
El negocio y el mundo del deporte es un mundo lunar, con la cara visible y la cara oculta, con mucho helio 3, un mundo corporativo que se sostiene sobre intereses económicos y de ingeniería social, diseñado por los titiriteros para moldear los estratos, sin ninguna duda. El espectáculo deportivo en la clase proletaria y media, es como el crack para la clase desfavorecida, es opio, pan y circo, fanatismo religioso. 
Son un grupo de gente capaz de criticar cualquier otra afición o actividad que no sea la de ir al estadio con la cara pintada, un tambor, bufandas de colores y cascos de vikingo, plumas de indio o pelucas de rizos. Gente que se considera digna y normal a diferencia del resto que juegan con espadas de gomaespuma, leen tebeos, saltan bancos del parque o lo que sea que hagan esos frikis. Es esa misma gente, orgullosa de sus costumbres (y por que no, cuidado, cada uno camela como quiere camelar si dejas a los demás camelar también) dispuesta en ocasiones a partirse la cara contra otros seres humanos exactamente iguales que ellos pero con otros colores en su disfraz. Parte de esa misma gente, entrará en la trampa del sistema politizando su afición, atribuyendo valores políticos a sus camaradas de grada o a su propio equipo y sus dirigentes. 
El efecto del deporte sobre la sociedad es demoledor. Lobotomiza y moldea a la víctima más que un político, más que una compañía de telecomunicaciones, más que el refresco de Cola extra azucarado y más que nada que puedas amar más que a tus hijos y tu pareja sin darte nada a cambio, sin compartir contigo ni uno de los céntimos de los millones y millones que generan diferentes empresas buitre al rededor gracias a tu pasión por ello. 
Pero no me malentendáis, no lo critico, formo parte de esa misma trampa en otros sectores del espectáculo como el cine o la música, donde encontraremos perfiles muy similares. El ser humano somos así, susceptibles de idolatrar.

Por eso el deporte es un negocio actual que encaja en la distopía futurísta mejor que cualquier otro. Porque el zaibatsu ha llevado el espectáculo deportivo a cuotas que aún no han tocado límite, y que seguro evolucionarán a cúspides inimaginables por nadie, o tal vez ya imaginadas en la ciencia ficción una vez más. Porque el deporte es cyberpunk, tiene sus antihéores, anárquicos, malos ejemplos, sancionables, rock stars de la pelota, la raqueta, el hierro o los guantes. Individuos volátiles, drogadictos, políticamente incorrectos, antisistema, viciosos y puteros, que podrían liderar alzamientos populares con sólo chasquear sus dedos. ¿Por qué no lo hacen? ¿Qué ejemplos tenemos hoy en día?
Héroes de la clase obrera y líderes de lo incorrecto como Maradona y Tyson; asesinos monstruosos como Pistorios y OJ Simpson; ácidos detractores de lo establecido y agitadores como Rodman y Barckley; tramposos como Armstrong; y líderes políticos y espirituales como Mohammed Alí o Jessy Owens, que si los comparamos con los demás personajes citados, tristemente, pertenecen a otra época, una época épica no tan lejana con necesidad de ideales, con hambre en la conciencia, con ganas de luchar, una sociedad de la que deberíamos rescatar valores y cambiarlos por todo ese somnífero y cloroformo social impuesto por el orden mundial como es el sexo, las drogas, los likes y los pulgares hacia arriba. Otros, como el antiguo piloto de Rallies Claude Maurice Marcell, decidieron en vez defender unos valores, crear los suyos propios y montar sectas. ¿Entendéis a dónde voy? Es triste que se hayan convertido en role models auténticos perdedores como ellos, porque pese a sus goles, triples o touch downs y k.o.s, son perdedores de la moral, son máquinas de entretener, marionetas del sistema, droga, son droga para el pueblo transmitiendo un mensaje erróneo, una fake new que dice “puedes llegar a lo más alto siendo un patán”, y así va la sociedad, con niños pensando que ¿para qué estudiar si puedo anotar tantos, tener mujeres y esnifar droga pura? Pero incluso para eso, hay que esforzarse mucho, y lo que es más importante, la segunda fase, hacer los contactos, estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, pasar por el aro del que suelta la gallina, tener carisma, y renunciar a tu alma.

