lunes, 8 de abril de 2019

LAS TROPAS DEL ESPACIO DE ROBERT A. HEINLEIN (STARSHIP TROOPERS)


TODO POR LA PATRIA


Hola de nuevo, una semana más me pongo las gafas de realidad virtual, me materializo en alguna estación anónima de  una sub red de oriente medio, despistando a los sabuesos del ciberespacio, y os dejo una nueva bitácora del futuro pasado.
Ahora, en la holo pantalla Times Square que flota frente a mi rostro, cargo el nano cassette de uno de los clásicos más controvertidos de la ciencia ficción clásica. Tropas del espacio, popularizado en la gran pantalla como Starship Troopers.

Os garantizo que el recuerdo que podemos almacenar en nuestras neuronas flopy de aquella película, no es comparable con las sensaciones que el libro puede despertarnos.  Es uno de los más escandalosos ejemplos de demagogia camuflada de ciencia ficción que podemos encontrar en las bibliotecas universales de CIFI  de la neurored. Mientras que la película resulta casi cómica y satírica, la novela es una utopía militar, que a la vez, es una distopía civil. Pero sin adelantar hechos y opiniones, viniendo la obra del puño y letra de quien viene, podemos imaginar sin mucho riesgo que no es de extrañar. ¿Por qué? Bien…



Robert A. Heinlein nace recién empezado el siglo XX en una tradicional y recóndita localidad de los Estados Unidos de América.  En el seno de una familia conservadora y numerosa. Estudió en la academia naval y sirvió como ingeniero del ejército en diferentes portaviones y destructores marítimos. La tuberculosis le retiró forzosamente de la vida militar, pero no conforme, tras su recuperación y con el estallido de la GGMM, vuelve a filas.
Impedido para acudir al frente, desempeña sus labores de ingeniería militar en instalaciones patrias, y terminado el conflicto, su vida vuelve a quedar vacía y carente de sentido. Con ésta breve biografía, parece quedar muy claro que nos encontramos ante un militar de vocación, un patriota, un disciplinado hombre de honor, recto e impecable. Y por supuesto convencido de las virtudes de la espartana vida del soldado y la gloria y honor que eso conlleva.
Muchos lo tildan de imperialista, o así coloquialmente hablando, facha,  pero qué diantres, no estamos juzgando sus tendencias políticas, que por cierto intentó practicar oficialmente una vez se alejó de la vida militar, y que aparte me importan un pimiento, no. Se trata de la convicción, de la vocación, de la fe absoluta que Robert parecía tener en la importancia de servir a su país y a los más altos intereses de la nación. Su confianza depositada en la jerarquía militar, en la necesidad de ponerse al servicio de su pueblo, enfrentándose a otros pueblos, sin remordimiento ni duda. La satisfacción de cumplir órdenes, de ser una pieza eficaz en un gigantesco engranaje.

Y eso parece que se le arraigó con fuerza, profundamente, porque una vez dedicado de lleno a la literatura de ficción, su segundo y más prolífico empleo conocido, dio rienda suelta a todo eso que llevaba dentro con una de sus obras más famosas, la premiada con el Hugo, Tropas del Espacio. Que no fue la única, ya que como escritor destacó más que como militar aún, nunca sabe uno por donde va a tirar la cabra al monte, o tal vez, fuese que Robert A. Heinlein ponía el 200% en cada cosa que hacía, y si en el ejército no le readmitían, pues que fuese la literatura la cazuela donde poner a hervir todas sus energías. Y vaya si lo hízo bien, 4 premios Hugo y el reconocimiento de Gran Maestro de la Asociación de escritores de Ciencia Ficción y fantasía de Estados Unidos.
Y así transcurrió su vida, creando para nuestro deleite, hasta 1988. Una salva de fusiles láser por ti, soldado.

LA UTOPIA DEL LEGIONARIO


Con la pechera llena de medallas de diferentes formas y metales brillantes, abrimos Tropas del espacio, un libro por el que a excepción de pequeñas formalidades literarias, no ha pasado el tiempo desde 1959, más de medio siglo, y ahí es nada. Tiene un estilo literario tan fresco como recién editado ayer, lo que lo convierte en una obra inmortal, atemporal, donde su futuro siempre será futuro, lo leamos cuando lo leamos.

