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miércoles, 24 de octubre de 2018

HOLA MAMÁ, ESTOY EN LA TELE!! (De El Fugitivo a Smash TV)


LA TELEVISION


La televisión, “la caja tonta”, “black mirror”, que maravilloso invento, gracias Perskyi, Logie, o a quien haya que adjudicarle el mérito según Google.
La televisión educa, informa, y entretiene. Disponemos de docenas de canales, cientos, a color, en pantallas planas, convexas o cóncavas , diminutas y gigantes, VCR o LED... televisiones.
La televisión puede arreglarte la vida, o hundirla, puede convertirte en alguien amado y respetado, o en alguien odiado y rechazado. La televisión la emplea el político, el líder religioso, el cómico, el deportista, el científico... La televisión te transmite su mensaje, pero ¿es real ese mensaje? ¿Es cierto?
Asumimos que todo lo que dice la televisión es cierto, ¿por qué iba a no serlo? Las masas prefieren la televisión a la prensa y la radio, porque invade todos sus sentidos, no solo el ocular o el auditivo, los invade todos a la vez, y nos evita el esfuerzo de interpretar letras o una voz...nos da imágenes, y una imagen vale más que mil palabras. Qué gran refrán, todos nos lo sabemos, pero pocos lo analizamos cada vez que vemos una noticia en televisión. ¿De qué fuente viene? ¿Quién la ha editado? ¿A qué interés responde? La justicia, es aquello que los fuertes infligen a los débiles. Y la historia se recuerda según el vencedor la cuenta. Y usará la televisión para divulgarla.
La revolución no será televisada, decía Scott Heron.
Con estas premisas, ¿cómo no iba a convertirse la televisión en una herramienta de la conspiranocaracia? ¿Un elemento aplastante de la distopía? ¿Un oscuro objeto de devoción, cuasi religiosa, capaz de manipular la voluntad humana?

Suena terrible ¿verdad? Pues imaginaros lo que pueden llegar a idear los marquetin seniors de los grandes canales y las productoras. ¿Qué no sabrán ya ellos sobre el control de masas? ¿Qué no habrán puesto a prueba con nosotros? Las técnicas del Tavistock. Google y el Big Data es sólo un bebé en pañales al lado de la tele, porque la tele lleva con nosotros casi 100 años. Mucho se ha hablado desde entonces de la publicidad subliminal, los experimentos sociales televisados, la propaganda política camuflada, el deporte como opio del pueblo, y hasta dibujos animados que provocan la epilepsia. La televisión no puede ser mejor protagonista de la ciencia ficción, ella sola, esa caja de plástico con intestinos de cobre, silicio, litio, y gases nobles, podría ser la mayor tirana de todas las inteligencias artificiales en un cercano futuro oscuro y decadente.



En mi casa había una gran televisión con carcasa de madera, a blanco y negro, hasta donde mis recuerdos me llevan atrás en el tiempo, con unos botones duros rectangulares para cambiar de canal. Apenas había 2 canales para seleccionar. Poco a poco, y sin darme cuenta, llegó la tele en color, y al poco dejamos de levantarnos del sofá para cambiar de canal sin usar un palo largo de madera, porque había mandos a distancia. Y los canales, afloraban como setas tras días de lluvia y sol, canales privados, autonómicos, raros canales locales difíciles de sintonizar con nieve y ruido... Recuerdo pinchar una patata en la antena de la tele, porque se suponía que así debían verse mejor. O incluso fabricar una parabólica con papel de aluminio y cajas de envasar huevos.

Pero en la tele, había algo mágico, algo que no eran documentales, ni películas, ni programas infantiles, ni dibujos animados, ni el telediario. Era un formato que a parte de divertir al televidente, podía aupar a la gloria y la riqueza a unos pocos elegidos, ¡los concursos!. ¡Cuántas cartas se enviaron desde mi casa a los concursos! Y nunca nos llamaban a ninguno, y sin embargo, recuerdo a la mamá de mi compañero de clase Alejandro, que participó hasta 3 veces en la ruleta de la fortuna. ¡Que envidia! No solo salía en la tele y podía saludar a sus seres queridos desde su atril de participante, dispersando su mensaje de amor y fraternidad a todo el globo terráqueo, si no que se lo pasaba pipa participando en un divertidísimo juego que premiaba los aciertos con dinero y electrodomésticos.

Recuerdo con gran nostalgia concursos como “Si lo se no vengo” que presentaba el cyborg Jordi Hurtado cuando yo acababa de deshacerme del chupete, donde ya los concursantes tenían que demostrar una equilibrada mezcla de recursos, habilidades e ingenio para superar la yincana televisiva programada y obtener sus recompensas. Recuerdo el gran “Un, Dos, Tres”, y más tarde “El Gran Juego de la Oca” o “El Gran prix”, “Humor amarillo”... Pero si algo fue poco a poco instaurándose en los concursos, fue, que no sólo había que ser listo, o fuerte, o veloz... Había que renunciar a tu orgullo. Tenías que dejar que toda la nación se riera de ti a cambio de unas pesetas o un flamante Opel Corsa, o un apartamento en Guardamar del Segura. Te corneaba una vaquilla, te cortaba el pelo un saltimbanqui sobreactuado.... O como en “El semáforo”, te abucheaban e incluso te lanzaban fruta podrida como en un espectáculo de trovadores en la plaza de una aldea del siglo XII si desentonabas o tus pasos de baile eran aritmicos, o sólo tú te reías de tus chistes. Ganar dinero a cambio de tu dignidad para regocijo y carcajada de millones de familias, en sus hogares, apuntando con el dedo al friki sin orgullo que vendió su alma a la televisión por 30 monedas de plata. Y nosotros descojonados.

