domingo, 3 de febrero de 2019

METRO 2033 DE DMITRY GLUKHOVSKY



DMITRY


Febrero va a ser un mes intenso para los adeptos a la ciencia ficción en todos sus formatos, como manifestamos los sectarios del Tungsteno, Se vienen ya mismo estrenos de cómic, de cine, de videojuegos y de literatura, y voy a dedicar el mes a éstos estrenos en la mayor medida posible.
Uno de esos estrenos a los que me adelanto éste domingo, es precisamente el nuevo videojuego de la saga Metro, con el subtítulo Exodus. Por eso mismo, voy a escarvar en las raíces de ése título fps de acción postapocalíptica, que bien podría haber incluido en mi serie de entradas agrupadas bajo la etiqueta “El fin”, pero Metro merece tener su propio protagonismo. Además los videojuegos no van a ser los protagonistas de la entrada, si no los libros, mucho más interesantes que su versión informática de ocio, que después enfrentaremos.



Para empezar, como casi siempre, una pequeña presentación a cerca del padre de la criatura, Dmitry Glukhovsky. Un intelectual antistablishment ruso, que al final, bajo mi punto de vista, ha entrado de lleno en el mismo sistema comercial al comenzar a vivir de sus obras. Y no es una crítica, que va, ojalá yo viviese de cualquier método creativo o artístico, como pudiera ser la literatura, pero opino que el tipo ha sabido ver el filón del fandom y los universos expandidos, incluso perteneciendo a una “liga inferior” de escritores a nivel global, porque no está a la misma altura del ranking de otros escritores que han ramificado sus oingresos derivados de sus obras, como por ejemplo el mismo R.R. Martin, pero sin embargo el hombre se ha perfilado como un inquieto bussinessman del entertainment.

Dmitry es periodista, ha trabajado para Euronews en Francia, y ha redactado una tira cómica en diarios de su Rusia natal, titulados “La madre patria”. Cursó estudios en Europa y en Israel y habla 5 idiomas. Un perfecto yerno en potencia como aquél que dice.
En 2002, los albores del internet actual, decidió aprovechar las nuevas herramientas que el nuevo milenio ponía a disposición de todos e hizo un excepcional uso del tópico de la democratización de la red. Comenzó a colgar los capítulos del borrador del primer Metro 2033, la novela que le llevó al éxito. En Rusia se convirtió en un éxito de libre acceso tras unos cuantos meses. Las editoriales comenzaron a timbrar en su puerta y finalmente accedió a la publicación de su obra, no sin haber hecho una serie de cambios sustanciales sugeridos por la propia editorial para que el texto tuviese mayor éxito. Y es por motivos como ese, por el que anteriormente me atrevía a opinar, que aquél joven Dmitry que comenzó en el underground virtual de la red, pasó a formar parte de la industria del entretenimiento aceptando cambios en sus párrafos, en pos de una mejor comercialización del título.
Lo importante, sin juicios de moral, que insisto, ya me gustaría a mi, no malinterpretemos, es que le dio resultado, vaya que sí. Metro 2033 se ha publicado en casi todo el mundo, en docenas de idiomas, y ha sido continuado por las secuelas Metro 2034 y Metro 2035. A parte de los títulos rubricados por él mismo, ya anticipaba que Dmitry se ha convertido en un pequeño magnate de la ciencia ficción, porque se han editado bajo su licencia, docenas de libros escritos por otros escritores, amateur la mayoría, inspirados en el mundo post nuclear que Glukhovsky había creado, donde el protagonista es el metro, los túneles, un ecosistema subterráneo dantesco donde el ser humano sobrevive al invierno radioactivo.
Y el imperio de Metro no termina ahí, tenemos también dos exitosos videojuegos de acción basados en el mismo universo, que éste 15 de Febrero de 2019 se convertirá en trilogía.
Y para rematar, se lleva negociando desde hace tiempo, la adaptación televisiva o cinematográfica de su universo novelado.
En poco más de una década, Dmitry Glukhovsky ha pasado de estudiante a autor best seller y experto en universos expandidos. Propietario de una fructífera licencia bajo el nombre Metro.



