miércoles, 5 de febrero de 2020

LA NARANJA MECANICA, ULTRAVIOLENCIA POR BURGESS Y KUBRICK

THE CLOCKWORK ORANGE



Que alegría más joroschó el volver a videaros por aquí tan scorro estimados chelovecos y ptitsas. Hoy con mi más galante golosa quiero goborar de una vesche que os va a iteresobar sin dudas.
Permitidme aclarar el gorlo con una chascha de moloko con cuchillos antes de empezar a chumlar chepucas con mucho beep beep y todo ese buuu buuu, de la ciencia ficción.
No estoy naso, mi mosco va joroschó gracias al Gobro, si no que el rascaso de hoy nos hará smecar, su straco nos dejará smugos, querremos snufar ante la ultraviolencia practicada por los drugos,  los nadsat, el unodos unodos por los scharros hasta que salga la cala de las brosña china bien agarrada del boloso para finalizar vertiendo en su rota el veneno de los yarboclos y  hundiéndo la britba en su bruco y ver el rojo crobo chorrear mientras crincha socorro socorro y buah buah buah. 


La naranja mecánica.
Anthony Burgess, su autor, lingüista y políglota (español, italiano, inglés, árabe, ruso, francés…) tuvo que inventar ésta extraña jerga de lexemas eslavos y calós para poder publicar una novela repleta de horrores intrínsecos a la naturaleza humana sin que le acusaran de pornógrafo e inmoral. Haber reproducido en su inglés nativo todas las salvajadas, palabras malsonantes, insultos y blasfemias proferidas por sus protagonistas hubiese sido absolutamente intolerable para la crítica y los lectores.
Con éste slang que nada tiene que envidiar al sindarin ni el adunaico de su paisano J.R.R. Tolkien, el lector que realmente tuviese que leer La naranja mecánica, tendría que traducir de forma autodidacta los horrores narrados en ésta novela de ciencia ficción distópica en un futuro muy cercano al año de su edición. Pero creedme, que tras las veinte primeras páginas, coparéis joroschó el nadsat de los vechos sin problemas, y hasta agradeceréis el haberos evitado el lenguaje explícito.
Aplausos para el ejercicio creativo sin parangón de Burgess, que convertirá ésta obra en algo único de principio a fin, por mucho que a él mismo le duela la popularidad del título, por culpa de Kubrick mayormente, en disminución de otras novelas que él mismo considera mejores. Que injustos somos el público, y lo digo en serio, que devoramos con ansia piezas de artistas aupándolas a la posteridad, dejando en el cajón del olvido las que ellos querrían haber enristrado como bandera de su culmen creativo.
Ya hemos hablado de esto alguna vez por Tungsteno dreams, no nos repitamos.

LA JUVENTUD ES EL PROBLEMA

Y adulando esa primera e impactante característica que le dota de una identidad única e inconfundible a La naranja mecánica, ¿de qué va?
La naranja mecánica, que no todo el mundo debe por qué saber viene a significar en nuestro cristiano ibérico “ser más raro que un perro verde”, es una extravaganzza operística con el foco puesto en Alex, nuestro humilde y bello protagonista y narrador, que en primera persona, nos detallará un breve pero intenso periodo de su vida, la adolescencia.
Una adolescencia cómoda, en casa de papá y mamá, un poco en la onda que ahora llamaríamos nini que podemos resumir en:
“al oeste en reino unido crecía y vivía
Sin hacer mucho caso a los militsos
Robando ultramarinos sin cansarme demasiado
Porque pé y eme se creen que me saco el graduado.
Cierto día, asaltando casas con amigos
Unos drugos del barrio me metieron en un lío
Y mi agente judicial me decía una y otra vez
Málchico te van a lobetar i vas a ir a la staja”


Ouh yeah (drop the mic grasños vechos)




Alex tiene un techo, un papá y una mamá aterrados ante su conducta como si fuese aquello un episodio del reality “Hermano mayor” y Alex fuese Dakota, que no saben de qué forma educarle y han fracasado en el intento mientras el niñato psicópata y egoísta les amedrenta, les maltrata psicológicamente y les chulea a diario. Suele abandonar el hogar con la ropa limpia y planchada, la panza llena, y una cínica sonrisa de oreja a oreja para invertir su tiempo en maldades en la calle.
Narcisista, sociópata, egoísta, controlador, dictatorial, vacío, serían buenos adjetivos en la carta de presentación de nuestro querido Alex, porque creedme, que pese a todo, le cogeréis cariño…o no, no, ¿o sí? Menudo lío, porque Alex representa el nihilismo, la anarquía, es la esencia del punk, la semilla de los Sex Pistols, el súper hombre de Nietzsche, el James Dean distópico, violento, rebelde, libre, indómito. Pero está loco, sin duda, es una bomba de relojería, un asesino, un violador, un delincuente. ¿Merece la pena todo eso negativo sólo por la libertad, ser un animal al margen de la sociedad? ¿Ser Satán? ¿Qué nadie te quiera y todos te odien? El precio es alto.
Década de los 60, Burgess concibe el libro, ubica al quinceañero Alex en la Bretaña gris e imperialista de lo que por entonces iba a ser su futuro cercano, finales de los 70, que visionó de forma distópica aunque no muy tecnológicamente avanzada, aunque nos decora el mundo de Alex con avances como la televisión universal, el ómnibus, y viajes espaciales en la primera plana de las gassetas informativas.
En ésa sociedad futura que Burgess imaginó, el principal problema era la juventud. Y aquí abordamos el más jugoso y suculento elemento distópico de La naranja mecánica, el más imitado, el más icónico y el que sentó cátedra. La pandilla juvenil como elemento imprescindible en las sociedades capitalistas desfragmentadas del futuro cercano.
Alex es el autoproclamado líder tácito de una pandilla juvenil, compuesta por los málchicos, drugos, niñatos uniformados con las platís inconfundibles que les hacen ser reconocidos como miembros de una misma banda, como un equipo deportivo o una escuadra militar, y que pasan de la escuela y los trabajos remunerados porque es mejor y más divertido robar tiendas, atracar ciudadanos honrados, puentear coches, patear enemigos de bandas rivales, violar chicas indefensas hasta arriba de estupefacientes y en semejante escalado de anarquía y violencia adrenalítica, culminar matando por placer.
¿Parece un buen plan, divertido? Maldita sea, es asqueroso, inmoral, pero… ¿Qué vió Burgess en su entorno para imaginarse un futuro como ese, tan cercano y descontrolado, en el que la juventud sería una plaga violenta e indomable que sembraría el caos en las calles y sobrepoblaría las cárceles?
Anthony Burgess cuenta en entrevistas y memorias, que a él no le fue muy bien en los colegios católicos a los que asistió, que muchas pandillas de críos organizados le propinaban palizas y le perseguían, por ser “el empollón”. El fenómeno bullying, el acoso escolar, estaba a la órden del día en su infancia. Y bueno ¿cuántos de los que me leéis no os habéis sentido en ocasiones absolutamente víctimas, o tremendamente infelices en vuestra etapa escolar o de instituto, tras vivir sucesos desagradables con otros compañeros? No voy a frivolizar, ni banalizar algo tan serio y grave, algo que la sociedad, los padres y los educadores deben de atajar y vigilar, pero ¿y si los padres son como los de Alex y prefieren mirar hacia otro lado en vez de asumir que su hijo es un pequeño psicópata en potencia? Nada nuevo bajo el sol. Ocurre. Los hijos somos en la mayoría de los casos perfectos desconocidos para nuestros progenitores, y en ocasiones, derribamos el telón de acero emocional que nos separa en edades adultas.
No hace falta que un chaval venga de una familia desestructurada para ser cruel con sus congéneres, carecer de humildad, empatía, ni sentimientos. Para ser un mentiroso, un hipócrita y un cínico. Tal vez, pese a que sea un niño, sólo necesita una recompensa por ello, material o sensorial. O impunidad. Quién sabe.
¿Qué puede ocurrir con los críos que lo sufren? Puede que lo denuncien a los adultos pertinentes, lo que no garantiza represalias o el fin de las vejaciones. Puede que se callen, que tengan miedo, que sufran y crezcan torcidos. Puede que se revelen, que se conviertan en algo peor que lo que su acosador era. Quedaros con ésta reflexión porque se plasmará en la naranja mecánica.
Así que los niños, muchas veces, estamos sólos ante la maldad de otros niños. Sí, la maldad.
¿A caso un niño pude ser malo? ¿No representa la infancia la dulcificación humana, la ignorancia libre de pecado, y el aprendizaje? Un niño no es otra cosa que un humano en desarrollo, a medias, y sospecho que Burgess (ya veremos luego por qué) opinaba que el humano lleva el mal en su interior, de forma tan natural como lleva el bien.
Damien de La profecía, ¿Quién puede hacer daño a un niño?, El Hijo, El pueblo de los malditos, son solo algunas ficciones (enmarcadas en el terror todas eso sí) que ya proponían al niño como verdugo, y no como víctima desvalida. Nada da más miedo que un niño malvado.
¿Responde la maldad a malfunciones o patologías neuronales, respuestas químicas, sustancias biológicas u hormonales? ¿Tiene tratamiento o cura? ¿Es algo ético o moral que se puede reconducir o tratar mediante terapias conductistas y educacionales? ¿El castigo que impone la ley a quien la infringe sirve para reinsertar una vez aprendida la lección o la reincidencia es genética?
Todo eso propone Burgess en La naranja mecánica, ahí es nada.