Suena a circo romano, pero, reflexionemos un momento...es así. Y no digo que haya que prohibir nada, ni canales, ni normativas de emisión, ni gaitas... Si tenemos docenas de canales, somos libres de elegir, si ver a media docena de bellas y bellos adolescentes gritarse con el culo pegado a una silla, en un ritual de cortejo de extraradio; O poner un docu reality de buscadores de raíces de ginseng en la América rural más profunda, en los Apalaches, u otra zona geográfica que solo nos suena de las películas de Clint Eastwood y John Wayne. También somos libres de escoger el noticiario, y digerir con total naturalidad y sin un sólo movimiento muscular en nuestra conciencia cristiana y occidental, cómo se ahogan los migrantes africanos, cómo caen misiles sobre escuelas de Oriente Medio, o cómo un alumno descarga su aka 47 en un aula de Mississippi, que casi que se nos remueven más las entrañas viendo una peli de Steaven Seagal, de lo deshumanizados que nos tiene la actualidad. Somos libres de pulsar el botón o no.
Y no somos peores ni mejores seres humanos por ver una cosa u otra, no señor. Somos lo que conseguimos diseccionar tras el visionado. Hemos de separar el grano de la paja, y hasta el “Gran Hermano” puede enseñarnos moralejas a cerca de “qué actitudes deplorables y rancias tomadas por sus concursantes son las que hay que evitar en mi día a día para no parecer un auténtico gañán”, por ejemplo, pero esto ya es algo subjetivo.

Veo la tele, consumo tele, la llamada telebasura, y también la tele pública de los empollones y los hipsters. Veo realitys y veo “la noche temática”, veo pelis de Berlanga y veo algún deporte ocasional, veo programas de ovnis y fantasmas y veo dibujos animados. Viva la tele.
Pero a veces me asusta pensar, en la evolución de la tele, en lo que me he acostumbrado a admitir como normal, y en lo que llegaré a ver, entre bromas y elucubraciones ficticias y otras providencias.

Volviendo al “Un, Dos, Tres”, un maravilloso concurso aderezado con espectáculos de variedades, en el que los concursantes igual se llevaban una calabaza al término del programa, como igual se llevaban una autocaravana valorada en unos milloncejos de pesetas. Recuerdo, que en aquél concurso, solían integrar fragmentos de concursos orientales que eran una auténtica putada, hablando mal y pronto. Metían a aquellas delicadas concursantes orientales en jaulas llenas de murciélagos, o hacían beber al intrépido chico un biberón de nicotina, o cualquier otra tortura surealista y bizarra que tuviesen que superar a cambio de algo de efectivo, mientras medio continente se meaba de la risa con lo chiflados que debían de estar para pasar por ese aro tan asqueroso. ¿Chiflados? ¿Qué tal..necesitados? Todos tenemos un precio ¿Sería ético tal vez si esos participantes fuesen miembros de familias en riesgo de exclusión, parados, enfermos mentales, etc? ¿ Sería igualdad de condiciones o sería sadismo? Y así evolucionan los shows de “putadas” hasta el punto de encontrarnos por internet productos como Bumfight, en el que se graban a vagabundos en peleas callejeras, o estúpidos juegos de autolesión a lo Jackass o Dirty Sánchez, en los que el sin techo pierde varios dientes o se rompe un hueso, a cambio de un pequeño fajo de benjamins, y las carcajadas del consumidor. Parece que el espectador va acercándose a un punto de tolerancia cero en lo que lo mismo es “Humor amarillo” que un reality de enfermos terminales en una casa y a ver quien falleciese primero. No, no existe ese programa aún, que yo sepa, pero dadle tiempo a Paolo Vasile, que igual el formato le interesa. ¿Os parece exagerado? A mi no, cuando por ejemplo y actualmente, hay ya en emisión realitys que ponen a prueba la fidelidad de un matrimonio, incitándoles a la promiscuidad entre participantes, o una isla con desconocidos en cueros con la intención de copular en la primera noche si la atracción física y química es suficientemente erógena para que se de la situación ante las cámaras, carentes de intimidad, ojos de miles de espectadores. Quedan muy poquitas líneas que traspasar, y el share se encargará de ello, estoy seguro.



EL FUGITIVO DE STEPHEN KING


Las cartas están sobre la mesa, y genios más talentosos que yo ya se habían dado cuenta. Es el caso de Richard Bachman, un señor de Maine que cambió la docencia lingüistica por la literatura de ficción, y principalmente la que le aupó al número uno mundial de un género, el terror. Este señor en concreto, no es más ni menos que Stephen King, que durante un periodo de actividad creativo, escribió tanto, que su editorial y las librerías eran incapaces de colocar tantos títulos de su puño y letra mientras los clientes los leían, por lo que se inventó un seudónimo con el que seguir publicando como un loco, sin frenos, y así no saturar la rotación literaria de sus libros en los puntos de venta.
Stephen, tomó aquella doble identidad voluntariamente, sin orden ni consejo de su editor, y asegura que las obras bajo esa nueva firma, están escritas con el mismo mimo y buen hacer que el resto de sus más famosos best sellers rubricados con su nombre original. Desde luego, El Fugitivo, no escatima en talento ni un sólo renglón.