Porque el juego de los deportistas de élite incluye las galas, la etiqueta, las relaciones públicas con empresarios, actrices, periodístas influyentes, políticos, abogados, economistas, el waltz de los millonarios, de la avaricia que los deshumaniza poco a poco, de aceptar su posición de depredadores en la pirámide, y del más tengo – más quiero. Y terminarán cayendo en la trampa del patrón, convertidos en mulas de sus intereses, culpables de malversación de fondos, cohecho, testaferros, y toda una larga lista de delitos fiscales de guante blanco, o casados con una heredera de casa real corrupta y pagando el pato en prisión.

El deporte es cuna y tumba de celebridades fuera de la cancha, dignas de un cuento de Gibson, capaces de verse involucrados en complots empresariales y políticos, sucesos violentos, negocios de extraperlo y mercado negro, como Molly Millions y Armitage, sin ninguna duda. Poco se explota esa faceta humana, al margen de lo profesional de los deportistas de élite. ¿Por qué? ¿No interesa? ¿Alguien lo restringe desde los sillones de piel y las enormes mesas de cristal de una sala de juntas?
A veces alguien se atreve a hablar de ello, y os recomiendo la serie televisiva Ballers, donde el mundo oscuro de las estrellas de la NFL queda medio destapado en una ficción con mucha realidad autobiográfica. Entre el quaterback de moda y la biografía de los Motley Crüe hay pocas diferencias, dolares, drogas, burdeles, y una larga y divertida lista de censurables aventuras al margen de la ley.
La fama trae dinero, el dinero trae poder, el poder trae glamurosos problemas.



A parte del carácter megacorporativo tan distópico que el deporte encarna, sus conquistas socio culturales y cerebro planistas impuestas desde posiblemente lugares como el instituto Tavistock, y sus antihéroes, el deporte también representa algo digno de tener en cuenta para imaginarnos el futuro, tecnología e I+D.
Mas fuerte, más rápido, más lejos. Los griegos lo dejaron claro hace siglos, y sigue siendo el lema de la actividad física, lograr que la mente desbloquee sus puntos débiles para llevar el cuerpo a su tope de explotación, como la mejor máquina de ingeniería creada por Benz o Ferrari. Precisión, control, puntería, resistencia, perfección. Para llevar los huesos y la carne al récord, hacen falta mejores zapatillas, mejores raquetas, mejores motores, y ahí, igual que un gobierno tiene la gallina de los huevos de oro en la industria tecnológica y armamentística (siempre que tenga enemigos claro), ahí es donde el deporte moviliza el producto interior bruto de la nación. Ingenieros de todo tipo, físicos, médicos, mecánicos a sueldo del deporte para mejorar las herramientas del mismo, y toda una legíón de ciudadanos de baja estofa en naciones en vías de desarrollo civiles (que no industriales) de los que nadie se acuerda cosiendo y manufacturando sus revolucionarios accesorios deportivos en barcos factorías flotando sobre aguas internacionales por 1€ la hora, como en una historia de Neal Stephenson. Salvando los vacíos legales obvios, hay muy poca diferencia desde el camello enjoyado de Manhattan al indígena cultivando coca en la selva dentro de éste negocio. La cadena capitalista en movimiento con casi idénticos efectos, manufacturar un producto millonario que tiene al obrero entretenido y despreocupado, en resumen.

Todo ese desarrollo tecnológico, podría derivar en un futuro ficticio (o no) en mejoras genéticas para los deportístas, o incluso injertos cibernéticos para seguir siempre mejorando el espectáculo, más fuerte, más alto, más lejos. Me imagino el discóbolo con un brazo cromado y me fascina la nueva humanidad que sueño con un toque Windjammers.

Así que no es locura que el deporte ocupe un interesantísimo puesto en la ciencia ficción y las distopías que aún no he visto explotar con tiento en la literatura ni el cine, pero tal vez sí en uno aparentemente menos formal como es el de los videojuegos.