METRO, LAS NOVELAS


Timunmas se ha encargado de traer al español unas ediciones de la trilogía muy cucas. Recuerdo cuando lo vi por primera vez en la librería en 2009. Lo agarré, leí la contracubierta, y no lo dudé un instante. Para empezar, el metro de Moscú ya es un hábitat lo suficientemente llamativo y poderoso.
El palacio subterráneo, una red de transporte público construido con pompa, soberbia y lujo, pese a lo alienante que resulta para el proletariado hacer sus recorridos hacinados en vagones subterráneos. Es la red de metro que más pasajeros transporta al año, más que el de Tokyo o Nueva York, con 379 kilómetros de recorrido ocupando el tercer puesto del podio tras Londres y Nueva York, y 222 estaciones. Una linea de metro construida además de como medio de transporte público, como refugio atómico, un enorme búnquer sellado y hermético.
Y en la novela, ese laberinto de túneles y raíles, se convierte en el último refugio de la humanidad. En ningún caso se crea un lore universal, la narrativa sólo nos habla de Rusia, de cómo ha quedado reducida a escombros y amasijos radioactivos tras una tercera guerra mundial muy próxima.
Pese a que Dmitry accedió a manipular el texto original, el resultado de la primera novela, Metro 2033, me resultó una obra imprescindible de la CIFI.
Nos convertimos en al sombra de Artyom, un joven huérfano que habita en su estación en una monótona y anodina vida como stalker. Forma parte de un pequeño grupo de rapiñeadores, basureros, o exploradores, que salen a la superficie de Moscú embutidos en trajes antiradiación caseros, a buscar restos útiles de tecnología, o material con el que comerciar después en las otras estaciones de la red de metro. Ya que, importante, cada estación de metro habitada, constituye una micronación por sí misma, en un complejo sistema de gobierno global que conforman todas las estaciones, que bullen en constantes luchas de poder, armadas o diplomáticas.
Dmitry transporta una copia de los conflictos globales entre súper potencias y el mundo de occidente, a una miniatura política encerrada en los túneles del metro de Moscú. Crea paralelísmos entre diferentes grupos de gobierno actuales y las diferentes estaciones del metro.
Encontraremos así una linea comunista, otra conocida como la línea del IV Reig, una línea neutral, las estaciones de la Hamsa, y otra serie de estaciones que escapan al dominio de las principales, con extrañas costumbres.
La humanidad sobrevive mediante el cultivo subterráneo de setas y otros vegetales aptos para el crecimiento subterráneo, y las granjas de cerdos y aves.
Es un ecosistema social y humano cerrado, sin escapatoria, ya que la radiación impide la supervivencia en el exterior, y no solo las partículas gamma, si no toda una nueva fauna mutante hostil que acecha entre las ruinas de edificios, calles y monumentos. Por lo que no hay escapatoria, la humanidad superviviente, que a duras penas continúa reproduciéndose bajo tierra, tras el apocalípsis nuclear, está condenada a entenderse, o no, porque no pueden ir a otro lugar, no hay otro lugar.
Agobiante, claustrofóbico, carente de esperanza, así es el futuro distópico cercano que Glukhovsky nos ofrece. No es bonito, ni alagüeño, es deprimente, sucio y oscuro. Dentro de los túneles el hombre se convierte en un lobo para el hombre, la supervivencia es la única obligación del individuo, y simpatizar con uno de los grupos poderosos es la mejor opción de prolongar tu esperanza de vida con un cuenco lleno de guiso de setas y un uniforme militar para no pasar frío.
La población, sin posibilidad tecnológica ni educativa, alcanzan la edad adulta sin posibilidades, oficio, ni beneficio, una metáfora plausible de lo que ocurre hoy día con nuestra juventud, la tasa de desempleo, el fracaso escolar y la falta de oportunidades y la carencia de especialistas en sectores primarios que nos espera para el futuro, y por qué entonces la migración es necesaria, teniendo en cuenta, que el aislamiento y la nulidad de circulación humana que propone el metro en la novela, es un de los grandes impedimentos para el progreso de una neo sociedad avocada a su autodestrucción.