El Fugitivo es una maravillosa obra CIFI que nos transporta a un futuro muy cercano con muchos de los elementos del cyberpunk y casi todos los de la distopía. Megaurbes opresoras, con guetos proletarios oprimidos por una burguesía corporativa que se pasa por el forro los convenios, los sindicatos, y la igualdad social. Problemas ecológicos que afectan a la salud de los más desfavorecidos, incapaces de adquirir medicamentos debido a su bajo poder adquisitivo, pandillas callejeras que imponen su ley en las zonas desmilitarizadas, turismos aéreos surcando las autopistas... Tiene todo lo que el manual de la CIFI próxima nos ha mostrado hasta el momento, pero añade algo nuevo, algo poderoso, añade la televisión. Antes que Stepehen, otros autores CIFI ya habían jugueteado con tiento en las posibilidades que los medios de comunicación ofrecerían en un futuro para oprimir a la sociedad, como El precio del Peligro de Robert Sheckley (que no he leído) o John Brunner y su Jinete de la onda de shock. Y otros lo harían tras Stephen, rizando más el rizo, como en la saga los Juegos del Hambre. Pero King, en El Fugitivo, continúo empleando fórmulas future noire y cyberpunk, que vamos a ver a continuación.

La obra en sí, sin spoilers como siempre, nos pondrá en el seguimiento de Ben Richards, un desempleado del gueto industrial, que ha dado su vida y su salud por una gran compañía a cambio de cuatro perras mensuales, cuya situación familiar es muy delicada. Richards es un protagonista orgulloso y de convicciones firmes, proletario y honrado, que nunca se ha planteado ciertos aspectos sociales, y pasa por la vida como un mueble, cabreado, pero como un mueble, como una especie de Michael Douglas en Un día de furia, está a punto de explotar sin saberlo. 
El caso es que Richards necesita liquidez inmediata, está harto de ver a su familia pasarlo mal, y les profesa tal amor conyugal y paternal, que toma la más drástica de las decisiones, apuntarse a los castings de la Libre Visión, el canal por excelencia, cuya programación está copada por concursos de “putadas” como Corre tras el dólar, en el que obesos y tullidos han de esforzarse a niveles atléticos mortales para conseguir algo de pasta, y si no, pues un gordo menos en Coop City. Y mientras el público en su casa pegándose una jartada a reir, claro.
El concurso de más audiencia y mejores premios, es un docu reality llamado El Fugitivo, en el que varios fugitivos voluntarios, con apenas unas horas de ventaja respecto a sus perseguidores, han de apañárselas como puedan en campo abierto por toda la nación, para no ser abatidos. Es un concurso a vida o muerte. Los Gladiadores Americanos en versión Pekín Express, o algo así. Los perseguidos han de reportarse diariamente a los estudios de la productora con unas cintas de grabación en modo selfie de ellos mismos, para seguir cobrando las primas diarias mientras concursan.
Por si sonase poco alagüeño, cualquier ciudadano puede conseguir premios en metálico si facilita información del paradero del fugitivo o incluso lo abate, por lo que, es un auténtico “Yo contra el mundo”, ya que el espectador, también participa, y puede alcanzar la fama, la gloria y el dinero si liquida al fugitivo a la que baja a comprar el pan.
Ese importante matíz, en el que el espectador puede ser concursante espontáneo, abre la veda moral que el libro expone a cerca de cómo podemos deshumanizarnos y ser un lobo para el prójimo.
En su huida, narrada a ritmo de road movie, siempre en constante movimiento, por diferentes barrios, ciudades, carreteras, y conociendo a diferentes compinches y personajes, Richards evolucionará al enfrentarse a la cara más dura de la supervivencia, la de tener que matar para seguir respirando. 
Es él, o ellos, no hay alternativa, lo que minará profundamente su conciencia, sentimiento que Stephen es capaz de transmitir al lector, porque al final, los cazadores, también tienen familia, son personas, y el mero hecho de resistir sin ser cazado un día más para conseguir dinero para su familia, a Richards, le hace plantearse dónde están las líneas del bien y del mal, ¿Justifica el fin todos los medios? ¿Desvinculamos lo que vemos por la tele, de nuestra realidad y nuestras circunstancias, sólo porque lo vemos a través de una pantalla y no nos salpica?
Richards va convirtiéndose poco a poco, página a página, en algo más que un paria con meros objetivos personales.
Y ahí es dónde, insisto, la novela toma un pequeño tinte cyberpunk, porque Richards, es un antihéroe, una persona cuyas necesidades básicas personales le han arrastrado a algo mucho más grande, que terminará convirtiéndole, como era de esperar, en adalid de las causas nobles de sus conciudadanos de bajo nivel adquisitivo, en contra de la telaraña corporativa de mentiras tejida por la Libre Visión. Sin quererlo, sin habérselo planteado nunca, se convertirá en un lobo solitario que enarbola las quejas de los oprimidos, en la punta de lanza de los sin voz, en una estrella televisiva influyente. Pero no porque él así lo desee, ya que el egoísmo y el odio, como a cualquier humano de carne y hueso, le ciegan y le impulsan a tomar decisiones poco premeditadas, impidiéndole mantener la mente fría. Y en su frenética huida, tendrá constantes dudas a cerca de su toma de decisiones, que nos harán empatizar con él tanto como los espectadores de la Libre Visión.