ROLLERBALL


Una de las películas que a mi opinión abanderaría todo éste punto de vista futurista del deporte es Rollerball de 1975.
Dirigida por Norman Jewison (El violinista en el tejado, Huracán Cárter o Jesucristo Superstar), nos llevará a un futuro pasado imaginado a finales de los 70, y digo futuro – pasado porque nos ubica en nuestro ya caducado 2018, ya sabéis cómo va ésto de la ciencia ficción, tiene fecha. En ese futuro que él imaginó, los gobiernos, los países, ya no existen o son meros títeres de las corporaciones. Uhhhh, se me pone el vello de punta, pura filosofía cyberpunk, vamos bien.
Seis corporaciones dominan el globo, la energética, la de alimento, la bélica, y básicamente sin recordarlo ni haber tomado nota, cada una representa una necesidad básica del capitalismo y el new world order. De una forma utópica, camuflada por los titiriteros fumadores de puros cubanos, la sociedad ya no tiene guerras, ni enfermedad, ni paro, pero todo está pre programado por las corporaciones, la libertad es un espectro difuminado que el ciudadano cree disfrutar gracias a tener las necesidades básicas cubiertas por la megacorporación para la que trabaja, y sobre todo porque tienen Rollerball, el deporte corporativo rey, el espectáculo número uno en todos los hogares del mundo. “Que le den a lo demás si cada martes tengo mi partido de rollerball”, ya sabéis.



La película, no obstante, es la adaptación del cuento de cifi escrito por William Harrison con nombre Roller ball Murder que sintetizaba la misma historia.

Toda la idea introductoria del blog de hoy resumida en un film, dejando claro que yo no invento nada en mis reviews, sólo presto atención a lo que vienen décadas avisando otros genios creativos.
El caso es que Rollerball es un deporte de contacto que mete en una cancha circular con inclinación (similar a la de ciclísmo en pista actual) que conforma un circuito ovalado por el que desfilarán ambos equipos sobre patines y motocicletas. Alucinante mezcla.
El objetivo, parece ser (y digo parece, porque en la película, siguiendo muy bien las clásicas reglas de worldcrafting del cyberpunk apenas nos explican nada ni nos introducen al cotarro) que consiste en recoger una pesada esfera de metal que se lanza al campo cada tanto, y tras dar varias vueltas al circuito sin haberla perdido o haber sido placado, introducirla en una “canasta” única sobre la pista para conseguir el tanto. Según lo vi me recordó al roller derby del que me he hecho asiduo en youtube hace poco.
Con patines, velocidad, motocicletas y una pista ovalada, está claro que va a haber contacto físico. La estética retro futurísta de los jugadores tiene todo ese encanto del punk con sus cascos, sus hombreras, mitones con tachuelas, y a la vez el punto casposo retro de jugadores con patillas, flequillos y correctos bigotes ralos de vendedor de cadillacs en un concesionario.