Volviendo al fenómeno “pandilla juvenil”, del mismo modo que todos hemos pasado por el colegio y el instituto, ¿cuántos de vosotros no habéis tenido algo parecido a una pandilla? ¿habéis querido ser parte de una “tribu urbana”? Vistiendo de una forma significativa, con unos colores, punkis, rockers, raperos, bakalas, skineheads de cruz gamada o de hoz y martillo. La adolescencia es ese momento de nuestras vidas en el que cualquier listillo, educador, pollavieja, o señor con bata y gafas diría que somos más susceptibles de estar en contra de todo, de querer ser algo, de querer no hacer nada más que vivir, de desobedecer a nuestras familias y a la ley y el poder ejecutivo, de delinquir.
Como cantaba la polla records, 
“Mil colegas quedan tiraos por el camino,
¿Cuántos más quedarán?”
De la adolescencia hay que salir, tanto como si la iniciasteis volando recto, sin creeros en la cima del mundo, con los píes en la tierra y libres de sustancias psicotrópicas en sangre, como si lo hicísteis todo mal.
Porque pese a que si lo hicísteis todo mal, y ahora creéis que podríais escribir un libro de vivencias divertidísimo o provocador como La naranja mecánica, ¿deberíais estar orgullosos, jactaros, o arrepentiros y fustigaros? Así es la vida tal y como entiendo yo la intención de Burgess. Fases.
Desde luego me pone los pelos de punta y me causa pesadillas la impunidad con la que Alex y sus drugos violan muchachas, golpean ancianos indefensos o allanan moradas con violencia por diversión, me resultan psicópatas peligrosos. Inaceptable.
Pero en esas adolescencias ¿quién no tuvo peleas de pandillas, okupó algún edificio público abandonado para montarse un cuchitril en el que beber litronas, o ganó algunas pelas de forma arriesgada? Todo eso está al margen de la ley, está mal, daña a alguien en la cadena de consecuencias que comienza en la mariposa batiendo las alas, asumámoslo. ¿Fuimos malos? ¿Seguimos siendo malos pese a haber abandonado esas actitudes, ser puntuales en nuestro trabajo, hacer felices a nuestros hijos, estar apuntados a Unicef o Acnur? ¿Podemos ser malos cuando se nos cruza el cable? ¿cómo reaccionaríamos ante una amenaza contra un ser querido, usaríamos una respuesta equitativa a la fuerza del agente hostil, o no?
Quedaros también con estas ideas al empezar a leer La naranja mecánica, por favor.
Y no menos importante, ¿Todo el mundo merece una segunda oportunidad? El verdugo puede pasar a ser víctima en cualquier momento.
De la naranja mecánica en adelante, la juventud se convirtió en el enemigo público número uno de los futuros cercanos:
Las pandillas de Akira, los alumnos de las clases de 1999 y 1984, The Warriors, las bandas de La trilogía del Sprawl, Los guerreros del Bronx, y todos dedicados a lo mismo, con sus uniformes de pandilla, drogados o borrachos, delinquiendo, armados y poniendo en jaque a las autoridades oficiales. Todo viene de La naranja mecánica, que reinventa la pandilla y la eleva a guerrilla urbana, crimen organizado, en una ficción de los 60 que pese a que ya conocía el fenómeno en la sociedad real, no hubiese imaginado tal vez la evolución de grupos como los panteras negras hasta bloods, crips, salvatruchas, mara13, ñetas, kings, y otros clásicos de la pandilla juvenil organizada muy reales y peligrosos.



CONDUCTISMO CONTRA LA VOLUNTAD DE DIOS

Interesantísima esa casualidad del “libro dentro del libro” que me evoca la experiencia lectora de El hombre en el castillo durante el episodio del asalto al HOGAR. Que episodio más puramente digno de Philip K. Dick, que además se produce el mismo año, de una forma cohetanea, ambos a la vez, en sendos libros publicados en 1962. 
Sospecho o quiero atreverme a imaginar, que ese episodio encierra una extrapolación del Yo del autor, Burgess, convirtiéndose en Alexander, el dueño de la vivienda llamada HOGAR, y a la vez autor de una novela inconclusa titulada La naranja mecánica, tal y como ocurría con El hombre en el castillo que simulaba en sus páginas un libro gemelo titulado La mangosta se ha posado, cuyo escritor apuntaba a ser un avatar intradimensional (la dimensión literaria y la real que Philip K. Dick parecía poder diferenciar como reales ambas) del reviviendopropio K.Dick. En la naranja, Burgess a través de el escritor Alex, revive uno de los episodios más trágicos de su vida, la violación de su esposa durante su estancia en la armada británica en Gibraltar. 
La esposa de Burgess fue violada y agredida por una pandilla de desertores norteamericanos en Gran Bretaña, perdiendo el bebé de ambos que llevaba en sus entrañas. Un suceso asquerosamente terrible, real, vomitivo y difícil de superar por cualquier mente por sana y analítica y privilegiada o bien amueblada que esté. Qué crueldad, qué macabra broma del destino, unos jóvenes que abandonan el bando de “los buenos” que defendían al mundo de los “malos” durante la GGMM, cometiendo semejante atrocidad ¿con qué objetivo? Ultraviolencia.
Seguramente, esa es la simiente de toda la novela, el dilema que debió comenzar a bullir en el alma y el espíritu de Burgess, preguntándose ¿por qué? ¿De dónde nace el mal? ¿Por qué hay gente mala que le hace el mal a otros? ¿Entienden esos individuos malvados el mal como lo entienden quienes lo padecen, las víctimas? ¿Son las víctimas buenas por defecto en el acto que asumen su victimismo o la víctima también puede ser mala? ¿Hace le mal distinciones o es tan puro que afecta a todos, como la muerte?
De ahí nace, en mi opinión, La naranja mecánica. Ese momento es revivido por Burgess, retroalimentándose la dimensión real de la literaria, duplicando la existencia del libro, metafísicamente, dentro del texto, y fuera de ello en nuestras manos.
Ese avatar literario, autobiográfico, Alexander como Burgess, es una pieza vital en el entendimiento de la metamorfosis de Alex DeLarge tras su tratamiento conductivo, y encarna, alegóricamente, la misma cuestión del bien que se convierte en mal, por medio del odio, el rencor, la venganza, y de ese modo, expone que tanto el bien como el mal metamorfosean uno en el otro y viceversa según el prisma desde el que se contemplan, y que un verdugo es o puede ser a la vez víctima, y que ambas condiciones existen a la vez dentro de toda persona humana, de una forma casi divina, como designio de Dios y condición de la naturaleza humana.