La novela surfea temas de importancia social como la libertad de expresión, el medio ambiente, el racismo, la violencia policial, y por supuesto y ante todo, la manipulación de los medios televisivos, la gran mentira, el circo de las estrellas.

PERSEGUIDO CON ARNOLD SCHWARZENEGGER


De éstas páginas, vinieron, irónicamente, las futuras imágenes, y en 1987 Arnold Schwarzenegger interpretó a un Richards algo más distinto. Ya estamos con las licencias televisivas, al final Stephen iba a llevar razón. El joven Arnold, aún algo verde en Hollywood tras sus primeros éxitos como Conan y Comando, asume un papel interpretativamente zafio, y de poco diálogo (ya que su anglosajón aún se le atascaba en su acento germánico) con chascarrillos mal escritos y del género más casposo de los 80, en los que afortunadamente (aunque no por eso más acertadamente ni mucho menos) en pos de la libertad creativa y de la ficción, todo valía, con frases como “Me das asco maricón cobarde” mientras se encargaba de reducir a Dynamo, uno de sus perseguidores.
En la película, Richards deja de ser un empleado de fábrica corporativa en desempleo, y lo convierten en un policía discolo, con principios, encarcelado por negarse a abatir a civiles desarmados en una manifestación por víveres y artículos de primera necesidad. Una especie de Ghandi musculado, pacífico pero no pacifista, que ni tiene familia, ni problemas a los que responder en casa, un giro muy distante de la novela pese a conservar el nombre del protagonista original del libro.
Prisionero en un campo de reeducación, al más puro estilo Gulag, Richards entabla amistad con otros presos, que a modo anecdótico, conservan los nombres de los demás fugitivos que corren por sus vidas en paralelo a Richards, en las hojas originales del relato, pero que en la versión cinematográfica, pues allí están, picando piedra en la cantera junto a Richards, planeando una fuga.
Los injustamente recluidos presos logran fugarse, pero la alegría no les dura mucho, ya que pronto caerán en manos de Killian, el director del concurso Perseguido, que también coincide con el nombre y rol del mismo personaje en la novela, pero que no se parecen ni en el blanco de los ojos. Me llama la atención, a nivel anacrónico, que el Killian de la novela, fuese negro, y sin embargo en la película, fuese blanco. ¿Estaría mal visto en los 80 que un afroamericano fuese directivo de una gran corporación, sería eso un puesto ejecutivo sólo reservado a los blancos? Porque no les hubiese costado nada ser fieles a la obra y contratar un actor negro, pero en fin, mamarrachadas de la industria supongo, como su actual tendencia a tratar de normalizar a la fuerza la multiculturalidad étnica dando papeles en films a actores y actrices multiétnicos sólo por agradar a los defensores de ésto y de aquello. Vaya, que si se la liaron a Gerard de Pardier, no sin poca razón histórica, por interpretar a un Alejandro Dumas blanco, el día menos pensado Hollywood dentro de 30 años nos casca un biopic del Hitler negro, o un Michael Jordan blanco...en fin... un sin sentido de apariencias y protocolo.
El caso es que a Arnie, alias Richards, y sus compinches revolucionarios que conoció en la trena, los mandan al concurso para deleite y sacie de sed de sangre del público norteamericano del futuro.



En ésta ocasión, no han de huir por todo el país haciendo autoestop y enviando cintas beta por correo a la productora cada 24 horas, no, es algo mucho más hollywoodiense claro, digno de una producción de unos 30 millones de inversión, cuyo guión fue maleado y retocado una veintena de ocasiones. A los corredores les sueltan en un distrito de 40 manzanas en ruinas, todo bien videovigilado para el rodaje del show, y no les queda otra que correr como zorros en una cacería británica mientras unos cazadores de lo más rocambolesco les persiguen con la intención de asesinarlos.
Ciertamente, el mayor acierto de la película a la hora de tomarse licencias, son esos cazadores, que se han convertido en iconos del cine de acción de los 80 y el bajo presupuesto. En la novela, los cazadores eran una versión de los hombres de negro de la CIA discretos, que se movían en silencio, acechando a un Richards paranoico, que veía perseguidores donde no los había, aportando un factor psicológico de pánico continuo a la lectura, mientras que el protagonista se escabullía con disfraces, identidades falsas y cohartadas bien construidas. En contra, y de qué maravillosa manera, en el film, los cazadores son super estrellas mediáticas de la matanza y el asesinato, poco menos que neo gladiadores romanos, con pomposas vestimentas, nombres que inspiran el terror en el corazón de los fugitivos, y armas personalizadas como seña de identidad, con las que dar muerte a los desdichados corredores.

Sub Zero, Dynamo, Fireball, Budgesaw, Capitán Libertad... Qué gran elenco de horteras sacamantecas inspirados en el presing catch y vulgares jefes finales de pantalla de un videojuego 8 bits. Qué maravilla. Si la película merece la pena es por ellos. Cómo me ochentea verlos aparecer en escena.