Sorprende sin embargo pensar, que del mismo modo, el ejército, lleva siendo lo mismo desde que el humano es humano, una organización antigua como las montañas y los mares, que ve como todo cambia, menos la guerra. Desde las míticas hazañas de los espartanos en las Termópilas, las conquistas romanas, la paz mongola de 100 años conseguida mediante la guerra por Gengish Khan, hasta La GGMM, o la de Vietnam, como diría Brian Fargo, “La guerra nunca cambia”. Miles de años de evolución y seguimos matándonos. ¿Alguien sabe por qué? Ni siquiera Heinlein parecía tenerlo claro pese a aceptarlo con estoicidad. Esto abriría un melón social tremebundo, y si soléis pasaros por mi blog, ya me conocéis, me meto en camisas de un millón de varas, pero considero que hoy, no precede, e iré soltando miguitas de pan como Hansel y Grettel mientras despacho la novela. No nos precipitemos.



El nuevo futuro es demasiado parecido a una nueva Roma futurista, un imperio, basado en los principios de todo buen imperio. Castas y conquistas. Todo se cimienta en una pirámide social que divide a sus habitantes en civiles y ciudadanos, considerándose los civiles paisanos de segunda (funcionariado, casta productiva) y a los ciudadanos los de primera, con privilegios de intervenir en las decisiones políticas, la vida social y con derecho a voto. Si no eres de unos, eres de los, otros, y para escalar y mejorar tu situación social, sólo hay un método, la meritocracia. En una sociedad que basa su expansión en la guerra, formar parte del ejército y sobrevivir es la mejor manera de ser reconocido como ciudadano. Un individuo capaz de servir a su patria, de dar la vida por los intereses de su nación, es un individuo que merece el más alto reconocimiento por su riesgo y compromiso con la sociedad, es un individuo capacitado para tomar las decisiones más correctas por el beneficio de su país.
Es una muy patriótica manera de purgar la sociedad y mantener un status quo continuo, porque del alto porcentaje de civiles que se alistan con las expectativas de llegar a ser ciudadanos tras el servicio militar, apenas unos pocos vivirán para contarlo. Pero claro, llegar a éste punto de convicción requiere adoctrinamiento, y mucho. Ningún problema para una sociedad totalitaria y de escasas libertades camuflada de democracia.
El sistema opta por separar a la población en dos, a parte de civiles y ciudadanos burocráticamente hablando, lo hace en conflictivos y sumisos. Si consigue reunir a los conflictivos en el mismo saco, el ejército, los sumisos nunca vana  iniciar una revolución. Y mientras, los conflictivos, caen como monos en el frente, deshaciéndose el gobierno de ellos, y reeducando a los supervivientes.
Si separamos a todos los perros guardianes de las ovejas, tenemos orden. Convertimos al defensor en la herramienta opresora.
Esto viene muy al pelo en paralelo a los tenebrosos tiempos que vivimos de democracia actual.

Nuestro protagonista, Johnny Rico, es un niño de papá y mamá sin vocación que en contra de la voluntad de sus padres toma la inocente decisión de apuntarse al ejército, porque es lo mismo que hace su mejor amigo. Culo veo, culo quiero. Y sin comerlo ni beberlo, el polluelo, aprenderá a ser hombre, aprenderá a ser un I.M. (Infantería Móvil) y a satisfacer lo que sus superiores esperan de uno de los miembros del cuerpo.
Un viaje de madurez, superación, dudas, sufrimiento, hasta la eclosión del hombre maduro, que acepta que la violencia  es una forma tan lícita como cualquier otra de resolver ciertas contiendas, y que sin la violencia, la humanidad no hubiese llegado a donde está.

“La guerra no es pura y simplemente violencia y muerte, la guerra es la violencia controlada por un propósito”



Un viaje de descubrimiento y revelación, de clarividencia sobre la realidad del mundo, los deberes, y las obligaciones del individuo en la sociedad.
Uno de los puntos más contradictorios, es la yuxtaposición de que el ciudadano, una vez alcanza ese rango, ejerce la libertad de voto, máxima expresión de la democracia. Pero durante su etapa militar, no es más que un peón, una herramienta, carne para la picadora que debe aprender precisamente a obedecer sin rechistar, que debe reprogramarse a sí mismo y asumir un rol complaciente, actuar como el mando espera que ha de comportarse un I.M., ni más ni menos. Una anulación absoluta del libre albedrío y la toma de decisiones propias. Regular un comportamiento protocolario en cada I.M. para que sean fiables y cuadriculados.
Para el punto en el que el soldado se convierte en ciudadano, ya está acostumbrado a obedecer tras años de adiestramiento militar. Anulado. Ya ha sido digerido por el sistema.