Esa conducta humana del libre albedrío, de la capacidad de decisión para hacer el bien, o el mal, o simplemente hacer mientras el resto de la humanidad juzga a qué lado de la escala moral se encuentran nuestros actos, no se abarca como he leído en múltiples reviews y ensayos en lo meramente psiquiátrico o biológico, si no en lo misterioso y milagroso de la existencia humana, ya que extraigo una mayor sinceridad y transparencia en la figura del chaplino de la prisión y sus galimatías a cerca de la naturaleza humana que Dios quiso otorgarnos en la creación a su imagen y semejanza, que en los análisis “paulovianos”, “froudianos” o “jungianos” de la morralla pseudocientífica a cargo del rpoyecto conductista del método Ludovico aplicado al humilde protagonista y narrador, Alex el drugo. 
No en balde, si seguimos aprendiendo cosas a cerca de Anthony Burgess a través de ésta revisión de la obra, creció en el seno de una familia profundamente católica pese a la desestructuración anda ejemplar de la misma por bisicitudes de la vida y desgracias inesperadas como la muerte de su madre biológica y el arrejuntamiento de su viudo padre con la empleada del pub nocturno donde tocaba el piano para ganarse un sobresueldo aparte del que ganaba en la carnicería durante el día.
Así qué ¿por qué no apostar que Burgess creía en la naturaleza humana, de una forma menos científica que otros escritores? No obstante, y sin querer pecar de hacer spoiler, para los que no han ni leído el libro ni visto la película, ¿A caso el método de Ludovico curó realmente a Alex?
Burgess, en mi percepción, no creía en métodos conductistas de la época (Jung estaba en boga) y así lo suelta en su ficción distópica La naranja mecánica, y a la contra de muchas y muy numerosas opiniones de que es una novela que explora precisamente los métodos y terapias conductistas, para mi, es una novela que propone un viaje por las edades del hombre, de la adolescencia a la madurez, y los cambios de percepción en base a nuestras motivaciones, objetivo vitales y creencias.
Recordemos una vez más, saltando al biopic, que Burgess ha sido testigo de la maldad humana en todos sus formatos, los gratuitos e incomprensibles, los justificados, los patrióticos, los políticos, los casuales… Ha sufrido la pesadilla en su seno familiar, con sus seres más queridos, ha visto soldados morir en el frente, el hambre del pueblo oprimido, y la vida seguía para todos y cada uno de los seres humanos que no fallecían ese día y podían despertar al siguiente, en mejores o peores condiciones, en un mundo capaz de ofrecer a cada humano felicidad o tristeza. Todo parece estar visto desde la perspectiva de un plan divino, como una imparable locomotora con una pila de tarugos de madera que tienen que ir a la caldera de forma aleatoria para que todo siga en marcha, y esos tarugos son vidas humanas, mientras todo sigue en marcha, hasta que sea el momento en el que la mano de Dios te arroja la fuego. 
¿Debemos hacer caso a los sagrados textos y poner la otra mejilla ante cualquier agravio? ¿O es el ojo por ojo y el diente por diente la mejor manera de mantener un orden y un equilibrio?
Sea como fuere, parece ser que la violencia convive con nosotros, habita nuestro interior, y es una respuesta tan funcional como cualquier otra para resolver según qué situaciones, independientemente de que las consecuencias se adecúen a las  intenciones de quien la ponga en práctica. La violencia es real.



No se puede tener miedo a la vida, porque la vida es violenta, un parto es violento, se sangra, es un momento entra la vida y la muerte para el neonato y su madre, y si todo sale bien, bienvenido a la vida, lo único seguro es que morirá, y es muy probable que lo pases tan mal como bien y no exactamente en medidas equitativas, porque igual te toca ser el hijo del sultán de Brunei, o el bastardo de una prostituta en Kowloon.
¿Estadística o plan divino?
No hago más que preguntar en ésta entrada del blog, estoy confuso, pero todo esto abre un melón de Villaconejos en su punto.


LA MUSICA AMANSA A LAS FIERAS



Por último, otro de los pilares de la ficción, se basa en la afición apasionada de Alex por la música clásica. ¿No es acaso, junto con las drogas, la ropa estrafalaria y las pandillas, el otro gran pilar de cualquier adolescente? La música.
Volvemos por un momento a cotillear la vida de Burgess, que no contento con escribir, enseñar como profesor y ser militar de carrera, también compuso sinfonías con más o menos popularidad y talento, ya que de casta le viene al galgo, recordemos que su padre era pianista. 
La mayoría de sus piezas fueron compuestas en su estancia afincado en Malaya y Brunei.
La música, uno de los artes más primitivos, bellos, democráticos y universales de la especie humana. Consideramos música a Daddy Yankee y también a Mozart, sin excepciónes por mucho que esto cree disputa. 
La música nos hace llorar, reir, recordar, bailar, nos inspira, e incluso está reconocida como herramienta terapéutica o hipnótica, empleada desde la antigüedad en misas y otras celebraciones y rituales de carácter cultural o religioso.
En ocasiones he leído en artículos, que era la novena de Bethoveen el chispazo “pauloviano” desencadenante de la violencia en el cerebro de Alex, pero no, nada más lejos. La música clásica es lo único que Alex apreciaba y respetaba en éste mundo con fervor ciego. La música clásica es sagrada para Alex, inmancillable por el pop y las basuras modernas nadsat. 
El entorno de Alex, su sociedad, es cínica, está corrupta, los funcionarios de prisiones, los médicos, la policía, los educadores, incluso los pandilleros, nadie tiene las manos limpias, ¿es peor Alex que los demás? Que los demás sean unos desgraciados no le exime a él de sus pecados y delitos, por lo que, podemos cambiar la formulación ¿No merecen todos un castigo y un correctivo? Al final casi parece que podemos culpar a la sociedad del comportamiento de Alex. Se debería medir a todos los individuos con la misma vara, la ley no es tan ciega parece ser, sólo bizca, y todos tienen preparada la primera piedra en corro alrededor del reo condenado a lapidación.
¿Ofrece la sociedad soluciones? Si entendemos que solucionar es arreglar, o sencillamente extirpar, en realidad, ambas lo son. Burgess nunca estuvo muy a favor de los sistemas políticos capitalistas conservadores.
Por encima de la ley y el sistema, aquél que entiende y valora la verdadera música, ¿no es suficientemente sensible como para entender el milagro de la vida y su belleza? El que derrama una lágrima con las notas de Schubbert, guarda algo en su viejo tic-tac que aún lo mantiene unido a la humanidad y la cordura. Un cable por el que trepar desde el fondo de la oscura charca hasta la superficie, tomar aire, ver la luz.



El arte requiere de sensibilidad, y alguien con sensibilidad debe poder terminar por entender el mundo que lo rodea, la creación, sus iguales, la obra de Dios.
Ahí veo yo el fino cordón umbilical que Burgess crea para que Alex siga siendo humano, siga siendo adolescente, y no un monstruo, no un demonio, ni un psicópata perdido. Hay esperanza dentro de Alex. 
¿Acaso Anthony Burgess perdonó en su vida personal? Eso  lo elevaría por encima de todas las demás cuestiones como un verdadero cristiano piadoso y por ende un ser humano excepcional.
Lamentablemente, Anthony tras continuar con una ajetreada vida política, social (de copas con Burrough), recorrer Europa en una furgoneta como un hippie, eludir impuestos, y otras aventuras que incluyen la mafia italiana, reposó definitivamente en Mónaco dónde está enterrado desde 1993.


KUBRICK



Para ir terminando ésta entrada de hoy que me ha llevado casi el mismo tiempo que la lectura de la novela (algunas horas, que no es poco), no podemos dejar el tema sin recordar la película que versionó la novela en 1971.
Recuerdo mi primer visionado de la cinta siendo un adolescente, un nadsat de instituto, con su propia pandilla macarra, de tiernas incursiones delictivas y vandálicas, y claro… Esto de la naranja mecánica es como leer Nietzsche en segundo de B.U.P., te vuela el tarro y te crees que todo el monte es orégano, quieres ponerte los abanderado por encima del chándal y raparte una cresta, coger el palo de la fregona y salir por ahí a hacer el gilipollas.
Es una de esas películas de las que se debería respetar religiosamente el PEGI, porque un cerebro blandito como el pan bimbo no va a pillar el mensaje ni al vuelo ni con guantes de baseball. Sólo vas a quedarte con la ultraviolencia, el chumchumchum, el metesaca, los tolrochos en la rota y todo eso como un espectáculo visual gratuito y transgresor, anarquista, antisistema y anticristiano. El caos absoluto. Como darle un revolver a un chimpancé.
La película a manos de Kubrick, fue la primera gran producción que el ovacionado director de culto produjo con la Warner, no sin polémica ni leyenda. Para empezar, resulta que la versión europea de la novela, contiene 21 capítulos, un número que Burgess consideraba importante, habiendo planificado la extensión del libro en ese número antes si quiera de ponerse a escribir por cuestiones numerológicas premeditadas.
En la versión norteamericana, no hay capítulo 21, la historia termina abruptamente en el capítulo 20, y esa es la versión que Kubrick leyó, y la que con bastante tino y respeto pese a un puñado mínimo de licencias creativas, adaptó magistralmente, absolutamente confiado de que aquello estaba bien, sin más, desconociendo la existencia de un capítulo 21 tan importante (sin spoilers).
En EEUU, la película originalmente fue calificada X, obligando a Kubrick a recortarla para lograr finalmente la categoría R. Si la novela era cruda, salvaje, violenta y desagradable, la película no lo era menos, con desnudos y escenas de explícita violencia sexual y física capaces de herir la sensibilidad de más de un espectador.
Tal fue su impacto, que algunos fans comenzaron a hablar nadsat, que por cierto, fue edulcorado y empleado con mucha menor frecuencia que en el libro para su mejor digestión por el gran público, e incluso hubo asaltos violentos a indigentes y personas en condiciones de vulnerabilidad y desfavorecidas.
¿Por qué la clase media reactiva se siente siempre tan atraída por la marginalidad y los lumpen, actuando de la forma impropia a su estrato? Los drugos arrasaron con su forma de vestir, su argot y sus fechorías delictivas, y es que debe haber alguna explicación para la atracción que genera siempre lo prohibido, lo marginal, los perfiles bajos. Desde que la generación beat formada principalmente por etnia blanca de clase media que comenzaron a imitar hábitos y looks de los afroamericanos del geto, pasando por los hippies, hasta nuestros patrios neo kinkis emulando a El JAro, El Vaquilla y El torete con cuarenta años de retraso, el retorno de la riñonera y el chandal por dentro del calcetín como los toxicomanos de Vallecas y San Blas en los 80. Es demencial como el delito, lo repudiado, lo negativo puede con el tiempo pasar a convertirse en moda y ser imitado y reinterpretado, con el riesgo que conlleva vestirse de bruja en la noche de todos los santos, los demonios y los fantasmas se acercarán a ti, y si no dominas de verdad la magia negra, te devorarán.
La fama del filme superó a la de la novela con rapidez, convirtiéndose en una película prohibida en Reino Unido hasta su reedición en el año 2000.
En España se estrenó en el 75, apenas unos días después del fallecimiento del Cuadillo, con el cuerpo calentito casi,  en versión original subtitulada mostrando el metraje R integro. Como se decía durante el régimen, “Una americanada”, para la censura , no era tan peligrosas si no dañaban directamente el estilo de vida ibérico, el estado, la iglesia ni alguna vaca sagrada más. La sangre, los desnudos y los mensajes subversivos eran cosas de yankees que ni iban ni venían con el régimen.
Con estas y todo la película recibió 4 nominaciones a los Oscar, aunque no se llevó ninguno. Era la primera vez que esto ocurría en la alfombra roja con un film de ciencia ficción.
En pantalla, Malcolm McDowell (El libro de Eli, Tankgirl, Silent Hill Revelation, Fisto of the north star, etc) inmortalizó a Alex Delarge para siempre, tanto casi como el rostro monocromático de El ché Guevara, absolutamente mercantilizado y convertido en souvenir durante los 90 y en adelante, una señal contracultural y emblema de la cultura pop.