En la película, el papel secundario recae en los hombros de la atlética Maria Conchita Alonso, a quien casualmente, veríamos en la segunda entrega de Predator, tras protagonizar Arnold la primera. María, que para mi es la predecesora del perfil artístico que hoy encarna Mitchelle Rodríguez,  da vida a Amber, un papel de heroína a la sombra del protagonista, una mujer frágil, en apuros, que necesita continuamente la defensa del todopoderoso Arnold, en cuyas garras de seducción caerá sin resistencia, para que en un final como Hollywood manda, sean felices y coman perdices. Algo muy de los 80 también, en lo que el cine actual ha progresado adecuadamente, pero que aún tiene que mejorar si se lo propone.
En la novela, Richards no era acompañado de ninguna escudera sexy y desvalida, pero sí es cierto, que el papel de María Conchita, es la versión extendida y reinterpretada de uno de los personajes de la obra original, el de una civil secuestrada por Richards como rehén en su huida, que poco a poco, durante su secuestro a manos de El Fugitivo, va destapándose una venda de los ojos, una venda que nublaba la realidad de su sociedad por debajo de sus zapatos de tacón de clase media, y pese a que nunca logra empatizar por completo con su captor, sí le llega a conceder el beneficio de la duda, entre el pánico que le profesa y un principio de síndrome de Estocolmo.

Lo que la película sí nos muestra, entre líneas de acción gratuita, peleas cortas con final feliz, y los bíceps de Arnold y sus peores frases machistas y cavernícolas, es cómo Libre Visión manipula las verdades y engaña al espectador para conducirlo a una opinión deseada a cerca del concurso y sus participantes. Y eso también lo encontramos en el libro, mucho más enfocado y como leit motiv principal por encima de la acción y los crochés, pero por fin película y libro se dan la mano en algo más a parte de los nombres de pila de sus personajes principales, en una sutil pero directa crítica light de la consabida e incuestionable manipulación de información por parte de los medios.

Diseccionadas ambas obras, y superpuestos sus paralelísmos y diferencias, sólo me queda añadir que el libro es una lectura obligada para los amantes de las distopías, y que la película ha envejecido mal, quedando a la altura de una producción de serie B que más que frenética resulta lenta y monótona, previsible, pero sobre todo icónica gracias a los bizarros perseguidores.

SMASH TV


Desde entonces, los concursos letales han seguido siendo tema recurrente en la CIFI en general, a la sombra de El Fugitivo, convirtiéndose en un recurso muy constante en los hilos argumentales de muchas obras en distinto formato, como por ejemplo el concurso de la “Tower of Death” en el videojuego Flashback, las peleas de Carbono Modíficado, la retransmisión de las Purgas de la saga la noche de las bestias, el cazador de recuerdos X-mas Kid en el videojuego Remember Me, y otros muchos ejemplos que olvido y que aún estaré por descubrir, pero si uno se llevó la palma a mi gusto, ese fue Smash TV.



Un videojuego de la empresa Williams, de la era de los 8 y 16 bits, en el que uno o dos concursantes, recorrían varios platós equipados con trampas mortales, frenando olas de matones y sobreviviendo a dispositivos de defensa futuristas, con el único objetivo de sobrevivir y recibir fajos y fajos de billetes, electrodomésticos y todo tipo de premios de alta gama, mientras el presentador, muy inspirado en el Killian de la película, hace de maestro de ceremonias plató tras plató acompañado de sus sexys azafatas. Que por cierto, se parecen también mucho a las de la película, de las cuales poco he hablado, y son un elemento importante, ya que , aparte de mencioanr que se trataba del equipo de cheer leaders de Los Angeles Lakers, el director, Paul Michael Glaser, las dotó de un gran protagonismo en la película, amenizando con sus coreografias (obra de Paula Abdul) los cortes publicitarios del show de Perseguido entre escenas de cacería.
Perseguido tuvo su propio videojuego licencia para ordenadores de 8 bits, como Spectrum, Amstrad o Commodore, pero es Smash TV el verdadero heredero espiritual del concepto concurso letal.
La mecánica es simple, avanzar fases estáticas, en las que nuestros muñecos han de sobrevivir a oleadas ingentes de enemigos, al más puro estilo Gauntlet, esquivando y disparando, mientras recogen power ups balísticos para causar mayor daño y destrucción, e items de recompensa como joyas, dinero, tostadoras, y cajas de premio misterioso,
El éxito del éste beat em up, reside en los reflejos del jugador, su velocidad de control, y su paciencia, hasta que por fin nos topamos con los jefes de concurso, donde Mutoidman será inmortalizado en los anales de los videojuegos como uno de los jefes finales más horrendos y desagradables de la historia. Un enorme híbrido de máquina de guerra blindada, cyborg, y mutante, que nos atormentará con proyectiles y embestidas de su módulo de tracción oruga mientras no dejamos de esquivar y disparar hasta reducirlo a vísceras y chatarra.
El juego es ágil, rápido, muy adictivo, divertido e ideal para un rato libre sin tener que casarnos con el desarrollo de una historia y sus obligaciones, es simple y llanamente, un reto de habilidad para poner tu alias en lo más alto de la tabla de scores.