Johnny hará amigos, perderá amigos, y terminará en el frente, disparando chinches en un planeta hostil de otro sistema solar. Los chinches son el principal enemigo de la humanidad terrestre, unos enormes alienígenas insectoides que habitan túneles bajo tierra, pero son capaces de desarrollar tecnología que rivaliza con al humana.
La figura del profesor Dubois, un ex militar mutilado que imparte ética y filosofía, se convertirá durante la novela en una fuente de principios y razonamientos acordes a la sociedad imaginada por Heinlein, que más bien parece el paraíso del soldado convencido.
Su sistema aplica la restricción de derechos y libertades en pos de hacer cumplir la ley y el orden a toda costa, casi como los jueces de Dredd. El contínuo intento de abolir la anarquía y la desobediencia. El control total de la población.

Tal vez, tachar la obra de fascista como se lleva haciendo desde su estreno, sea pasarse y usar el término muy a la ligera,  ya que pese a que llega un punto en que la obra se convierte en una oda o alegato de las virtudes de la vida militar y la disciplina, los valores de la patria, el sacrificio y una especie de neo bushido; Hay pequeños detalles vanguardistas en su utopía meritocrática, como la inclusión de la mujer en las tropas con acceso a escalar puestos sociales, o feminización del varón con complementos que en su época estaban muy mal considerados como pendientes para la oreja con formas decorativas. Parece una tontería, pero una vez estamos bien empapados en la dinámica mental y social que propone Tropas del espacio, éstos pequeños detalles son declaraciones de intenciones a favor de la igualdad y la paridad entre individuos en ésta sociedad futura. Además, la mayoría de protagonistas tienen apellidos inmigrantes y raíces étnicas variadas que no representan ningún handycap en sus escaladas militares, algo muy solicitado en el cine actual por motivos mucho más desnaturalizados y menos sinceros.
Pero bueno, tal vez Heinlein no pensó que al gobierno le da igual el color, el sexo y los apellidos de los cadáveres.
Quizás el principal motivo que la crítica tuviese para calificar la obra de fascista, es el descarado ataque al comunismo vigente en toda la obra. Diferentes propuestas de gobierno, diferentes a la imperialista, salen escaldadas durante los tediosos episodios de clase de filosofía en la academia militar y las recalcitrantes exposiciones de los profesores, llegando a burlarse de la propuesta de que gobernasen sabios y especialistas. Pero el comunismo es vilipendiado comparándolo con un hormiguero lleno de hormiguitas, bichos. Curioso…bichos…el enemigo, alienígenas que forman parte de una mente colmena colectiva, sin voluntad propia, todo el día trabajando, cuya otra única voluntad es destruir a la humanidad. Menudo símil más descarado, los bichos, los repugnantes chinches gigantes extraterrestres, no son otra cosa que comunistas camuflados de ciencia ficción.



El estilo literario, decíamos antes, sigue manteniendo una expresión actual pese al paso de los años, formal, como las conversaciones entre militares requiere, protocolaria, pero no anticuada ni apolillada. Sin embargo, el futuro imaginado por Heinlein no es precisamente innovador. No hace especial gala de su talento imaginativo en la obra. El ejército sigue siendo la misma rígida institución que hace milenios, pero con flamantes servoarmaduras con jump pack y armas de destrucción masiva como mini bombas atómicas de 2 kilotones para exterminar alienígenas variados en vez de mosquetes o Kalashnikovs. Los portaviones que tan bien conoció en su juventud el autor, han sido reimaginados como enormes naves espaciales, que en vez de anclar frente a costas enemigas, orbitan planetas enemigos. Pero lo sorprendente, es la falta de detalle que sin embargo Heinlein no presta a los pequeños detalles, que es en el fondo lo que nos hace todo más creíble, los avances del futuro cotidiano, como por ejemplo que sigue empleando cartas de correo postal en vez de emails, mientras que hace pequeñas alusiones a coches aéreos o transmisiones holográficas, pero no fue capaz de imaginar un sustito al papel escrito, ya que también cargan libros de estudios en vez de tablets o cualquier otro ingenio imaginado en los tempranos años 60 del SXX. Muy romántico mantener la tinta sobre papel en un futuro lejano plagado de nuevos artilugios fantásticos, pero a mi me chirria.
También parece una anacronía tremenda la aceptación del castigo físico y el escarnio público en la sociedad futura planteada en Tropas del espacio. Las desobediencias se sancionan con castigos físicos, latigazos. Volvemos al paralelismo con el imperio romano. Pero a la vez, es la máxima expresión de “mano dura”, el padre zurrando a su hijo con el cinto tras una travesura, porque la charlita enrollada no va a recordarla, pero los verdugones en el pompis sí.
El método de enseñanza “pauloviano” de “la letra con sangre entra” como la más fiable de las terapias de adiestramiento. El dolor infligido por la violencia, estimula el instinto de supervivencia, marcando de por vida al individuo. Corrección de la personalidad mediante el castigo.
El valor de las cosas así, depende de cuánto ha costado conseguirlas. Meritocracia dura como la piedra.
Es un imperio futurista muy anticuado.