Con su corte de pelo, el ojo pintado, y el bombín. Algo diferente a los platís que narraba la novela, pero muy efectivo, top ten en Halloween y carnavales desde entonces. Era un poco más adulto que la versión literaria de nuestro humilde narrador, pero lo clavó, tan salvaje, tan despiadado, tan malvado.
McDowell las pasó canutas durante el rodaje, sufrió lesiones en las costillas en algunas escenas violentas, se lesionó las córneas durante las escenas del tratamiento Ludovico, perdió el conocimiento incluso en algunas tomas.
Y postrodaje, protagonizó diversas polémicas con Kubrik, inconforme con lo cobrado, y apoyó a Burgess en otra serie de enfrentamientos contra el director que le abondonó a su suerte en diversas ruedas de prensa que se tornaron encerrona por parte de la prensa más amarillista y los detractores del film.
¿Hay diferencias pues de la peli a la novela? Sí, las hay, pequeñas, pero las hay. No enturbian el resultado.
La fotografía, los emplazamientos, el vestuario, la banda sonora, el pene de cerámica... Todo se convirtió en mito casi instantáneamente.
¿Con qué me quedo? Con la novela sin duda, por mucho que le joda a Burgess, que Dios te bendiga y gracias por éste relato tan corto pero tan intenso.

jueves, 30 de enero de 2020

THE DIG, EL VIDEOJUEGO QUE SOÑO SPIELBERG



THE DIG


Una noche más traigo los circuitos a flor de piel, tengo los nanositos colisionando en mi cerebro chippeado como coches de choque en la feria. ¿Y cómo puedo remediarlo? No hay birra sintética en la nevera, pero, ¡sorpresa! Licor químico y refresco cancerígeno, cortamos una rodaja de limón probeta, y lo más importante, escribir.

Me conecto los trodos, calzo mi casco viejo forrado de holo pegatinas de grupos amateur de punk binario, y me zambullo en el dataverso. Bienvenidos a mi cuchitril virtual una vez más, espero que ahoguéis vuestras amargas realidades durante un ratito conmigo, visitando ficciones candilantes, trémulas y bioestimulantes con las que alimentar vuestros discos líquidos de datos.

Los últimos días he estado reviviendo un videojuego que quedó grabado a fuego en mis clústeres hace más de dos décadas. Los dinosaurios aún reinaban en la tierra, podíamos jugar en computadoras lentas sin personalidad autónoma gracias a unidades de datos fabricadas en plástico y silicio que ocupaban la palma de la mano, no existían aún esa pandilla callejera actual que viste de colores chillones y van acelerados bajo los efectos del multispeed conocidos como “Runners” que aterrorizan a los cyborgs del sector servicios cada anochecer en las aceras deslizantes, y los políticos aún eran de carne y hueso en vez de programas autoreplicados y autopurgados con objetivo de afinar las estadísticas predictivas.

Por aquél entonces, venían triunfando y ganando popularidad una nueva modalidad de juegos conocidas como aventuras gráficas, que se asentaron durante años como una de las principales formas de ocio computerizado en todos los hogares humanos previos a la revolución digital global y la singularización del individuo bio maquinal. Eran sin duda unos ingenios bohemios, como toda la tecnología prehistórica del siglo XX, que predeciendo a las actuales experiencias de inmersión r-óperas personalizadas, nos hacía vivir increibles aventuras en cualquier capricho de época o universo imaginario, en las que nuestro ingenio, paciencia y creatividad, primaban sobre los reflejos y la habilidad del jugador.
Estas aventuras gráficas, a su vez, podríamos aventurar sin utilizar el oráculo online universal, que fueron el resultado a la evolución de las conocidas como aventuras conversacionales, unos programas mucho más arcaicos, que carecían de animaciones gráficas, pero cuyo objetivo era similar, simular una experiencia literaria virtual en la que fuésemos los protagonistas, avanzando en primera persona subjetiva por una trama pre programada no aleatoria a medida que mapeabamos cardinalmente un entorno plano que paseábamos (virtualmente hablando) de pantalla a pantalla sin ofrecernos el juego nada más que un cuadro de texto donde escribir (que vulgaridad) nuestras intenciones y una ilustración monocromática con pixels gordos como parásitos de la fibra óptica.
El éxito de las aventuras gráficas residió en mantener una formula muy similar pero “animada”, con movimiento, un importante salto gráfico y estético, pero una mecánica similar, desentrañar las acciones correctas a llevar a cabo a golpe de ratón o teclado, para llegar al final de la historia.



¿Que qué tenía esto de divertido? La historia, la historia lo era todo, sus personajes, los diálogos pre programados, los puzles, las pruebas, los enigmas que hubiese que desentrañar, sin prisa, llegando a pasar horas de un lado a otro apuntando con el cursor del ratón por toda la pantalla y su atrezzo pixelado para ver dónde estaba el detalle que nos faltaba, o repasando nuestros bolsillos virtuales como protagonistas de la aventura, conocidos desde entonces como inventario, para ver qué narices teníamos que hacer con toda esa chatarra aparentemente inútil que cargabamos como un afectado por el síndrome de diógenes.
Y los nuevos mutantes podrían repetir ¿Qué tiene eso de divertido? Y yo les diría ¿Qué tiene de divertido un libro, o una película? Dímelo tú pequeño mutante. ¿Qué?. Pues eso. Click `n`Point chaval, en el fondo es una mezcla afortunada de elige tu propia aventura (ver Bandersnatch para retomar las tribulaciones al respecto) y un semanario de pasatiempos con “encuentra las diferencias” o “jeroglíficos” y “laberintos”.
Pero insisto, la historia era absolutamente importante, primordial. Nuestro protagonista debía caernos bien, era algo obligado, y entonces y por eso mismo, Roger Wilco, Guybrush Treepwood, Indiana Jones, Sam y Max, Simon, o Larry entre otros tantos, siguen en nuestra boca, en conversaciones de bar, y cada ciclo atómico improvisado, reaparecen en nuestras videoconsolas y ordenadores con un lavado de cara.

No voy a entrometerme en un repaso histórico de las aventuras gráficas, ni de Lucas Arts, ni de Sierra (la “Sega y la Nintendo” de las aventuras gráficas en eterna pugna por la medalla de oro), vine a hablar de una en concreto, una absoluta maravilla artística y una tremenda y épica aventura a la vez que lleva por nombre The Dig.

EL CINEASTA QUE SOÑÓ UN VIDEO JUEGO


The Dig llegó a nuestros hogares en 1995, para ordenadores domésticos en CD Rom, pero en realidad había sido imaginada (más o menos) muchos años antes, en los 80, con la forma de un esbozo de guión para Cuentos asombrosos, serie televisiva avalada por el gurú Spielberg con todo el espíritu pulp y weird de Twilight Zone o Más allá del límite. A caballo entre lo fantástico, el terror, la serie B y la ficción.
Lamentablemente la NBC sólo lo emitió durante dos años debido a que su éxito de audiencia tampoco fue para descorchar champán, y la producción correcta de The Dig suponía un presupuesto innaccesible para los productores.