Es hora de dejaros, que empieza el concurso de armeros amateur que compiten forjando filos mortíferos, en el canal que tengo sintonizado en el número 17 del dial. Hasta la próxima entrada.


viernes, 28 de septiembre de 2018

ARMORED WARRIORS, MECHAS Y LA PROPIEDAD


MECHAS


“Mechas”, robots gigantes tripulados, el arma definitiva. A todos los amantes de la CIFI nos gustan los “Mechas”, oh sí. No se que tienen pero a los de la Generación X (finalizada en 1981) también, ¿os acordáis de Mazinger Z? Un “Mecha”
-Un robot gigante
-Un “Mecha”

…..

-Un robot gigante
-Un “Mecha” !!!

Era un “Mecha” porque lo pilotaba un humano, Koji Kabuto, y punto. Desde que tengo uso de razón han estado en mi vida, Robotech en 1985, la nueva era Transformer se subió a que sus montones de chatarra con ruedas fuesen tripulados por humanos a finales de los80, los Power Rangers en los 90, y así pasando por Pacific Rym de Guillermo del Toro hasta el videojuego Titan Fall, las recientes y geniales novelas de Piter Tieryas, sin olvidarnos del juego de rol que más ha hecho por los “Mechas”, Mechwarrior y su versión tablero Battletech.


ARMORED WARRIORS


Sea como fuese, qué maravillosa sensación ha de ser pilotar uno de éstos trastos del tamaño de un bloque de 12 plantas, y arrasar con todo a tu paso. Por eso hoy hablamos de “Armored Warriors”, porque en Tungsteno Dreams, la literatura y el cine no son los únicos artes CIFI de los que se hablan.



“Armored Warriors” Es una joyita de videojuego firmada por Capcom en 1994. Al frente del maravilloso equipo artístico que hace que el juego luzca tan precioso, estuvo la genial Kinu Nishimura, autora entre otros proyectos de Final Fight, King Of Dragons, o algunos de los personajes de diferentes ediciones de Street Fighter, ¡Casi nada!.
Kinu se lució en “Armored Warriors” con unos diseños de robots tripulados gigantes, inmejorables, no en vano, uno de sus primeros trabajos profesionales en diseño y animación consistió en trabajar junto a Tomonori Kogawa para la serie Combat Mecha Xabungie emitida en la TV de Nagoya en 1982. Así que nada podía salir mal en éste nuevo Beat'em'Up del gigante de los recreativos.

El juego es un “yo contra todos”, lo que técnicamente nos han enseñado a llamar “beat'em'up” de toda la vida en la prensa especializada, pero que ahora aceptaría otros terminos similares al “brawler” (marrullero) o “hack'n'slash” en caso de que el personaje reparte tollinas vaya armado. En éste caso, manejamos robots gigantes, van armados, ¿qué término debemos utilizar según el protocolo? ¡A tomar viento fresco! Un juego “DE PELEAS”.
La trama nos lleva hasta el año 2281, dos años después de que la Tierra y el planeta Raia firmen una tregua en su enfrentamiento bélico, y esa misma muestra de paz es traicionada por un nuevo bando secesionista de los habitantes de Raia, con un alien piloto de “Mechas” cyborg llamado Azrael en su liderazgo. El capitán Ray Turner “Justice”, alienígena natal de Raia, solicita ayuda a la Tierra para frenar a éste grupo violento, y la Tierra pone a su servicio a 3 miembros del escuadrón “Red Shield”, Jeff Perkins “Rush”, Glen Reed “Gray” y Sara White “Siren”.
Cada uno de éstos experimentados pilotos de “Mecha” conduce un modelo diferente, cumpliendo así con una de las más clásicas características de los juegos de peleas en recreativa y video consola, que es el poder elegir un arquetipo de luchador más fuerte y resistente (el Mecha modelo Guldin del Mayor Glen), uno más débil pero más agil y rápido (el pequeño Mecha de la teniente Sara) o los equilibrados (en este caso los Mechas Blodia y Reptos de Jeff y Ray respectivamente). Cada uno con un tipo de combo de ataque especial, teniendo en cuenta que el control se reduce a 3 botones, que responden al salto, el combate físico y el combate a distancia. Dos de esos controles combinados (salto y ataque físico) dan lugar a un ataque especial de pequeña magnitud.

En mi caso, el “Mecha” Reptos del alienígena Ray Turner es mi favorito, equilibrado, rápido y dañino, un robot de color azul que me recuerda a los titanes de los Eldar del mundo Warhammer 40k.



Y precisamente lo que tiene “Armored Warriors” como podéis comprobar, es universo. La inmersión en un Lore rico en material y su ecología narrativa, son extremadamente atractivos para tratarse de un juego en el que sólo vamos a repartir golpes de cientos de toneladas. Yo llegué a sospechar que se trataba de un juego inspirado en algún tebeo, manga o serie anime, pero no, no, es todo exclusivo para Capcom.