Finalmente podemos resumir la obra como una neo chaqueta metálica, entre la aventura y el drama. Nos muestra los horrores de la guerra y la vida militar, pero los justifica con valores como el compañerismo o la justicia. Una pandilla de botarates que termina creyéndose que su labor como miembros de la I.M. es, no solo imprescindible para el bienestar de su país, si no más importante y moralmente superior a la de un abogado, por   poner un ejemplo.
¿Qué conclusiones saco al final? Que el ejército es una gran factoría de mano de obra barata, mal pagada, donde la vida de sus empleados carece de valor para el gobierno que ensalza la figura de sus miembros con patriotismo y fanfarrias. Pero la gloria, las chapas con nombres, las banderas a medio asta, no dan de comer, ganan menos que un deportista de élite, o que un artista, pero se juegan la vida en la batalla, lo más importante que tenemos cada individuo.
Al final el ejército que propone Heinlein no es más que un puñado de pipiolos sacrificables, yogurines que no saben por dónde les pega el aire, que si sobreviven al propio ejército, y después al frente, pueden llevar el título Don delante de su nombre de pila de por vida.

Yo no hice la mili, me salvé con alguna prórroga de estudios, y después la abolieron. Tampoco tengo familiares militares. Carezco de experiencia probada, de una idea, de convicción y de vocación militar ninguna, pero el haber estudiado tampoco me ha dado una mejor vida de la que, sólo tal vez, me hubiese ofrecido el ejército profesional.
Sólo sé que no nací para jugarme la vida por mis políticos, al menos de momento, que no puedo estar orgulloso de ellos. Pero que la violencia está ahí, en el mundo, flotando en el aire, y no podemos obviarla, y alguien tiene que profesionalizarse en ése sector.
Por último, como nota personal, me queda la sospecha de si las mentes pensantes de la todo poderosa empresa de ocio Games Workshop, se inspiraron en Tropas del espacio cuando crearon su universo del cuadragésimo primer milenio, donde la guerra nunca termina, donde los marines espaciales del emperador, equipados con sus increíbles armaduras, recorren galaxias acribillando razas alienígenas que supongan una amenaza para la humanidad. ¿No?

LA CARICATURA EN PANTALLA GRANDE


Aunque la profundidad de la novela no queda retratada en lo más mínimo en la película, debemos admitir que el film recrea muy dignamente gran parte de lo visto en las páginas de Heinlein. Se mantiene fiel a lo principal, aunque apenas arañe la superficie de las intrincadas proposiciones sociales y políticas que se ocultan en la beligerante novela galáctica, si no que más bien, enfoca el mensaje subyacente hacia la crítica, casi cómica, de la guerra como solución. Con mucha acción, mucho alienígena y mucha diversión, para no tener que pensar en ello, ni leernos el libro.
Las burlas a la era Bush o a la guerra fría están ahí, en la peli, que convierte la vida militar que proponía Heinlein en una suerte de instituto de teleserie familiar repleto de adolescentes felices con las hormonas por las nubes.



Acida, irreverente, crítica pero gamberra, y muy divertida, así fue la adaptación de Paul Verhoeven, veterano de la ciencia ficción más pesimista con títulos como Robocop y Desafío Total a sus espaldas.