Y a finales de los 80, en una barbacoa en el rancho Skywalker, George Lucas, Ron Gilbert (Maniac Mansion, Monkey Island), Noah Falstein (Sam & Max, Indiana Jones) y el propio Steven Spielberg reactivaron el brainstorming que resucitaba la historia de The Dig y que lo convertiría en videojuego en vez de película o capítulo de teleserie. Me imagino aquella reunión de “amigotes” y solo veo magia, ilusión, creatividad, en un entorno icónico y se me caen las bujías al suelo, qué momento. Es como una reunión de magos tomando el té y charlando de qué nuevas maravillas para la humanidad podrían conjurar.
Y aquello comenzó, la maquinaria se puso en marcha, solo podrían salir maravillas de aquella masónica reunión de imaginantes. En contra de las características habituales de la firma Lucas Arts Games que se caracterizaba por añadir siempre un toque humorístico en todas sus aventuras gráficas originales (aquellas que no se inspiraban en franquicias ya existentes, basta ver las aventuras de Indiana Jones en contra de los Monkey Island) y un PEGI familiar para todas las edades, la idea con The Dig exigía un guión adulto, crudo, una aventura de hard scifi para chicos grandes, sin bromas ni ese toque Monthy Python absurdo e inocente.
En 1993 Spielberg estrena Jurassic Park, y curiosamente la película recibió varias quejas de organismos oficiales a cerca de una calificación por edades inadecuada y vaga, poco rigurosa, y se le caen los calcetines, recula, y pese a que The Dig mantendría un argumento serio y maduro digno de la ciencia ficción clásica, recortaría un montón de ideas y edulcoraría la versión final.



The Dig ostenta el título de ser el videojuego con el desarrollo más largo de la historia de Lucas, y finalmente fue dirigido por Sean Clark.

SALVANDO EL MUNDO, OTRA VEZ


Y llegó el estreno, y jugamos The Dig, y pese a todo lo que esperábamos de ello, y lo que pudimos saber que se recortó, la obra no decepcionó, una historia de ciencia ficción en mayúsculas, que toma prestado e innova en cuestiones maravillosas e ideas alucinantes.

Como si Carl Sagan hubiese estado presente aquél día en el rancho Skywalker, comenzamos la historia con un observatorio descubriendo un asteroide que viene directo hacia la Tierra y las estadísticas científicas no son nada agoreras respecto a las posibilidades de sobrevivir al impacto.
Y como veríamos después en 1998 de mano de Michael Bay (igual él jugó The Dig, quién sabe) en Armageddon, el gobierno de EEUU decide enviar a la mole espacial en movimiento, un grupo de expertos en diferentes materias para aterrizar en al superficie del astrogranito y detonar sobre la misma un par de bombas nucleares que desvíen al ruta de la mega roca bautizada como Atila.

Los elegidos para salvar la humanidad son:

  • Boston Low, comandante de las fuerzas aéreas norteamericanas, el líder de la misión y nuestro avatar virtual. Nos meteremos en su piel pixelada a la hora de tomar decisiones, pero tendremos que asumir su carácter propio, marcial, frío, disciplinado y de líder tácito.
  • Brink, paleontólogo y geólogo europeo, crispante, el némsis del comandante, con un pensamiento científico que aboga por lo técnico y la posteridad.
  • Maggie, periodísta, los ojos que contemplen semejante hazaña y la boca que la cuente al mundo entero una vez lograda. Su carácter representa el punto medio entre los dos machitos alfa de la expedición, la frontera entre uno y el otro.
A éste triángulo principal, añadiremos dos personajes algo más secundarios, los técnicos del transbordador espacial que vuela hacia Atila, Len y Cora. Se cuenta en los bajos fondos de la deep web, que del guión inicial se eliminó un sexto personaje en la expedición, un japonés multimillonario llamado Toshi, pero esto ya es parte de la leyenda, porque no ocurrió.



Una vez la cuadrilla pisa Atila, descubrirán (sin hacer mucho spoiler y tratando de construir una sinópsis adecuada) que no es un asteroide vagabundo cualquiera que por azar va directo al planeta azul de la humanidad, no. Descubrirán que el asteroide en realidad es un vehículo que por error, o pro sorpresa, les llevará a un nuevo planeta muy lejano, repleto de misterios, en donde su principal objetivo más inmediato será sobrevivir en un entorno mustio y marchito con flora y fauna nativas y evidencias de haber acogido vida inteligente alienígena. Bueno, en realidad, será nuestro objetivo, y de nosotros dependerá que la historia continúe y nosotros seamos artífices y testigos. Una magnífica historia que sólo avanzará si somos capaces de averiguar qué hacer con los artefactos que encontramos, como interactuar con los detalladísimos y hermosos entornos de cada lugar, y lo más peleagudo, si sabemos hacer funcionar la antigua tecnología alienígena resolviendo puzles que de fáciles no tienen ni una micra.

The Dig exprimirá nuestras meninges, nos pondrá en aprietas, nuestra mano temblará sobre el ratón tentada de buscar pistas y soluciones en guías de la red tras agotar nuestra paciencia de una cámara a otra del complejo alienígena o los escarpados entornos de su ecología planetaria, revisando nuestro inventario una, y otra, y otra vez, hartándonos de probar combinaciones entre unos objetos y otros.
Pero cuando se os hinche la vena en la frente y estéis a punto de lanzar vuestro ordenador por la ventana tras una hora dando vueltas en círculo, enrocados en una solución errónea que pese a todo sigue pareciéndoos evidente, tomad aire, observad los parajes de ese nuevo mundo extraterrestre, relajaos con la exquisita banda sonora, o echad unas partidas al minijuego de la PDA de nuestro protagonista haciendo aterrizar pequeñas sondas lunares en terrenos aleatorios sin que explote, y después volved a la carga desde un nuevo punto de vista renovado y menos viciado.



No quiero spoilear porque lo odio, pero puedo avanzar que el argumento y el desarrollo de la historia están a la altura y le veo grandes similitudes con una clásica y una novedosa obras.
La primera Contact de Sagan, a quien ya citaba antes como una posible inspiración del equipo de Lucas en la creación de the Dig, ya que es inevitable encontrar algunos paralelísmos.
Y la otra Prometheus de las modernas entregas de la precuela Alien, teniendo en común, el factor xenoarquelógico, ésa mágica sensación de de estar descubriendo los restos de una civilización muy avanzada que ya no está para explicarnos por qué, ni cómo, y todo siguen siendo preguntas y misterios al rededor de sus restos y reliquias.

No querremos dejar de descubrir ese nuevo mundo, pero nos costaará, insisto, no va a ser un paseo por Isla Meêle, Lucas se puso duro con The Dig y nos ofreció un verdadero reto, con unos gráficos que hoy lucen maravillosamente retro, coloridos, bellos, y que son precisamente el sumum de una época pasada que los estudios indie se esfuerzan por recrear en docenas de títulos actuales pese a que la tecnología disponible para desarrollar videojuegos es asombrosamente superior y avanzada. Pero como decíamos al principio, lo que funciona hace 30 años, seguirá funcionando dentro de los próximos 30, porque no todo son gráficos, ni motores, texturas, gigas, teras, ni ultrafloops. Las máquinas, aún, carecen de alma, y por mucha tecnología que paguemos para conseguir la más bella de las obras futurístas, le seguirá haciendo falta alma, una historia, personajes creibles, con los que podamos empatizar, sensaciones, sorpresas, retos... Y The Dig nos da todo eso 25 años después, y no en vano considero que es un juego que significó el eslabón evolutivo clave en el salto de la clik `n`point de la “edad de oro” a la segunda hornada, que técnicamente resultó maravillosa pero que comenzó a perder popularidad y chispa entre el público que saltaba al campo desde un banquillo generacional a la cola, y títulos como Brocken Sword que inició su saga un año después tratando de mantener alta la barbilla de las aventuras gráficas mientras subía el agua en el camarote del “Titanic” de las aventuras en general y otros géneros como la estrategia y el rol en deceso de las videoconsolas de nueva generación que ofrecían un nuevo y flamante catálogo de shooters, simuladores y nuevos formatos como el survival; Y las bocanadas nerviosas por no tragar agua ya en el SXXI con títulos como Farenheit o Monkey Island 4 que pasaron a entornos 3D con más pena que gloria sin conquistar a las nuevas ni a las veteranas generaciones de jugadores.