El juego en sí son siete bellas fases, en las que nos enfrentaremos a diferentes “Mechas” enemigos, de exquisito diseño y mortíferas habilidades de combate, en un cuidadísimo entorno en el que Capcom se esforzó por hacernos percibir el tamaño de los luchadores, ya que tenemos pequeños soldados de a píe y otros vehículos terrestres a nuestro alrededor, molestando como mosquitos en su diminuta escala, merodeando a los colosos de metal mientras destruimos enemigos y partes del decorado. Las misiones bélicas se reparten entre el planeta Raia y la Tierra, visitando ciudades devastadas por la guerra como nueva York y Los Angeles, junglas alienígenas del planeta hostil, sus ruinas ancestrales, el fondo marino o la órbita espacial. Precioso todo, muy envolvente, transporta nuestra imaginación mientras perseguimos al malvado Azrael, a quien nos enfrentaremos varias veces en diferentes “Mechas”. Los jefes finales de cada pantalla son difíciles y muy originales, sin caer en el clásico y cutre caso de repetición de jefes finales cambiándoles el color de la ropa y la barra de estamina en la que caían casi todos los juegos de pelea de la década. Nada de eso. “Armored Warriors” es un juego redondo y trabajado al milímetro.



Respecto justo a ésto último de la dificultad... bueno, bueno.... Pues entre que yo soy un poco manco, y el juego estaba diseñado a parte de para ser espectacular y divertido, para enganchar, ser adictivo y quedarse nuestras monedas, pues a mi me suele hacer falta una media de 2 créditos por pantalla cada vez que lo juego, Esto en su día hubiese sido una friolera de casi 1600 pesetazas. Aunque reconozco que lo juego solo, pero a dobles puede resultar más divertido y más fácil.
Precisamente, el juego permitía hasta 3 jugadores simultáneos en su mueble arcade original, y existe la posibilidad de realizar un ataque conjunto en el que los “Mechas” protagonistas se unen en una mega máquina de guerra para achicharrar a los enemigos, pero siendo sincero, yo que he pasado una preadolescencia pegado a los salones recreativos y las revistas de videojuegos, nunca vi este juego en ningún salón de mi ciudad. Aparentemente, ni siquiera en Japón fue un arcade popular, pese a todas las maravillas de las que el juego hace gala.


ABANDONWARE Y EL DESPERTAR RETRO


Yo, accedí a este juego gracias a un emulador, pero aquí viene un tema del que me apetecía hablar entrando en harina de éste titulo, y es que actualmente el juego vuelve a estar de moda, ya que se incluye en un recientísimo estrenado pack de clásicos de pelea de los salones recreativos, que Capcom ha vuelto aponer a la venta de forma digital para video consolas de nueva generación como Nintendo Switch o Play Station 4. El pack en sí, se llama “Capcom Beat em Up Bundle” e incluye una pequeña colección que reúne Final Fight, King of Dragons, Capitán Comando, Knights Of the Round, el mítico Warriors of Fate, nuestro Armored Warriors y su sucesor espiritual Battle Circuit. Su precio está en los 19,99 € y la polémica surge cuando grandes páginas que alojaban cientos de ROMS (imágenes de un juego original, que por norma pero no condición, originalmente funcionaban en un soporte estrictamente no digital como un cartucho, una placa u otro, pudiendo así ejecutarlo en diferentes sistemas prescindiendo de su forma física; es decir, un back up más o menos) que se consideraban “Abandonware”, han recibido un toque de atención por las distribuidoras y compañías con intereses en volver a monetizar éstos títulos olvidados, viéndose obligadas a retirar sus contenidos gratuitos online. Bien, aquí el debate.
Yo entiendo, considero, y comulgo, con la defensa de la propiedad intelectual y su derecho legal de explotación, y asumo la muy entrecomillada ilegalidad, de distribuir de forma “pirata” (incluso gratuita) un producto que ha tenido unos costes de producción para la compañía responsable de su comercialización, y que hay que sacarle beneficio. Pero, también hay que tener en cuenta, que el “abandonware” se considera en tal agujero negro de olvido, porque los juegos que normalmente se distribuyen en la red bajo éste concepto, llevan años, décadas incluso, sin ser explotados económicamente por ninguna compañía, bien por que han dejado de resultar atractivos al target de público consumidor objetivo, o bien porque ya no se comercializa el juego en su formato original, ni la máquina que lo hacía funcionar.
Ejemplo práctico, ¿de qué sirve hoy en día una película en VHS? Para tirarnos el rollito hipster, porque el reproductor VHS ha desaparecido, no se comercializa, ni siquiera se venden repuestos ni hay ya servicios técnicos para su reparación, sencillamente el VHS ha muerto en pos del DVD, el Blue Ray o el streaming digital. Entonces, ¿y si alguna pequeña distribuidora o productora hubiese comercializado en su día sus películas en VHS, pero debido a que su público objetivo fue escaso, su éxito nulo, y sus ganancias demasiado parcas, aquella productora hubiese cerrado? Sus películas, habrán quedado en una burbuja temporal, avocadas a la peor de las muertes, el olvido. Sin embargo, puede, que alguien, sin ánimo de lucro, las hubiese rippeado del formato analógico al digital, con sus cables, su PC y sus programitas, y para que nadie nunca se olvidase de aquellas bizarras películas tan denostadas y poco conocidas, las cuelgue en el océano de internet. ¿Hace daño a alguien? ¿Tiene ese usuario la culpa de que esas viejas grabaciones, años después, en la red, resuciten en un cierto grupo de espectadores, nostálgicos, o simplemente, una nueva ola de consumidores con gusto por ese tipo de cine? En realidad es casi una labor altruista de conservación del arte del ocio, es mantener vivo el trabajo de todos aquellos que en su día trataron de amortizar su talento, lo consiguieran o no, pero que a fecha de hoy, sus nombres no significan nada para el consumidor habitual de tendencias mainstream o tecnológicamente actuales. 
Otro ejemplo práctico al respecto del cambio tecnológico que arroja estos juegos de décadas pasadas al ostracismo es el siguiente. Yo comencé a inculcar el gusto por el videojuego a los más pequeños de la familia, pronto, y comencé por una máquina sencilla, de pocos botones, y pocas aspiraciones gráficas y baja dificultad, algo dentro de lo que yo pensé que eran sus posibilidades psicotécnicas, una Mega Drive. Durante unos meses, los enanos, jugaron a la Megadrive, felices, con sus 3 botones,  hasta que un año y poco después, descubrieron la XBox 360. Claro, que horrible comparación. Los críos jamás volvieron a tener interés por la Mega Drive y sus cartuchos. ¿16 Bits y sprites en scrolls 2D contra un motor Unreal? Pffff.... La victoria fue clara, porque estos jovenzuelos, aún no tienen edad de poder darle significado real a la palabra nostalgia. Si por ellos fuera, la Mega drive y aquellos juegos del jurásico podían arder desde ya en el infierno. En un caso así, con clientes como mis canijos, la compañía dueña de los derechos de esos juegos, iba a pasar varios años con los bolsillos vacíos.
Pero es que claro, si tras décadas, alguien llega, con un papel en el que pone “derechos”, de eso mismo que el usuario anónimo ha mantenido vivo durante años de ostracismo, para volver a explotarlo, porque se ha dado cuenta, de que es el momento, o simplemente ha sonado al flauta o se le ha aparecido La Vírgen, a ver cómo le decimos los usuarios que no, que eso nos pertenece, que es dominio público, porque en los papeles de esos señores con gafas y corbata dice que nunca dejó de ser de ellos.
Pues dicho así, mientras lo escribo me resulta tan peliagudo como razonable, según por donde abordemos el tema, como la especulación de la vivienda o la okupación. ¿Apunto alto eh? Menuda tangana podemos montar hablando de éstas cosas con lo que somos los españoles para debatir...buah.