Parece simple vislumbrar esos “easter eggs” ocultos entre líneas de ficción, que en realidad están gritando los defectos de nuestra actual sociedad.
Los grupos dominantes de las líneas, además, son poco diplomáticos, y la red de metro carece de protocolos, manda el ruido del Kalashnikov, y los conflictos que no se resuelven mediante diálogo, inevitablemente, acaban en baños de sangre indiscriminados, esclavitud, violación y abuso. La guerra en estado puro, una crítica clara a los conflictos derivados por la balcanización de los años 90 y la ruptura soviética, que todavía hoy colea con conflictos bélicos a los que el resto del mundo preferimos no mirar, porque como dijo aquél político británico ante el auge del nazismo en Alemania

Es un problema entre gente que no conocemos, y viven muy lejos, que no nos incumbe

O algo así, no copio de ninguna web, trato de exprimir lo que leo.

La crueldad del Metro 2033 es tan real como la que se vive en el conflicto checheno, o en cualquier otro conflicto en cualquier punta remota del mundo. Solo que parece obvio cuales son las fuentes más cercanas grabadas a fuego en el subconsciente del autor.
Tan cruel es, que en los túneles del Metro 2033 la única moneda de curso legal aceptada fuera del trueque, son los casquillos de munición. Las balas, son dinero. Aplastante.

En semejante infierno, Artyom comenzará un viaje desde su humilde estación, un viaje de madurez, de autoconocimiento, en el que evolucionará personalmente, descubriendo su lado más oscuro, priorizando entre ética y moral, obligado a tomar decisiones para sobrevivir tras descubrir la cantidad de basura bajo la alfombra que han estado barriendo durante décadas sus líderes políticos del subsuelo. Engaños, mentiras, manipulación de las masas, traiciones, falta de principios, y todo a lo que nuestras democracias occidentales nos tienen acostumbrados, marionetas de poderes económicos, sin izquierda ni derecha, si no que detrás de sus promesas, mentiras y eslóganes, sólo ay avaricia. Es así de crudo. El civil somos ganado, números prescindibles, combustible para el motor gubernamental. La conspiración final.
Artyom nos invita a los lectores a quitarnos nuestra venda ante el mundo real en el que vivimos, corrupto y manipulador.

Artyom comenzará su periplo, coartado por un misterioso forastero llamado Hunter, y su propia curiosidad por conocer realmente el mundo que hay más allá de su estación. Artyom deberá llegar a la estación conocida como La Pólis, para informar sobre la actividad de unas criaturas mutantes humanoides conocidos como “los negros” por su oscuro y brillante tono de piel. Estos “negros”, han tratado de acceder a la estación de Artyom en el pasado, y desde entonces, causan una extraña fascinación en la mente del joven. Las criaturas mutantes son consideradas una amenaza para la supervivencia de todas las estaciones de metro, y según los dirigentes de La Pólis, hay que frenar su avance.
En su viaje, Artyom conocerá diferentes personajes, enigmáticos, traicioneros, amigos... De todos, mi favorito, el misterioso Cervantes.
Es muy, muy interesante, el protagonísmo de los propios túneles durante toda la novela y lso recorridos que hace en solitario el joven stalker. Glukhovsky introduce elementos de la literatura de terror, muy convincentes. Consigue hacernos creer mediante las supersticiones de los habitantes del metro, y sus leyendas urbanas, el miedo y el pánico a la oscuridad y sus túneles, las criaturas mutantes que consiguen colarse en sus entrañas, humanos caníbales inadaptados, e incluso fantasmas, los espíritus de aquellos moscovitas que no llegaron a refugiarse en el metro cuando cayeron las bombas. El metro respira, está vivo, es una criatura que degluta y exprime a los organismos vivos que hay en su interior. La paranoia se convierte en una constante en cada nuevo tramo de túnel entre estación y estación, en la más profunda oscuridad y soledad, en esa en la que se dice que los seres humanos volvemos a estados fetales de consciencia y alcanzamos momentos de terrorífica iluminación lisérgica plagada de espejismos y seres de pesadilla. Los túneles son, en realidad, elementos reveladores de consciencia.