Pero poderosa arma es la nostalgia y el género se resiste a morir a base de remakes o nuevas entregas de franquicias como Monkey Island o Larry, y algunos estudios indie que se atreven aún con el point `n`click, o que renuevan la jugabilidad y las interfaces pero mantienen la esencia de explorar, conseguir objetos, utilizarlos en nuestro entorno, y resolver puzles. Aunque ya no sean la portada de ninguna revista en el kiosko, malos tiempos para la aventura sin disparos, ni muertes, ni libre albedrío en sand boxes. Porque me doy cuenta de que no lo he mencionado aún, pero no, en éstos juegos no matábamos ni moríamos, resolvíamos, viajábamos.
Así que os animo a embarcaros en the Dig para descubrir una apasionante aventura de hard scifi, que aborda el sempiterno e hipotético caso del primer descubrimiento de vida extraterrestre, o el primer contacto, de una forma mágica, única y alucinante, madura y bien construida, sin fisuras, con un buen puñado de horas pendientes frente a la pantalla si no hacéis trampas y no miráis ninguna guía.
Además nos llegó en español tanto escrito como doblado, mención especial de última hora para la versión original que contó con doblajes populares como gancho( Robert Patrick y Steve Blum).
Y añadir que incluso el videojuego llegó a novelarse de mano de un veterano en las versiones escritas de franquicias de ficción llamado Alan Dean Foster que novelizó algunos títulos de Alien y Star Wars.

Que comience el viaje por el cosmos.

viernes, 24 de enero de 2020

EL AVIADOR DRO Y SUS OBREROS ESPECIALIZADOS


ANARQUIA CIENTIFICA


Hoy he tenido un día largo, no especialmente duro pero largo, He llorado como un niño pequeño en el dentista a primera hora de la mañana, y he decidido patear el centro con el morro anestesiado y la encía dormida pensando que eso me trae algunos viejos recuerdos sobre ciertas aventuras muy relacionadas con la entrada que ronda mi cabeza desde hace semanas.
El tungsteno por fin fluye por mi cuerpo, bañándome ardiendo, cayendo espeso de una tubería amarilla pintada con zanjas negras, y recorre mi anatomía derritiéndola, reduciendo mi carne, mis músculos y mis huesos a nada, porque el metal siempre es más fuerte que la carne, y en metal debemos convertirnos.

Termino mi jornada laboral y ya en los últimos 10 minutos abro un tercio que tengo en la nevera de la oficina, como si fuese un Moët aguardando el éxito de una transacción multimillonaria en el despacho de mi dueño, pero no, es una triste Miller de apenas un euro que sabe a agua chirri y que sirve para celebrar que por fin abandono mi cueva digital y puedo recorrer mi hora de trayecto subterráneo algo atizado con el libro Anarquía científica del Aviador Dro entre las manos. De píe, balanceándome en el interior de una tenia mecánica que recorre los intestinos de la ciudad hasta encontrar el ano por el que escupirme a mi y al resto de pasajeros en una eyaculación de mercurio lenta y perezosa que se esparce por el túnel y las escaleras mecánicas como hormigas subiendo el tronco del platanero.

Pero soy arrastrado hacia mi hogar de humano, convencido de una cosa. Hoy voy a abrir el portátil, y voy a conectar esa vieja máquina del 2008 que aún funciona, fiel y funcional, a mi marcapasos cromado. Directamente, sin antivirus ni firewalls. Porque estoy conmovido, estoy agitado, estoy zumbado y mutando hacia el nuevo homínido biomecánico y digital que profetizaron Los obreros especializados.

En mi casa de humano de 40 metros cuadrados, a las afueras en un clásico barrio obrero que se reinventa entre burbujas imaginarias y especulaciones del tulipán mientras la banca siempre gana, encuentro media pizza fría y media litrona. Genial, puedo continuar, aunque se que me va a llevar rato, mucho rato, a mi escribirlo y a vosotros leerlo, porque estoy chiflado con éste libro de tapa dura roja que parece un manual de conducta Mahoísta.
Y porque hablar de la fascinante revolución tecno del Aviador Dro, es en parte hablar de mi mismo, de casualidades y conexiones, de una forma de entender la vida, de aceptar la mutación benigna que el destino me ha regalado. De no mirar atrás, aunque este libro es precisamente eso, un vistazo bien largo hacia atrás, a una época en la que yo no había sido ensanblado aún siquiera, y su futuro, que me ha perseguido desde entonces, sin saberlo ellos, ni saberlo yo.

Hoy hablaremos de música, y de ciencia ficción por supuesto, porque ambas cosas tienen mucho que ver, y Aviador Dro y sus obreros especializados son la clave.
Pongo mi plataforma de streaming habitual, aunque la uso muy, muy poco porque yo soy de esos petardos que siguen reproduciendo físico, y me pongo sus canciones mientras escribo, sus historias de ficción, sus space óperas, sus ficciones especulativas, sus distopias revolucionarias e hirientes, sus caricaturas del presente y sus paisajes post atómicos. Y espontáneamente los voy a añadir a éste ensayo experimental de hoy, no tanto como el futurismo ni el dadaísmo, pero experimental en ese sentido, de unir, la cifi y la música por primera vez en Tungsteno Dreams, y no será la última.

“yo quiero bañarme en mares de radio
con nubes de estroncio, cobalto y plutonio
yo quiero tener envolturas de plomo
y niños mutantes montando en las motos”




CIENCIA FICCION MUSICAL


Aquellos jóvenes a punto de acuñar la etiqueta “tecno pop” estaban allí, terminando el instituto, en La Prospe, jugando rol, escuchando The Residents, Kraftwerk y Devo, y leyendo Clarke, Heinlein, y Asimov.

Como hemos resumido antes, extrayendo algunos de los momentos más geniales que vamos a encontrar en el gran libro de la Anarquía Científica, los miembros de Aviador Dro se caracterizan por su interés en la ciencia ficción, el futurismo del que ya hemos hablado muy por encima en la entrada de deathrace 2000, y la ciencia y tecnología en general. Imaginaron el futuro partiendo de la cifi clásica y el pulp, acertando en docenas de sus soflamas proféticas como auténticos cyber nostradamus de la movida madrileña.
Influidos por el punk, el nihilísmo consecuente, La naranja mecánica, evolucionaron junto a la ciencia ficción componiendo canciones, que a mi paarecer, fuera de lo que podemos encontrar en el libro de Anarquía científica, y según mi propio aporte y cosecha, cada una es un nano relato o un nano poema futurísta.

“toda la corporación unida, planeando futuros proyectos
la misión que nos imponemos, la conquista del reino de los cielos.
Es el día de la celebración del nacimiento de la indústria
lo celebramos con cometas de neón y el claxon cristalino de los coches”

¿Era una broma de mal gusto? Creo que sí.
¿Iban en serio? Mucho
¿Activistas? Por supuesto

Encontraremos acidez en sus canciones, en sus futuros industrializados, distópicos, opresores, en los que el ser humano es sistematizado, como un androide, reducido a un estado de alienación en el que ya nunca más estará triste, porque la felicidad está programada.
Demonios, minijacks oxidados, y virus barrotes... ¿no es magnífico hacer canciones en torno a ese futuro?
Pero los obreros especializados no concibieron el futuro como una distopía, si no que lo enfocaron desde el punto de vista de la utopía. Su caricatura del androide, del cyborg, del mutante, se reía de sí mismos, mientras sus octavillas y el mensaje latente sobre la canción divertida es demoledormente social, político y amenazante. Como ocurriría con cualquier buena novela de ciencia ficción.

Las canciones de Aviador Dro nos van a presentar entornos sintéticos, asépticos, laboratorios, factorías, estaciones espaciales, yermos radioactivos, combates galácticos, romances mecánicos...

Sus líricas iban perfectamente embutidas en un todo, un pack completo de música compuesta con sintetizadores Korg y samples, y una puesta en escena teatral que sin tapujos bebía directamente de los Devo y The residents.

Pese a aceptar ellos mismos la etiqueta tecno pop, para mi son tecno punk, porque la anarquía no puede ser pop. Precisamente lo popular es lo que nos esclaviza y sistemiza. EL opio social. El aviador Dro y sus obreros especializados dinamitaba todas las convicciones populares, y las anécdotas al rededor de la famosa actuación asturiana con interpretación de Nuclear sí lo dice solo.
En sus canciones veremos a Mad Max, a Godzilla, a Flash Gordon, fragmentos de Philip K, Dick o de Gibson.
Pero no es sólo cifi, no son sólo unos frikis sin talento para la música que consiguieron juntar unos acordes en sus teclados asiáticos de forma autodidacta mientras vomitaban delirios futurístas, no.
Son auténticos activistas, una compañía teatral comprometida con la vanguardia, involucrados en los tiempos que les ha tocado vivir, intentando mutar a los humanos con sus herramientas sónicas de hacer sonidos hipnóticos para colarse en nuestros cerebros primitivos y despertar las cadenas de cromosomas latentes en nuestro ADN alienígena durmiente y llevarnos a la evolución post humana mientras bailamos.
¿qué más se puede pedir?