EL LEGADO


El caso, sacando ya los píes empapados de mierda de la ciénaga de las opiniones personales de los que no tenemos ni idea de nada (porque no soy abogado ni nada parecido), solo puedo recomedaros que si queréis jugar “Armored Warriors” , deberéis comprarlo.

Retomando el protagonismo del juego, que es lo bonito, una de las más innovadoras características de “Armored Warriors” es su abanico de armas y piezas extras con las que “tunear” nuestro “Mecha” mientras avanzamos en la partida. Igual que el género del juego de pelea siempre nos ha dado la oportunidad de recoger cualquier pieza de basura del suelo, o herramienta fortuitamente allí abandonada, para liarnos a mamporros con los macarras que nos asaltan en parques y callejones, obviamente, “Armored Warriors” no iba a ser menos, y tras reducir a tuercas y amasijos algunos de nuestros enemigos, podremos no solo cambiar el brazo de nuestro robot, para infligir diferentes tipos de daño como por ejemplo con taladros gigantes, manos pinza, espadas de energía o guantes eléctricos; Si no que podremos también cambiar nuestra forma de desplazarnos de cintura para abajo, suplantando nuestro medio tractor de serie, por enormes cadenas oruga, hélices gigantes de dron, o multi patas arácnidas. También podremos intercambiar nuestro arma a distancia, desde lanzallamas, a lanzamisiles teledirigidos, pasando por cañones láser, etc... Sinceramente, lo divertido del juego es precisamente esto, cambiar el modo de lucha con nuestro “Mecha” continuamente. Una gozada.

En 1995 Capcom vuelve a la carga con el título “Cyberbots: Full Metal Madness”, un spin off de “Armored Warriors” enfocado al juego de lucha 1 VS 1, con un enriquecedor trasfondo en el modo historia, que una vez más, siguiendo la tradición de su antecesor, nos sumerge completamente en su entorno CIFI. En ésta ocasión teníamos a 7 nuevos personajes para elegir como pilotos de nuestro “Mecha” (que en las versiones que en ésta ocasión sí se portaron para Play Station y Sega Saturn, serían un total de 10), y la posibilidad de seleccionar el tipo de “Mecha” ya visto en “Armored Warriors” (Guldin, blodia, Reptos y Fordy), pero ramificando aún más nuestras opciones de modo de combate a personalizar. Una vez elegido el modelo de “Mecha”, podíamos también seleccionar entre 3 tipos de “tunning” del mismo, para afinar aún más el estilo de lucha que ejercitaríamos en nuestra partida.
Entrar en la vida y milagros del trasfondo de cada piloto, aquí y ahora, sería demasiado por hoy, pero es destacable que pese a la poca proyección del universo de “Armored Warriors”, Capcom ha seguido incluyendo a algunos de los personajes más carismáticos de ésta pequeña saga, en otros juegos de all stars como “Marvel VS Capcom” u otras franquicias como “Project X Zone”, enlazando así un mini universo extendido bastante apreciado por los fans.



Para ir terminando, añadir como postdata para futuras navegaciones, que se consideran como sucesores espirituales del universo “Armored Warriors” los videojuegos posteriores “Battle Circuit” y “Tech Romancer”, que quién sabe, si abordaremos en otra futura y distópica ocasión. ¡Saludos!