La película comienza con un partido de lo más llamativo, Houston contra Madrid, me quedé boquiabierto y divertido con que Jewison incluyese una mota de polvo setentera como Madrid entre las metropolis mundiales que podría haber elegido para su distopía. Y nos introduce a un equipo liderado por Jonhatan, el capitán, un veterano jugador de rollerball que lleva ya siendo el ídolo de los hinchas varias décadas, mucho más de lo normal en un deporte tan veloz y violento donde las lesiones obligan a las estrellas a jubilarse anticipadamente. Jonhatan es interpretado por James Edmund Caan (decir que es Sonny Corleone en El Padrino debería ser suficiente), un deportista correcto, conforme a los cánones sociales, fiel a la corporación energética que le provee de un lujoso rancho, coche caro, ropa de diseño, helicóptero y de diferentes mujeres , lo más llamativo, esa visión de que la corporación no sólo te dará de comer, si no que saciará tus apetitos sentimentales o meramente carnales con elegancia proporcionándote una pareja profesional, sumisa, cariñosa y complaciente, hasta que te canses de ella y le pidas una nueva a la corporación. Totalmente impensable hoy en día, sin entrar a valorar lo machista o incorrecto que puede suponer en nuestro pensamiento social actual (también diseñado pro arquitectos de la mass social obviamente), pero que dice mucho de lo vacuo que el ser humano es por naturaleza cubiertas sus necesidades maslowianas. Lo mismo nos da 8 que 80 si el viento sopla a nuestro favor.
Y ojo, que precisamente, ese conformismo seccionario, ese don del confort regalado sin hacer preguntas de por qué vías llega es uno de los motores del cambio, porque ¿qué tienen los demás? ¿Qué hace la corporación con los demás si está haciendo ésto conmigo?.
A Jonathan le remueven la conciencia cuando el presidente de su corporación le invita a retirarse de forma muy persuasiva. Jonathan, encarnando los valores de equipo, rebeldía y superación, derogará la propuesta, poniendo en su contra al poder establecido y espoleando a los hinchas de la clase proletaria a creer que es posible ser libre en un mundo en el que la corporación son nuestros dueños y la mano que nos da de comer.
Por que claro, tras el estrellato del rollerball ¿que hay? ¿La corporación me quitará el rancho, la esposa semestral, el helicoptero? El drama del deportista profesional real, la caída desde el noveno piso como decían en la película de La Haine. Aún hecho éste inciso, esa no es la motivación de nuestro Jonathan, no quiero confundiros.


Jonathan es testarudo, es ese tipo de héroe viril, macho alfa de otra década, atormentado por la pérdida de su único amor verdadero, una de las esposas que la corporación le proveyó y que no ha borrado de su mente ni vuelto a ver en los último años. Un machote romántico que sigue hacia adelante gracias al equipo y el rollerball. Sin rollerball y sin chica, ya no le queda nada, su vida se derrumba, y decide impedir marchitarse, rebelándose en la pista contra sus amos.
Comenzará a tirar de la manta, a inmiscuirse en asuntos prohibidos, a husmear en las entrañas del nuevo orden, expandiendo la profundidad de la historia, presentandonos a Zero, el superordendor corporativo que acumula todo el saber de la humanidad (correctamente seleccionado y clasificado previamente por las corporaciones), vamos, el internet de ahora, o una especie de Multivac asimoviano de marca blanca.
También veremos como la sociedad se olvida de la realidad con fármacos recreativos a parte de con el Rollerball, en unas pinceladas snobistas pero denigrantes de un futuro ultraprocesado.

Jewison nos dio una fiable (en aquella década) visión de los glamurosos problemas del deportísta de élite, marioneta del poder, falso libertino controlado, que llegado un momento de clarividencia personal, decide luchar contra el director de orquesta. El capitán se Houston es un antihéroe, un pez contra corriente, que rechaza los regalos de la sumisión y se encabrita contra sus antiguos mecenas. Toda una metáfora distópica repetida hasta la saciedad.
En el apartado técnico, la película, que hoy en día tiene un ritmo lento y el Rollerball no le llegaría a la suela de los zapatos en velocidad ni emoción al Motorball de la Alita de Rodríguez, presenta guiños e influencias kubrickianas que me recordaron a La naranja mecánica ( años anterior) tanto en su visión futura inmediata de la moda textil y la estética, como el uso de la música clásica de Bach en la BSO para una película futurísta, dejando caer que el futuro tendrá las mismas epopeyas, dramas y problemas que el humano lleva teniendo desde la antigüedad. A fecha de hoy me parece una buena película si tenemos en cuenta el prisma social y estilístico de hace nada más ni nada menos 40 años. Con momento poéticos por momentos que tratan de gritarnos algo dificil de traducir (la escena del "tiro al abeto"). Y sobre todo, si comparamos ésta arriesgada obra pionera, con su horrible remake de 2002.