De ahí en adelante, sin spoilers, porque deberíais leerlo, Artyom tratará de tomar sus propias decisiones, siempre confuso, entre mentiras, incapaz de averiguar la verdad, manipulado, entre aceptar las órdenes de los militares y líderes del metro, o a su propia intuición y las revelaciones que ha sufrido durante su viaje. El final, es, sencillamente, apoteósico.
Reconozco que en ocasiones es algo complicado seguir el hilo, debido a los múltiples momentos en los que la realidad y la paranoia se entremezclan en la percepción de Artyom, contagiando al lector. Y también por que el peregrinaje de estación en estación es complicado, los nombres de las estaciones, en ruso, son difíciles de memorizar para un castellanoparlante, y además orientarse lo es más, en ocasiones no tenemos claro hacia dónde se dirige Artyom ni por qué, pero Timunmas nos echa una manita en sus ediciones, con un mapa bastante chulo, desplegable, con toda la red de metro, los nombres de las paradas, y toda una leyenda cartográfica para identificar si son estaciones habitadas, por qué facción gubernamental, y otros datos de interés, para ir marcando el camino recorrido por Artyom a medida que leemos.



Unos años después llegaba Metro 2034, sin Artyom, con nuevos protagonistas.
Homero, un viejo charlatán y soñador con una ansia enfermiza en convertirse en un gran historiador de la época que les ha tocado vivir, dejando todo documentado a la posteridad.
Hunter, militar traumatizado que ya conocímos en el 2033.
Shasha, una joven inconforme con la vida que le ha tocado vivir en los túneles.
Con 2034 me pasó algo, algo, malo. No me gustó ni la mitad que el 2033. Por lo que no creo que me extienda tanto como con el anterior.
El libro, afortunadamente, es más corto, y digo afortunadamente porque es que es una historia disparatada, carente del terror que me transmitió 2033, y carente también del rico trasfondo subterráneo, haciendo hincapié en las mismas cuestiones que el 2033, pero con desgana.
La historia se centra en el quijotesco periplo del esquizofrénico Hunter, seguido de su nuevo Sancho Panza Homero, quien de cuerdo tampoco tiene nada, y comenzará a fantasear de manera neurótica cuando se les une Shasha, convencido de que forman una especie de santísima trinidad designada por el destino para elevados fines y propósitos. Se enroca en que llevarán a cabo una nueva Iliada subterránea y post atómica. Pero sólo son un grupo de desequilibrados en un mundo acre y hostil sin compasión.
Por un lado, la concepción de yuxtaponer la realidad a los delirios de Homero y el histrionísmo paranóico de Hunter con Shasha como víctima de sus consecuencias, es interesante. Es una forma de enfrentar las diferentes realidades que percibimos en nuestro entorno. Pero por otro, la novela carece de la originalidad de la anterior, de su ritmo “road movie” de viaje por los túneles, del misterio y el terror, carece de todo por lo que reconoceríamos Metro 2033, y queda como una novela anecdótica, curiosa pero en ningún caso bajo mi opinión un must de la CIFI. Pero la máquina Glukhovsky ya estaba en amrcha, supongo que tanto él como su agente y la editorial, deseaban seguir adelante con ella.
El único sentido que le veo a Metro 2034 es el de novela eslabón, y gracias a que se editó Metro 2035.