Patricia Godes nos trae un maravilloso tocho de libro, titulado La anarquía científica, con ese símbolo de la A de anarquía encerrada en un circulo (que contradictorio, encerrada la libertad), modificada a forma de un compás y un rayo.

“Libertad
Igualdad
Electricidad”

En éste compendio de vivencias, filosofía y recuerdos de los 40 años de vida del grupo, editado por La Felguera, podremos descubrir toda la historia de la banda, centrada principalmente en Servando Carvallar, alias Biovac N, espíritu y fundador de la casi guerrilla de los obreros especializados, por la que militaron y desertaron muchos nombres en tanto tiempo, dejando su impronta en la historia que Patricia nos presenta, de voz de sus protagonistas y allegados.

Leeremos un recorrido filosófico e idealista de los principios y objetivos del grupo, que iban más allá que el de la mayoría de grupos del momento “Movida Madrileña”, influenciados en su mayoría por el punk, el rock'n'roll, los mode o el pop con aspiraciones más que menos superficiales y edonistas que nada tenían que ver con el militarismo de el Aviador. Podríamos catalogarlos como una asociación intelectual vanguardista de jóvenes inquietos con ganas de crear el futuro que les habían prometido los escritores de ciencia ficción clásica. El rol, los tebeos, la cifi, el cine y el punk y la música electrónica y las vanguardias más surealistas nutren la identidad del grupo que inventó la etiqueta “independiente” en la industria musical española, los verdaderos pioneros del underground.
Biovac N, su líder, representaba el espíritu de “lo haré sin vosotros, os guste o no, insignificantes humanos” entre la superioridad intelectual y la comedia más ácida e irreverente.
Si hay que levantar el fusil en la guerra civil de las junglas de Venus, que al menos sea divirtiéndonos.

“Ella es de pexiglas y por eso me gusta mas
esta hecha de metal y por eso me gusta mas”

Pasaremos las páginas de Anarquía científica descubriendo todas esas memorias, disfrutando de copias de sus octavillas originales y sus “flyers” artísticos con auténtico sabor pulp, alguna historia ficticia en torno a los obreros especializados, cómics, repasos musicales de sus inspiraciones, movimientos contraculturales y moda.
Un imprescindible para cualquier melómano y por supuesto más aún si somos fans del grupo, está lleno de datos tremendamente interesantes, de los que me quedo por ejemplo así al vuelo con que resulta que Parliament y Funkadelic, uno de mis grupos favoritos, también influyeron al Aviador en ciertas temáticas, técnicas musicales e incluso outfits. Y eso no es nada.



“He repasado mis cintas de recuerdos
cuando volabas conmigo
unidos en la cima del mundo
desafiando su sonido
ahora tu cuerpo yace invernado
en una cápsula especial
y sólo puedo estrechar el vacío
sólo puedo esperar”

Que mejor que mirar el mundo desde arriba, desde un aparato volador que bombardea el suelo, porque desde ahí arriba no se ven los muertos.
Qué crudeza, Aviador Dro no iba en broma.

Sólo es darle al play a Nuclear Sí (por supuesto!) para dar un paseo  por el wasteland más loco y caótico que habremos presenciado nunca, es como ponerse las gafas de realidad virtual, pero lo logran a través de tus oídos. Y no sólo nos regalan un viaje acústico, irónico, terrorífico entre Mad Max, Dune y El reino de la Noche, si no que descojonándose, haciendo sorna de los peligros de la radiación, nos conciencian de la misma, Hay un mensaje bajo su ficción, como debe ser, como exigen los cánones, nada es en vano.

Y ocurre lo mismo si escuchamos la arenga de los sindicatos futuristas, o el día de la industria, porque nos reiremos visionando esa civilización futura en torno al culto de lo mecanizado, las factorías, el trabajo en cadena robotizado y la idolatría al patrón, a la megacorporación, pero cuidado, que la caricatura esconde una manzana envenenada, que nos reímos para después pensar en que vamos cuesta abajo y sin frenos a esa mecanisburgo deshumanizada si no ponemos soluciones. Soluciones que la historia a lo largo de los siglos sólo ha aceptado violentas, revolucionarias, porque los obreros especializados son auténticos guerrilleros de la anarquía científica, la libertad plena a través del entendimiento con la máquina y la ciencia, el posthumanismo absoluto, la destrucción de lo antiguo por cualquier medio para crear lo nuevo, brigada de demolición.

Y nos enamoraremos de manera industrial de chicas construidas en plexiglás, y tendremos piezas metálicas en nuestro cuerpo como Néstor, y volaremos en el aerocoche nuevo de la corporación por encima de la ciudad, desafiando su sonido.
Bailaremos como robots arítmicos mientras desciframos el código binario de sus letras, porque el sonido plástico y sintético de sus Korg, Moog, Akai, Roland y otros juguetitos llenos de cables y teclas nos envolverán en un holoespectáculo hyperdimensionado que nos embrujará como la ayaguaska y el mantra del chamán, en una versión futurista de la celebración más primitiva de nuestra existencia.

¿Es o no es literatura? Es eso y mucho más. Cuánto le deben Siniestro o los Nikkis por ejemplo a la forma de componer del Aviador.

MUSICA CON MAQUINAS, HISTORIAS HUMANAS


Nací recién empezados los 80, mi infancia no tuvo nada que ver con Aviador Dro, Ni la Movida madrileña a excepción de La Bola de Cristal y Rockopop, ¿o tal vez sí? Nunca he creído en las casualidades, tampoco me he obsesionado con ellas porque resultan azarosas, pero si el universo se sostiene sobre cuerdas, posiblemente nuestros destinos también, aunque ésto no es nada científico y los obreros especializados tendrían muchos argumentos con los que formatear mi disco duro defragmentado.
Conocí a éste grupo hace unos 4 años, ya talludito, más cerca de los 40 que de los 30, y fue como una bomba atómica para mi. Arrasó con todo lo que había en mi encefalograma plano, dejando un solar postatómico poblado por zombies carnófagos, scavengers carroñeros, reptiles mutantes super-saurios y alienígenas raptando especímenes para sus experimentos.
Y yo leyendo Asimov, Sterling, Masamune Shirow, y no había oído nunca antes Aviador Dro. ¿Pero qué cojones?
Claro, me recuerdo a mi mismo en la preadolescencia, con mi colección de cassettes que yo creía transgresoras, llenas de ritmos machacones insulsos y “poesía” barata de a duro interpretada por un puñado de delincuentes juveniles norteamericanos y unos cuantos aspirantes patrios orgullosos de las tonterías que balaban en pareados de segundo de E.G.B. Y mi padre diciéndome

“Chaval, te voy a tirar toda esa mierda a la basura, coge mis discos de los Beattles o Mark Knopfler”

Y yo pensando que aunque de pequeño me flipaba le película de animación del Submarino amarillo y papá siempre me había inculcado cierto interés y gusto por tendencias artísticas que él pudo haber considerado independientes, aquella mierda británica ya no me interesaba para nada, solo quería ponerme los vaqueros tres tallas más grandes al revés y saber con qué máquinas hacían la música esos negros.
Y las cosas en todos los hogares humanos de España deben de seguir siendo parecidas, sin evolución ninguna, y no me meto. Y no lo hago, porque de aquellas fatigas, vinieron grandes cosas, grandes sueños, y grandes decepciones, y me menciono a mí mismo, porque eso es lo que he leído en Anarquía científica y no puedo evitar que se me pongan los pelos como escarpias y las clavijas de punta.

“hemos ido a bailar a la sincoteca
un programa especial no computado aún
con ultrasonidos y en caída libre
estás muy bella esta noche”

En un barrio que conozco muy bien, La Prospe, un grupo de adolescentes inquietos, activos en lo político, lo artístico y lo musical, comienzan a pasar horas y horas en la casa desprovista de tutores legales de uno de ellos, y empiezan a convertir un piso cualquiera de un barrio cualquiera en un hervidero de locuras, aparentemente inocentes, inocuas, pero demoledoras, reales, tangibles, que iban tomando forma, deforme, pero creciente, como Testsuo a punto de explotar.
Comienzan a escribir cosas entre partidas de rol, panfletos, teatro, canciones. Y todo aquello comienza a írseles de las manos, pero ocurre lo necesario para que no chorree por un desagüe, y es la comunidad, una escena, más jóvenes buscando su sitio, queriendo ir siempre un paso más adelante, hacer que la bola de nieve siga creciendo cada vuelta que da colina hacia abajo, más grande, más monstruosa, capaz de derrumbar el muro erigido al fondo del valle por los mediocres y ver saltar sus ladrillos por el cielo alto, muy alto, como un Dodge en la calle Claudio Cohello.
Y lo leo, y noto las mariposas en el estómago, porque eso hacíamos nosotros, eso mismo, con veinte años de diferencia, en un nuevo patrón del programa en espiral.