“Hay, cómo hemos cambiado” decía la canción, y qué mejor recuerdo musical que ese para despellejar Rollerball de 2002, de la mano del polémico (por el caso legal Pellicano contra el FBI) John McTiernan (con joyas como Depredador y El último Gran Héroe) que nos regaló un bodrio de gran tonelaje, reventando el clásico de Jewison y la obra de Harrison, con un elenco de actores suficientes e insuficientes totalmente desaprovechados y mal dirigidos como el rapero LL Cool J, el siempre carismático Jean Reno y Chris Klein ( American Pie y otra larga lista de mediocridades a mi opinión) resucitando a Jonhatan como capitán de un equipo de rollerball pero en una caótica actualidad del siglo Xxi, en extremo oriente, en una nación satélite de la antigua URRS balcanizada donde todo vale y las mafias locales campan a sus anchas mientras el proletariado es no más que esclavos en minas de carbón, que sin mucho protagonismo en el lore andan por la ciudad montando manifestaciones y revueltas mientras el resto de la sociedad mundial se lo pasa pipa con el rollerball.

En ésta nueva versión, las moralejas rebeldes y los cánticos antisistema y proratas de superación individual quedarán totalmente al márgen, mitigadas y sustituidas por fallidas escenas de acción y velocidad, chicas guapas y tíos cachas en busca del blockbuster. Poco, muy poco puedo destacar de esa segunda versión, más que los uniformes de los equipos de rollerball están muy chulos con un toque menos deportivo que la original y mucho más MTV, acordes con los 30 aós discurridos entre película y película, y que lso equipos de rollerball serán mixtos y no sólo masculinas, que no representarán corporaciones, si no que son bandas de especialistas violentos y zumbados criminales ganándose la vida sobre patines, y que la lacra del rollerball en vez de zaibatsus y empresas será la audiencia televisiva y el enriquecimiento de los ejecutivos deportivos con prioridad sobre el de los deportistas. Una crítica muy descafeinada a cerca de la mafia deportiva en general, ajena a males sociales endémicos y leitmotives distópicos, muy cogidito todo con pinzas, que lo único que refleja es como decía al principio, la forma en al que ha cambiado el gusto por filmar, la moda, el estilo y la sociedad desde los años 70 a los 2000, los cambios de consumo por parte del espectador, Bach sustituido por rap y punk californiano, patillas y bigotes por biceps, crestas y silicona, uniformes protocolarios en la pista por cascos de samurai y hombreras con pinchos, nada de ordenadores con inteligencia artificial controlando al sociedad ni nada por el estilo y bla, bla, bla. Pero nada, absolutamente, nada más. Ningún acierto de guión, ninguna escena divertida, nada, sólo estética, un videoclip de hora y pico.

LA ERA DORADA DE LOS 90 Y EL DEPORTE FUTURISTA EN VIDEOCONSOLA


Y del cine, al soporte que mejor nos transportó jamás al futuro y sus deportes, el videojuego.
Principalmente en los 80 y 90, cuando la distopía ligera seguía teniendo hype y recepción en las subculturas intelectuales y juveniles influida por el cine del momento como robocop, Mad Max, blade Runner, The Runningman y un largo etcétera de clásicos atemporales.

De todos y tras haber hablado de Rollerball, tal vez los títulos Speedball y Speedball 2 fueran los más carismáticos.

SPEEDBALL


1988, Bitmap Brothers (Xenon o GODS entre otros títulos) traían a la palestra de las consolas de 8 bits como la NES de Nintendo y la Master System de SEGA, un título que trató de repetir lo visto en la película Rollerball con algunos cambios de guión incluidos. Un equipo de deportistas – gladiadores, con una estética chromed digna del explotation distópico – pandillero de los 80, disputarían la victoria del futurista deporte más violento jamás soñado por el hombre en nuestras televisiones del futuro 2095.
Copiando más un reglamento cercano al hockey hielo, sustituía la pista de carreras ovalada por una cancha vertical con dos porterías enfrentadas. La bola metálica era puesta en juego y comenzaba un alocado partido de rebotes, golpetazos y goles al que yo soy incapaz de poner orden ni concierto. La velocidad de la bola, el control y la dificultad de manejo, la latencia del control del jugador y otros fallos monstruosos incluso para la época, lo convierten en un juego icónico pero nada disfrutable.