Metro 2035 es un giro tremendo en la identidad de la saga, una voladura de conceptos que destruye todo lo anterior y nos crea un nuevo entorno poco consecuente. Pese a ello, la novela es buena, funciona y supera con creces a 2034. Pero refuerza mi percepción de que Glukhovsky se ha dejado devorar por la indústria y el parné. Lo mejor de la novela, es que nos devuelve a Artyom, un maduro e incrédulo Artyom curado de espanto, insumiso, un antihéroe en desarrollo que encaja perfectamente en cómo ha asumido sus experiencias vividas en 2033. Artyom ha cambiado, de una forma consecuente y lograda. Ahora está insatifecho con todo, se cuestiona su existencia, se castiga por sus errores incapaz de perdonarse, y no voy a dar spoilers de por qué. Pero está convencido de darle un giro a su vida, de tirarse a una piscina sin agua pase lo que pase, porque considera que ya no tiene nada que perder dentro del metro, convencido de que hay más fuera, todo el día tratando de sintonizar una vieja radio de comunicaciones en busca de supervivientes a la tercera guerra mundial. Su carácter curioso, sigue siendo el motor de sus impulsos, como en 2033.
Artyom sigue siendo un personaje bien caracterizado, consolidado, sostenible, con el que empatizar en la lectura, y eso se agradece.
Entonces aparece Homero, y le llena la cabeza de pájaros , se lían la manta a la cabeza, y otra vez de romería por las vías.
En ésta ocasión, y por eso digo que la novela es poco continuísta, la mayor parte del desarrollo de la trama sucederá en el exterior de los túneles. Pero ya no es ese exterior nuclear del 2033, lleno de mutantes y en un constante invierno radioactivo. Maldito Glukhovsky, me estás volviendo loco, que forma de marearme, y qué perdida de credibilidad en tu trilogía, sólo 2 años después de tu maravillosa ópera prima, ahora resulta que el exterior de Moscú no tiene mutantes, ni sus residuos y partículas gamma son tan perjudiciales ni nocivas para la salud. ¿pero qué demonios? Es como leer un libro diferente, que va de algo parecido, pero diferente. Ha cambiado deliberadamente la identidad de la saga de un plumazo, y en ved de peligros mutantes, el peligro es muy humano.
En Metro 2035 nos enfrentamos a la gran mentira, una crítica camuflada de ficción en contra de la contrainformación, las fake news, la globalidad incierta. El leit motiv está muy bien y me parece muy acertado, sin spoilers, pero me han cambiado el universo Metro en el que ya me había empapado. Dmitry ha destruido lo construido anteriormente para ofrecer una nueva ficción, más humana, menos weird y más social.
En fin, el artista es él y el lector soy yo, es lo que hay, e insisto que aún así, con estas quejas, es una digna novela de CIFI infinitamente mejor que la anterior 2034, pero no mejor que la original 2033. A gustos los colores.

A parte de la triología original, Timunmas ha editado dos spin off de autores amateurs, titulados Hacia la luz y San Petesburgo. Son unas novelas de entretenimiento, generadas desde el fandom, que como lectura ligera pueden tener un pase, pero que no aportan nada al universo Metro y ni siquiera me parecieron buenas. Las compré, no pude reprimirme, pero han pasado sin pena ni gloria en mi estantería. Son novelas más bien juveniles, sin profundidad, inspiradas más por el hype de los videojuegos y el pastiche wasteland postatómico al estilo Fallout que por el germen inicial de Glukhovsky. Me lo imagino aceptando estas novelitas como producto de sus “becarios” con la intención de sacarles algún provecho mientras se dedica a sus cosas.

LOS VIDEOJUEGOS


En 2010 4A Games desarrolla su versión de Metro 2033, con el mismo título, para video consolas y ordenadores. El juego se trata de un shoter fps de una muy aceptable manufactura gráfica, con toques de survival por lo importante de gestionar de la mejor forma posible las escasas unidades de munición y las alternativas de subterfugio ofrecidas en contra de plantar combate directo.
También, como característica intrínseca a su temática de supervivencia, cabe destacar la gestión de filtros de aire para las máscaras de gas que necesitaremos para abandonar los túneles y recorrer el exterior radioactivo de Moscú, obligándonos a estar pendientes del oxígeno del que disponemos y de las señales de nuestro contador Geiger. Estas características añaden un punto de tensión y claustrofóbia a lo que un clásico juego de disparos nos hubiese ofrecido a secas.
Es muy importante también el uso de la luz y la oscuridad, tanto para escabullirnos como para poder ver a más de un palmo de nuestra máscara de goma. Del mismo modo, el sigilo y el silencio marcarán la diferencia en al infiltración a cualquier estación enemiga de la red de metro.
La ambientación de las estaciones habitadas, nos hace reimaginar lo que ya habíamos leído en la novela, y nos cambiarán para siempre la idea que teníamos de las mismas, pro su realismo y su arte conceptual inmejorable. Campamentos tercermundistas, chatarra reutilizada, pobreza, granjas subterráneas, nos transportarán de inmediato a aquellas páginas con todo un nuevo espectro de matices que no hubiésemos imaginado.
Nos hacen el trabajo sucio.
Los túneles, laberínticos, oscuros, son un entorno en el que es complicado orientarse, y la brújula, será otra herramienta indispensable para no andar dando vueltas en círculo por una misma estación.
El desarrollo del primer juego, nos pone en la piel de Artyom y nos repite, con ciertas licencias creativas y cambios, la misma historia de la novela, con “los negros” amenazando la soberanía de las diferentes facciones políticas de la red de metro.