Casper Van Dien (El Señor de las Bestias 3 o Drácula 3000) encarna a Johnny Rico, protagonista indiscutible de la novela, casi en solitario, que en la película sin embargo, para que el film no tuviese ese aire de diario que en realidad tiene la novela, se rodea de Michael Ironside, Dina Meyer, y Denise Richards.
Michael Ironside interpreta un papel que es una libertad creativa o reinterpretación del profesor Dubois, mutilado, claramente reconocible, reconvertido en el teniente Jean Racszack.
La soldado Flores, es otra libertad creativa (hay un I.M. Flores en la novela, masculino además,  pero carece de protagonismo y su personaje tan sólo es un añadido narrativo para crear escena en torno a Rico) de la película. Un papel femenino que fomenta las líneas románticas (si se pueden llamar así) de la película, trama inexistente en el libro, interpretada por Dina Meyer (Beverly Hills, sensación de vivir). Heinlein no trató temas amorosos en la novela, apenas ni más allá de un pequeño amor platónico manifestado por Rico hacia Carmencita, antigua compañera de instituto que también se alistó a las tropas como piloto, y que interpreta la chica Playboy Denise Richards (007 El mundo no es suficiente), con un renovado protagonismo de femme fatal y objeto de deseo en el metraje, aportando la tensión sexual a la cinta.
Así pues las líneas tejidas en el film, pese a suponer una adaptación estética bastante fiel a lo que podemos imaginarnos en el libro (con excepciones, ya que la armadura militar del libro es todo un dreadnought brincador y en la película parecen equipados con equipo ligero de infantería), regatean hacia otros derroteros mucho más enfocados al entretenimiento, la violencia gratuita como excusa de la crítica militar, la liberación de endorfinas, y la presunción del resultado final por CGI de los alienígenas a manos de Phil Tippet.

A destacar con agrado, la inserción de propaganda imperialista en video, que se cuelan durante del desarrollo de la película a modo de interludios o anuncios, que rescatan todo el sabor de la manipulación de opinión pública de los gobiernos totalitaristas para fomentar la inserción de la población a las milicias. Algo que algunos enlazan con la experiencia nazi-holandesa de la juventud de Verhoeven, pero que tampoco dista tanto del famoso Tío Sam norteamericano.
En el libro, quedaba clara la intención del gobierno de tener siempre atemorizada a la población civil con las noticias de todo tipo de amenazas extraterrestres, para continuar justificando la necesidad de un gobierno militar.  



La profundidad de los personajes de la novela, se pierde completamente en la película, se olvida, y da paso a interpretaciones que fueron muy criticadas, pero tampoco se le puede pedir más a una película que no parece pretender superar una ácida reinterpretación del clásico original, adaptado a los nuevos tiempos de finales de los 90. Como decía antes, las naves espaciales repletas de reclutas, y los campos de entrenamiento, se convierten en institutos de comedia familiar, y barriadas pijas, en una versión teenager y edulcorada de Tropas del espacio, en la que Rico y compañía, se quitan el sabor del desamor y las calabazas apretando el gatillo de sus rifles de plasma contra los chinches, y bebiendo birra en los permisos. El Rico de Heimlein no era ese tipo de legionario tunante, si no más bien, un burócrata en potencia.
Aparte, toda la tripulación parece sacada de una universidad elitista norteamericana de lso años 50, todos caucásicos, rubios, altos, guapos, mientras que Heinlein nos presentó en el libro un montón de cadetes multirraciales de origen proletario.

Sin embargo, la película está considerada una obra de culto, entretiene, logra su objetivo, y prorroga su existencia con nuevas entregas de mercado doméstico como Starship Troopers 2 : Héroe de la federación, Starship Troopers: traidores de Marte, Starship Troopers: Invasión y Starship Troopers 3: Merodeador.
Y por si fuese poco material al respecto del universo expandido de las Tropas del espacio, tenemos la serie Roughnecks: Starship Troopers Chronicles, y se publicaron varios cómics como Contacto arácnido y Creaciones brutales, editados, como no podía ser de otro modo, por la casi siempre presente Dark Horse.
Si queréis saber más acerca de Tropas del espacio, https://starshiptroopers.fandom.com es la web indicada en la que dejarse caer en el ciberespacio.



Y con esto un bizcocho, voy a ver si me queda spray anti chinches en el armario de la limpieza. ¡Adiós!




2 comentarios:

  1. Excelente reseña me acabas de vender el libro,saludos desde Mexico

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