Pero tranquilos, porque pocos años después, 1990, limaron las aristas del juego pariendo Speedball 2, la liga había evolucionado tras múltiples temporadas, el deporte violento rey había llegado al 2105, y eso, en el juego, se notaba.
La velocidad de la bola comenzaba a ser equiparable a la de los jugadores y la reacción de los mismos a nuestras ordenes desde el joy pad. La jugabilidad mejoró susancialmente aunque seguía siendo endiabladamente dificil ganarle un partido a al IA. Los gráficos eran más atractivos y coloridos, y sobre todo, la gestión del equipo como en la mayoría de simuladores de deportes reales, fue un acierto. Podíamos mejorar nuestros jugadores del equipo con mejores protecciones de pecho o de cabeza, mejoras de velocidad en sus piernas, mejoras de ataque en sus brazos, y en definitiva, gestionábamos nuestro estilo de juego para después liarnos a golpes en la cancha.
El equipo aumentó de jugadores, los power ups disponibles en cancha ( a modo arcade) superaban a los de a anterior edición, y Speedball se colocó con nombre propio entre los clásicos de la década 16 bits como Megadrive.



Años después, en playstation de sony, se trató de revivir la franquicia con Speedball 2100, que pasó totalmente desapercibido en el mercado y al que yo nunca jugué.




CYBERBALL


La NFL recibió su versión futurista de la mano de Atari, con título Cyberball. Los titánicos jugadores de football americano se convertirían en el futuro del 2022 en robots de varias toneladas equipados con tracciones de oruga, pinzas y sierras o cualquier otro ingenio mecánico con el que avanzar yardas y aplastar a su equipo rival hasta el touch down.

El juego era un simulador más que un arcade, y eso apra mi, era de agradecer por dos cosas. La primera, soy un pesimo jugador de videojuegos de deportes, siempre pierdo. La segunda, no tenía ni idea de las reglas del football americano, con lo que necesitaba tiempo para estudiarlas, aprenderlas, y tener una pizarra de coach en el juego, para elegir las técnicas y las jugadas de cada pateo, me venía de perlas.
Dicho esto, puede parecer un jeugo aburrido y lento, pero a mi me gustaba mucho más que Speedball y lo alquilaba con frecunecia en el decomisos los fines de semana para mi Megadrive.
Las explosiones de los jugadores y avanzar yardas eran dos factores muy adictivos para intentar ganar, cosa nada fácil tampoco.



POWERBALL


Menos popular fue Wresttleball (powerball en europa) para las consolas de SEGA de la mano de Namco, lanzado en el 91. Una poco exitosa mezcla futurísta de soccer, footbal americano y rugby, en un 5 VS 5 que incluía porterías y porteros, cyborgs, y mucha violencia en la cancha, pero que no tuvo rivalidad con Speedball.



SUPER BASEBALL 2020


Aquí llegó la versión del deporte rey en el caribe, japón y principalmente la costa este de EEUU. Baseball 2020 de SNK en 1991 era una bestia de Neo Geo que gráficamente, con sus movimientos, sus sprites, su paleta de colores y su jugabilidad, se meaba en todos los deportes futuristas vistos en el resto de 8 y 16 bits.

Una copia futurísta del baseball cuyos equipos, mixtos por cierto (bien vista la paridad para una sociedad futura) integraban robots a parte de humanos. La cosa se complicaba en cada tiempo, ya que el campo iba cubriéndose de minas explosivas que dificultaban atrapar la bola bateada por el equipo lanzador o interceptar las carreras a base o home runs del bateador.
Con una dificultad media, y teniendo en cuenta que para ser un deporte nada europe sus reglas son relativamente fáciles, éste juego era un come monedas de los recreativos hasta que pudimos disfrutar su port en megadrive entre otras consolas más populares y baratas que la Neo Geo, oscura joya de deseo y hacedora de envidias entre chavales de los 90.