Los combates son muy difíciles, salir vivo de una estación hostil a camisa abierta y Kalashnikov en mano es prácticamente imposible y nos obligará a tener una buena estrategia previa de asesinatos silenciosos al más puro estilo black ops, fundir unas cuantas bombillas para movernos en la oscuridad sin ser vistos, y ahorrar la mayor cantidad de balas.
Mientras que en el exterior, en las ruinas, el combate se vuelve mucho más frenético y salvaje, en un sálvese quien pueda cuando descubrimos mutantes hambrientos.

La campaña de marquetin y los resultados del lanzamiento fueron excepcionales, y muestra de ello, el vídeo de publicidad que es toda una obra de arte visual y podría ser el trailer de una buena película o teleserie.



Tras el reconocimiento del juego, y la expansión de las novelas, vino el juego Metro Last Light, que según Dmitry Glukhovsky, es una nueva aventura oficial de Artyom entre sus novelas Metro 2033 y Metro 2034, indispensable para englobar los hechos acontecidos en su universo narrativo, sólo que en vez de en papel, en videojuego. Chico Listo. Un hacha de los universos expandidos como decíamos antes. Pero a mi no me la pega. Es un videojuego bastante chulo, que mejora lo visto en la anterior entrega, pero sobre la misma dinámica, y que como obra narrativa no me aporta nada, si no lo contrario, más bien me acaba despistando y haciendo un burruño mental a cerca de Artyom y el universo Metro. Pero bueno, bastante burruño me ha creado ya la tercera novela, parece que a Glukhovsky ya le da un poco igual la consecuencia en su universo, y sólo desea hacer caja, entreteniéndonos eso no lo niego, pero pasándose por el arco del triunfo la lógica narrativa. Al final el universo Metro, si tenemos que tener en cuenta tanto los videojuegos como las novelas, es un guirigay mal tejido con regustillo a ficción prefabricada para fandom.

Y ahora, el 15 de Febrero de 2019 llega la tercera entrega jugable, Metro Exodus, que parece que es una extensión narrativa, sin paños calientes y pasándose por el forro los spoilers, de la novela Metro 2035. Pero a mi ésto me mosquea, y vuelve a darme un tufillo chungo respecto al ansia viva de Dmitry de contar billetes, que de verdad, a mi también me gustaría y seguro sucumbiría a estos placeres, pero si en Metro 2035 no había ya mutantes ni otros peligros en el exterior, ¿Por qué lo vende como continuación de la novela si en el trailer de lanzamiento del videojuego hay unos monstruos mutantes que ponen la piel de gallina? Pues no se, pero dejo de verle coherencia a ese universo extendido, y me quedaré siempre con lo brillante que me pareció Metro 2033.
Pero vaya, que no me sorprende, que se me olvidó comentar que es que también hay cómic de Metro, Dmitry explota cualquier formato, editado por Black horse, de quien ya hemos hablado en el blog en alguna ocasión.



Aún así, habrá que jugarse el juego, tratando de separar en parcelas literatura y ocio electrónico, como hice con los anteriores dos títulos. Porque como hablaba en otras entradas, a cerca de la “prostitución televisiva de la literatura”, pues con el videojuego ya estamos pasando por lo mismo, porque es un sector igual o más goloso todavía, y los creativos parecen estar escasitos de ideas propias.



Ahora, explorar Moscú en el pellejo de Artyom con el joy pad en la mano, seguro que vuelve a ser una experiencia divertida, no lo voy a negar.

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