Casas okupas, locales, contacto con otros grupos, encuentros con la poli de los que reírse después, conciertos desastrosos que curiosamente gustaron a los asistentes, de forma impensable. Componer música con computadoras y máquinas. Escribir letras que nadie excepto quien las escribe comprenderá nunca del todo y ni con esas.
Y la maquinaria del juggernaut seguía funcionando, y aquello no paraba, iba a más, más conciertos, más movimiento, más jóvenes interesados en unirse a aquello que estaba ocurriendo, y otros que lo abandonarían drásticamente. Egos, discrepancias, amistades que se pierden, penas que no pueden frenar tus sueños, porque tus sueños son tuyos. Y leo como Biovac N sufre el cisma con Esplendor Geométrico, y también lo siento como si me hubiese pasado. Me duele.

Ya sabéis, si leísteis mi entrada de Pequeños Héroes, que también une la ciencia ficción con la música, que yo trabajé durante unos años en ese mundo. Y entonces leo cómo Servando crea un colectivo en torno al Aviador Dro, sus Obreros especializados, donde cada uno pone lo mejor de sí mismo sólo porque quiere, porque disfruta viendo aquello hincharse a punto de estallar en la cara de todos los asistentes como si de una mega performance dadaísta se tratase, como Leo Bassi salpicando de excremento bovino a su público en un teatro, y crea DRO, y digo.... otra vez, esto lo he visto yo, con la diferencia de que la empresa para la que trabajé no facturaba 100 millones de pesetas al año, no teníamos a Loquillo, ni a mis amados Siniestro Total, ni a gabinete Caligari, pero sí muchos grupos buenos, y como ellos, mi empresa logró colocar a éstos artistas emergentes, contraculturales, don nadies con corona en el underground y sus circuitos sectarios reducidos, en portadas de revistas de tirada nacional, en conciertos por Europa y por Estados Unidos, en las estanterías de tiendas en Japón, en la televisión nacional, y entonces tengo que pensar...joder Servando, te siento.
Otra cosa con la que me quedé de piedra al leerlo en Anarquía científica fue que calle Fundadores albergó la sede de Discos Radioactivos Organizados, sus almacenes y un local de grabación. La puta calle en la que he crecido, la calle en la que también hubo otra cosa importante para mi, que fue Alfil Juegos en la primera planta de una vieja carbonería con portón de madera. Que seguro también fue importante para Biovac N, porque insisto, nada es casualidad, cuando DRO se fue a la mierda, apenas unas calles arriba estuvo Arte-9, de la que Servando fue accionista, para desprenderse de ello al final y fundar generación – X.
Mierda, ¿sabéis cuántas horas he pasado yo de crío en Arte-9? Todo me ha estado rondando, todo éste tiempo, y me doy cuenta de que nací 20 años tarde para haber absorbido todo aquello, pero que no he podido escapar, es parte de mi vida y no lo he sabido hasta la segunda década de los 2000.
¿Y jugando los videojuegos de DRO Soft? Porque sí, también tuvieron su propia productora y distribuidora de videojuegos para ordenadores domésticos de la época, y allí estaba yo jugando a mi Spectrum, del que ya os he hablado muchas veces fue un trampolín imaginativo para mi, con el OP QA, y El aviador y sus trabajadores estaban de nuevo detrás mía involucrados en el mutante que latía en mi interior.

Tras Discos Radioactivos Organizados vinieron La fábrica magnética y Virus, que me los imagino mucho más cercano a la empresa que durante más de media década me dio trabajo a mi en el mundo musical underground, éxitos y alegrías. Una escena posterior de artistas, con poco en común a parte de componer digitalmente y resultar chocantes para el resto de humanos no mutantes. Y he pasado por despachos, almacenes, emisoras de radio,cadenas de TV, oficinas de la prensa especializada, festivales interminables de gente que acampa al rededor de los escenarios, trabajando muy duro para poder colocar a todos los involucrados donde yo quería que estuviesen, en lo más alto, pero eso nunca ocurría. Y un veinteañero trabajando con compañías discográficas emergentes, como le pasó a los Aviador Dro, pero que no estaba en la movida madrileña, si no en unos 2000 en los que todo había cambiado mucho desde entonces, necesitaba un plan B para la siguiente década si eso no comenzaba a dar facturas por encima de los 4 ceros cada trimestre. Y a mi, eso no me ocurrió, a la mayoría de mis compañeros de faena y artistas tampoco, pero quedaron en boca de muchos que sí lo consiguieron, y de aquél entorno colaborativo del que surgió aquella aventura laboral (que putada que al final todo se racionaliza) me alegro de que algunos terminasen cumpliendo sus sueños, trabajando en cine, televisión, o la industria musical, y aunque me hubiese gustado ser Servando, y montar un negocio que me apasionase con lo poco ahorrado como hizo él con Generación-X, me quedé como Cyberjet, pero sin la pasta ni el aeroplano, viéndo a algún viejo compañero en la tele del salón, retirado de la primera línea de guerra. Un puñetero mileurista más, se acabó el sueño, no podía seguir sacrificando facturas por una profesión emocionante que algunos meses no daba de comer.

“me estoy alimentando con un nuevo programa
imágenes simula mi amor informativo
me estoy reconstruyendo con un buen telefilme
dibujos animados que aniquilan el cine”

Así que Aviador Dro, tras casi 4 décadas bio camuflados en mi radar, por fin fueron descubiertos, justo en un momento de mi vida nuevo, en crisálida de mutación, reprogramándome, y sus vivencias y biografías me han hecho entender que todo tiene una estructura, que las cosas ocurren de forma muy similar, en todos los lugares, todas las épocas, y que todo es un programa en espiral.
Y cuando leo que Aviador Dro durante su tercera década, tras idas y venidas de miembros, dramas y peleas, no llegaban ni a juntar 100 personas en una sala tras haber facturado millones de pesetas décadas antes, es entonces cuando me siento un cyber Sísifo empujando todos los días de su vida una enorme bola de chatarra en un vertedero post atómico, imposible de dejar de hacerlo.
Es entonces cuando entiendo el significado de la palabra guerrillero, de la arenga sindicalista, de los monos de camuflaje, del Do it yourself.
Y leo las declaraciones de Biovac N, de Arcoiris, de Metalina 2, de Fox Cicloide, en Anarquúía científica y siento perfectamente sus sueños, sus ambiciones, la defensa de sus principios, la idea de querer crear cultura iendo a la contra, sus penas y sus dolores cuando el equipo se rompe, cuando caes cuesta abajo y sin frenos, cuando crees que ya nada tiene sentido y hay que reinventarse. Joder. Para alguien que ha currado en la música es un libro tremendamente doloroso y a la vez motivador.

Y allí estaban, haciendo carátulas a mano y coloreándolas y recortándolas para venderlas, y repartiendo octavillas en el rastro y en las discotecas, moviéndose, organizándo la independencia musical, la Anarquía científica, y me recuerdo a mi con veinte y pocos repartiendo flyers, poniendo pegatinas, grabando verbatims y fotocopiando portadas y recortándolas, sin tener ni idea de que todo eso ya lo habían hecho en La Prospe, y que antes de El Laboratorio ya estuvo el Ateneo en Mantuano. Que ellos, fueron los primeros en España en constituir un colectivo artístico en torno a la música, una “comuna” de libertad creativa enfocada en una única dirección, que inevitablemente, tarde o temprano, se astilla en múltiples direcciones, llamémoslas esplendor geométrico o Warner.
Y los trajes, las performances, 20 personas sobre un escenario, cada una haciendo una cosa diferente, celebrando la anarquía musical. La anarquía nunca dura para siempre, es imposible. Y todos hemos querido mantener esa pureza, esa inocencia, ese idealismo, pero cuando pasamos por el notario y configuramos una sociedad mercantil, pensando que nada podrá romper el espíritu de lo creado, qué hipócritas somos, toda esa anarquía se muere en cuanto añades las letras S.L. Al final del nombre de la comuna.

Y dejemos ya de orbitar personalmente al rededor del Aviador, porque aunque me resultaba imperdonable no hacerlo, no estoy buscando vuestra aceptación ni un ejercicio de auto compasión.

“la nostalgia es un término humano incomprensible”

Tras descubrir tan tarde lo muy involucrados que estos mutantes han estado en mi vida, al menos los he visto en concierto por su 40 aniversario, y me siento feliz, porque me han inspirado mucho, muchísimo y nunca es tarde si la dicha es buena. Gracias obreros, vuestro futuro es ahora.