SOCCER BRAWL


Y por fin, el deporte rey europeo recibía en 1992 su cyber transformación de la mano de SNK de nuevo, convirtiendo en todo un espectáculo de pixels y color el fútbol (soccer). Eso sí, la versión del 11 VS 11 se reducía a la mitad de jugadores, manteníamos el campo tradicional en una versión de vista horizontal con scroll de izquierda a derecha, y añadíamos equipaciones hi-tech, muchas faltas, empujones, zancadillas, y espectaculares disparos a match-1 con su aura de super saiyan incluida tras la bola.

Toda una gozada en la que la IA era un rival cruel y complicado. Siempre me quejé de que la vista de portería llegaba tarde y mal, obligándonos a predecir su llegada (o mirar el pequeño mapa de ubicación ene l margen inferior de la pantalla de juego, cosa imposible mientras regateabamos) para saber cuando tirar sin que el portero rival nos arrebatase la pelota. Ahora, luego te desquitabas con unas cuantas faltas y patadas reglamentarias.



EL LEGADO

Estos pueden ser los títulos más carismáticos, reconocidos, o solo los que yo más he jugado, o los que mejor pueden representar la idea ficticia de la evolución del deporte. Pero sin duda, hubo otros muchos más títulos, que sin ser exactamente futuristas, o sí, reinventaban la sana actividad del ejercicio con toques tecnológicos o distópicos como por ejemplo Windjammers (El juego de frisbee más popular de la historia) o luchas de robots que actualmente comienzan a tener su hueco y target entre la población como deporte tecnológico y que hace años imaginábamos en los videojuegos con títulos como Zero Divide, Robo Pit o Rise of the Robots, que viendo los nuevos modelos del Instituto de Massachussets para el DARPA, dentro de no mucho serán estrellas de algún nuevo “deporte” o espectáculod e ocio como en la pelíacula Acero Puro, dejando muy atrás esos pequeños barredores Rumba teledirigido con una radial incorporada, diseñado por un fumeta de coficiente intelectual superior, que combaten hoy en pequeños rings pero que ya se televisan. 

El caso es que lo miremos como lo miremos, todos imaginamos el deporte del futuro de forma violenta e inhumana, no falla, literatura, videojuegos, cine... ¿Acaso la naturaleza competitiva del deporte es en si violencia? ¿Es el deporte un generador de violencia social? Cualquiera que me lea va a tomarme por una especie de chiflado alborotador, de gordinflas vago anti ejercicio, de hater desmesurado, envidioso de la tableta abdominal de Ronaldo o los biceps de rafa Nadal. Pero no, tranquilos, el deporte me parece positivo, lo que no me parece tan positiva es la sociedad, que no sabe agarrar las herramientas que le dan por el mango, y siempre acaba haciéndose daño. Hoolligans, deporte politizado, acoso en vestuarios, fraudes fiscales, blanqueo de capitales de dudosa procedencia...Sí, eso también es deporte, el deporte a gran escala, es deporte prostituido y corrompido por los poderosos, y por parias convertidos en poderosos.
Ya lo decía Pirelli, la potencia sin control, no sirve de nada, que profundo.
El futuro es ahora amigos, no lo rechacen. Esto solo acaba de empezar.

Por cierto, ¿conocéis novelas de deporte futurista o video juegos futuristas de tennis o baloncesto? Porque nunca las leí ni los jugué, así que no os cortéis en compartir.
¿Tal vez el baloncesto y el basket sean deportes de afición objetiva civilizada y no haya potencial para un público violento siendo poco rentable su versión futurista y explosiva? Ahí lo dejo...ojo... como suelo decir, tanto generas, tanto vales. Del tennis no se, pero el basket, vaya si mueve masas. Y ojo que las hinchadas en el este de Europa las hay bien punkys. 

Hasta otra tungstenitas, y cuidado, que incluso en el mundo del ajedrez, la ciencia ficción tiene algo que decir, o mejor la realidad, y recordemos al hombre contra la máquina, Deep Blue contra Kasparov. 
¡Hasta dentro de una semana más o menos!